lunes, 18 de abril de 2022

Desde un alfoz del futuro

APARICIO RESCO, Pablo, GARCÍA ÁLVAREZ-BUSTO, Alejandro, MUÑIZ LÓPEZ, Iván y FERNÁNDEZ CALDERÓN, Noelia (2021): 3D virtual reconstruction of the Gauzón castle (Castrillón, Principado de Asturias), Virtual Archaeology Review, 12 (25), pp. 158-176.

Desde el futuro se perciben las cosas de otra manera. También las de Avilés.  

En lontananza emerge entre brumas la villa medieval, suben al cielo los humos de la vieja Ensidesa, exclaman los ruidos de coches por el centro y resuenan alegres las pobladas discotecas sabatinas. Los pronósticos de López Otín desde su casa de Salinas no se cumplieron y hoy soplamos muchas más velas de las que había vaticinado la ciencia. La esperanza de vida ha dejado de ser una variable relevante para casi todo, hasta el punto de que cada persona decide cuánto alarga su carrera laboral y sus años como pensionista (efectivamente, en el futuro sigue habiendo pensiones públicas; otra profecía fallida). Por cierto, don Carlos acaba de recibir su tercer Premio Nobel, incluido uno de Literatura y otro de la Paz, estos últimos compartidos respectivamente con Armando Palacio Valdés y Luz Rodríguez-Casanova, que han vuelto para hacernos más felices.

La verdad es que no sé desde qué año estoy escribiendo. Ni siquiera importa. Ya no hay calendarios, aunque sí viajes en el tiempo, muy caros, pero subvencionados para las rentas altas, como casi siempre. Hasta funciona una concejalía del ramo.

En este futuro ya no dibujamos fronteras, ni discutimos por lindes. Recuerdo cuando nos peleábamos con banderas por no tocar un milímetro del concejo vecino, retrasando decisiones estratégicas hasta el infinito. Me sonrío ahora al evocar aquellos tiempos en que una necesaria ronda degeneraba en una espiral inacabable de proyectos, mociones y presupuestos. En aquella época nadie con mando en plaza quiso resucitar el antiguo alfoz de Gauzón, pero tampoco nadie impulsó una moderna comarca que era real en todo, salvo en lo administrativo. Al menos, Niemeyer y Avilés habían unido sus destinos felizmente para siempre, con algunos altibajos, pero ¿qué matrimonio no los tiene?

Por aquel entonces, parecía que los problemas se arreglaban echando la culpa a un político o a una política (y no estoy desdoblando el género). Al final dimitieron todos y todas (aquí sí desdoblo), tal y como se les pedía desde algunos foros. Pero detrás no hubo nada, ni nadie. Quienes antes gritaban, callaron. Y entonces se hizo el silencio. Daba miedo.

El maestro Sabina nos reñía por añorar lo que nunca, jamás, sucedió. Y, en efecto, aquellos comienzos del siglo XXI todavía eran propicios para algunos grupos veneradores de las catedrales caídas. La nostalgia es un animal manso e inofensivo, pero si se alimenta demasiado, puede mutar con rapidez en otra especie peligrosa que nos impide avanzar. Anoto que don Joaquín sigue vivito y coleando, pero también volvió a fumar, aunque lejos de las terrazas, donde felizmente sigue prohibido el vicio.

En esos años nos tuvimos que enfrentar al florecimiento de los populismos, los independentismos, los localismos, los aldeanismos y hasta los personalismos. Versiones estilizadas del egoísmo y resquicios de pasadas glorias imperiales. Por aquel entonces llegué a encontrarme renegados que defendían su derecho a usar el coche durante menos de un kilómetro para no coartar su libertad de seguir contaminando el planeta. Por fortuna, en los juegos olímpicos se pasó del oro al agua, de la plata al verde y del bronce al aire fresco. Lo precioso lo teníamos delante sin darnos cuenta.

En 1933 José María Malgor había regresado a su Avilés. Lo hacía en plena Segunda República (ya vamos por la Cuarta) para revivir “horas estúpidas y emocionales” de su vida, con “los mismos personajes y en los mismos lugares”, casi como reza la conocida ranchera de Juan Gabriel. El padre de Xilimbra tenía razón: para esperar resultados diferentes no se puede hacer siempre lo mismo, como recomienda el manual del buen burócrata.

No todo estuvo mal. Tras la pandemia de las mascarillas, sí supimos invertir bien el dinero de nuestros hermanos europeos para reconstruirnos y hacernos más resilientes. Tanto, que la ciencia pegó un salto de gigante. Hoy Avilés y Asturias son la referencia mundial de la investigación aplicada y fabricamos casi de todo, y muy bien. Aquellos que lo habían esbozado terminaron arrojados a la ría por infieles y visionarios. Pero tenían razón los primeros: solo había que creer que otro mundo era posible. Y lo fue.

Estamos en el futuro y dicen las crónicas que ayer mismo fue visto aquel Jack extranjero tomando una sidra en el Carbayedo.


Publicado en la Revista El Bollo 2022 

 

miércoles, 13 de abril de 2022

Fiscalizar el pasado para afrontar el futuro

GASPAR MEANA

Casi resulta un lugar común afirmar que de todo hace dos años. La maldita pandemia interrumpió el viaje de nuestras vidas en aquel mes de marzo de 2020, en muchos casos, ya sin posibilidad de retorno. Por fortuna, pero sobre todo con sacrificio y trabajo, nos pudimos sobreponer a aquel golpe, con la ciencia y las vacunas -valga la redundancia- como salvavidas, y con el dinero público como impulso y garantía. Es evidente que nos falta camino por recorrer y ya no digamos en otras partes del mundo menos privilegiadas. Con todo, debemos seguir asentando bien el terreno que pisamos antes de forzarnos a “volver la vista atrás”, a esa “senda que nunca se ha de volver a pisar”, como nos advirtió Machado.

En el ámbito económico-financiero vimos cifras y letras insólitas. Derrumbes del PIB y recuperaciones aceleradas; masivas regulaciones temporales y espectaculares rebotes de la contratación; intereses a cero (o negativos) y deudas públicas crecientes; enormes paquetes de recuperación; programas de gasto salvadores de vidas, empleos y negocios; normativas de urgencia y emergencia; precios altos (algunos hinchados por pícaros) y otros estratosféricos (baste nombrar los carburantes y la electricidad). La teoría económica tuvo que reinventarse, pero esto lo dejamos para otro día.

Bien es verdad que no todo fue malo en la pandemia. Así, la transformación digital dejó de ser un mero desiderátum para ser una necesidad imperiosa. Sin los saludos a la familia por videoconferencia o sin los accesos remotos a los archivos de datos, nos hubiésemos derrumbado del todo, también anímicamente. Son solo ejemplos del salto que dimos en un solo año y que podría equivaler a una década de avance en tiempos de normalidad (ya se sabe: a la fuerza, ahorcan). Eso sí, ahora tenemos un reverso con riesgos ligados a la ciberseguridad y la privacidad, así como un derecho a desconectar que debe ser respetado. Todo ello, sin duda, crucial, pero no nos engañemos: en el antiguo mundo analógico y del papel esos riesgos de escaqueo, inseguridad e ineficiencia ya existían, aunque tomaban otra forma.

En el universo del control externo de los fondos públicos y, aún más en concreto, en el pequeño planeta de la Sindicatura de Cuentas del Principado de Asturias, hemos vivido tiempos muy relevantes en los últimos tres años. Los actuales síndicos no llevábamos en el cargo ni un año cuando sobrevino todo lo que ya sabemos y, como se suele decir, no disponíamos de un manual de instrucciones. Antes de la pandemia, ya habíamos tenido algún susto con otro virus, este informático, señal de que las guerras presentes iban a ser diferentes a las pasadas. O eso creíamos hasta la atroz invasión de Ucrania por parte de Rusia, colocándonos ante un conocido espejo de intereses geoestratégicos e inestabilidad económica, pero sobre todo de personas muertas y refugiadas. Muy triste.

Una persona a la que aprecio mucho bromea diciendo que soy algo gafe. En mis alegaciones -por usar el preciso término de auditoría- le contesto que yo solo “pasaba por aquí”, al estilo Aute. Entre risas le digo que es cuestión de casualidades, no de causalidades. Al orteguiano modo, somos nosotros y nuestras circunstancias, las que en cada momento nos toca vivir. Y cuando el viento no es favorable, hay que arremangarse, remar y tomar decisiones, seguramente no todas acertadas, pero sin quedar al devalo, ni fiarlo todo a la comodidad de la inercia y la tradición.

El control externo de los fondos públicos se caracteriza por obtener evidencia de auditoría que plasmamos en informes con opiniones y conclusiones, además de recomendaciones con afán de mejora. Este es el papel de la Sindicatura de Cuentas del Principado de Asturias y el de las restantes instituciones homólogas.

Cumplimos ahora la mitad del mandato y en el balance podemos exhibir activos importantes y, por qué no decirlo, algún pasivo. Entre los primeros, una nueva relación de puestos de trabajo que seguimos desarrollando mediante concursos y oposiciones, 37 informes definitivos, un refuerzo de la formación especializada, la apuesta por el trabajo en régimen presencial y no presencial, la plena digitalización administrativa de la institución, la leal coordinación y cooperación -también digital- con nuestros colegas de otras comunidades autónomas y del Tribunal de Cuentas, la cercanía con las entidades fiscalizadas, una renovada comunicación interna y externa, la representación institucional en la organización Eurorai y hasta un programa piloto de divulgación para la población escolar y universitaria. Entre los pasivos, uno notable que engloba otros: las dificultades para completar la plantilla, dadas la especificidad de nuestra tarea y algunas restricciones normativas.

Los retos son inmensos. Unos conocidos (que no viejos) y otros sobrevenidos (que no nuevos). Seguiremos haciendo auditoría financiera y de cumplimiento, pero también operativa, supervisando objetivos de eficacia, eficiencia, economía y cualesquiera otros principios de buena gestión, con singular importancia para la sostenibilidad ambiental. De igual modo, revisaremos las fases del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, una oportunidad histórica para Asturias y España, donde nos jugamos el porvenir. Los órganos de control interno y externo tenemos una tarea esencial.

En suma, seguiremos reivindicando la utilidad de fiscalizar el pasado para encarar el futuro porque, como dijo Woody Allen, “es el sitio donde vamos a pasar el resto de nuestras vidas”.


Publicado en El Comercio el 13 de abril de 2022