sábado, 26 de mayo de 2018

Bodorrios y herencias


La organización de bodas y el reparto de herencias pueden acabar en pleito. Afortunadamente, la mayoría de las veces el asunto se reconduce, pero en algunas ocasiones termina con separaciones, malas caras o enfados de por vida. Vayamos por partes.

Si una pareja opta por dar el paso hacia el matrimonio, es porque antes lo han hablado y han llegado a ese acuerdo. En caso contrario, mejor lo dejamos aquí y no seguimos adelante por esa vía, hasta mejor ocasión. Pero avancemos en la argumentación y supongamos que las dos personas de la pareja quieren casarse. Nos toca entonces resolver la siguiente cuestión: ¿boda o bodorrio? A efectos civiles, de cara a compartir vida, renta y patrimonio, las dos son equivalentes. Para todo lo demás, está claro que no. La boda –sin más- es un acto muy sencillo y no requiere grandes ocupaciones de tiempo ni consume grandes sumas de dinero. Se puede resolver en cualquier ayuntamiento, capilla o juzgado sin mayores trámites que los mínimos para evitar el fraude consentido. Si encima puede oficiar una amiga, un familiar o un conocido, pues tanto mejor.

Sin embargo, cuando uno de los futuros contrayentes pretende un bodorrio y el otro no, se plantea un grave problema del que salen chispas y que puede socavar la relación. Hagamos el salto y supongamos que al final alcanzan un consenso de mínimos para hacer ese bodorrio más o menos acotado. La siguiente cuestión es otra fuente de polémicas: ¿quién lo organiza? ¿Uno de los futuros cónyuges, el otro, ambos, la familia del primero, la del otro, todos en comandita? No hay solución perfecta ni universal. Evidentemente, cuanto más se abre el abanico de opinadores, mayor probabilidad de pleito y mayor numero potencial de personas invitadas. Aquí, un truco muy fácil y eficaz: reservar primero el local del evento, tanto de la boda como sobre todo del banquete, para después ajustar la lista de testigos y comensales a ese aforo. Si se hace a la inversa, se puede terminar invitando a la prima de Cuenca (solo por ser prima), al anterior jefe del trabajo (aunque era un sinvergüenza) o al ex de la pareja (que, a pesar de todo, no es mal tipo). Y todo ello en un local del tamaño de un hangar, en el cual dan cita para dentro de dos años. Queda claro que el tema se ha ido de las manos.

Nos faltan las herencias. Partimos de un hecho diferencial con respecto a lo anterior y es que la (supuesta) alegría del enlace aquí se sustituye por la (supuesta) tristeza por el fallecimiento de un familiar o un amigo. Queda claro que si el caudal neto acumulado es pequeño o incluso negativo, nadie sale a la palestra a reclamarlo. Aquí se suceden las huidas y las renuncias ante notario. Sin embargo, cuando la cantidad no es despreciable, los herederos afloran y entonces algunos lloran con amargura al finado y comienzan a protestar por la onerosidad del Impuesto sobre Sucesiones. Si en algún periódico han leído que los herederos de 800.000 euros tienen que pagar un porcentaje importante de esa herencia, eso les estimula y entonces claman al cielo, aunque sea con plegarias interesadas.

Háganme caso. Es mucho mejor no heredar porque ello significa que nadie cercano se nos ha ido. Si al final el deceso ocurre, por pura ley de vida, pues bienvenido sea el incremento lucrativo de patrimonio, cuanto mayor mejor, pero no olvidemos que hay que pagar el tributo que corresponda, igual que también paga más quien obtiene una ganancia por un premio o quien ve crecer de repente su salario. Finalmente, si hemos satisfecho nuestros deberes como contribuyentes y, además, hemos logrado no enemistarnos con nadie, entonces estará justificada una copiosa celebración. Hasta podría ser en el mismo restaurante de la boda.

Publicado en La Voz de Avilés el 26 de mayo de 2018