lunes, 5 de noviembre de 2018

Víctor y Avilés



En Avilés volvimos a escuchar a la madre, al padre y al abuelo. La mujer, discreta, vigilaba desde el fondo. Mientras, el hijo dirigía la banda con maestría, para llevarnos de visita al otro abuelo en la fosa común. Se hizo un canto a la memoria y al olvido, con flores y sueños imposibles, con tantos invisibles.

Volvimos a sentir Asturias en vena. Aplaudimos a España y al amor porque no son incompatibles, como alguno quisiera. Grandes canciones y, entre todas ellas, una “Canción pequeña” que sonó enorme. Gracias Víctor Manuel.

Había nervios, lógico, como en todos los estrenos. Pero el calor lo compensó todo, literalmente. El Teatro Palacio Valdés olía a humo de escena y sabía a música, como en las grandes noches. El regusto fue total, de satisfacción, de privilegio por haber estado allí y, además, en la mejor compañía. Me descubrí a mí mismo cantando a voces y saltando del asiento a aplaudir, como con un resorte. Supongo que eso es la emoción.

Con Víctor podemos ir mil veces de romería y no aburrirnos nunca. Con sidras, gaitas y corderos, pero donde la neña temprana ya no tiene por qué regar el maizal con sus lágrimas; ahora es más dulce en una cama. Supongo que este matiz no es neutro.

Y llegan los trasatlánticos, pensando solo en ti, ¡ay, amor! Y volvemos a entonar el “hey”, estirando la bocanada de aire, echando el cuello hacia atrás para aguantar, como hace él.

Nuestro cantautor más universal siempre deja sangre en el papel. Y sudor sobre las tablas, a sus 71 años y en plena forma (puedo dar fe desde la quinta fila de butacas). Dos horas enteras, sin un solo descanso, ni con la banda cubriendo el hueco durante unos minutos, como suelen hacer otros artistas.

“Que se vengan todos”, nos dice en uno de los temas nuevos, evocando las reuniones que convocaba una amiga suya colombiana, ya fallecida. En otra canción nos anima a elegir rumbo, a tomar partido por uno mismo, pero sin descuidar a los demás. Enlaza con el Serrat más cívico de “No esperes”, para no fiarlo todo a la suerte o al azar.

Mención aparte merece el nuevo canto a Asturias, “Allá arriba al norte”, esta última palabra evocando belleza, modernidad y progreso (que se lo digan a los madrileños que huyen del asfalto en busca de verde y azul). Ese era el planteamiento original del proyecto Puerto Norte, ideado por Juan Luis Rodríguez-Vigil y nombrado así por el glocal Juan Cueto Alas. Pero esta, es otra historia.

Rumba, bolero, vals, himnos, canción ligera, canción protesta y hasta algún pasodoble. No falta ni un estilo en el repertorio. En el menú de este día eché de menos algunas clásicas y otras más raras que hace tiempo que no escucho, si no es en mi casa. Por ejemplo, aquella magnífica “Sin memoria”, un tema que a Víctor Manuel le preocupa mucho, como ya sabemos. O la que reivindica “Las vidas de un pantalón”, imprescindible en la era del consumismo global. O el poema musicalizado de Atahualpa Yupanqui, “Tierra mía”. O “La doble muerte de Juan Diego”, casi tan desgarradora como “La planta 14”, una hacia el cielo, otra al subsuelo. Ese hipotético concierto integral sería inabarcable.

Entre tanto, semiocultos en redes o al amparo de anónimos comentarios, los que exhalan insultos y destilan ignorancia. Suscribo a Juan Manuel de Prada, citando a Gregorio Marañón, cuando afirma que el odio y la envidia son pasiones nefastas para el ser humano, pero solo tienen una proyección individual. Sin embargo, es mucho peor el resentimiento que enferma a las personas que se sienten agraviadas, no por alguien en concreto, sino por una confabulación de circunstancias que convergen en su propio fracaso.

Publicado en La Voz de Avilés el 5 de noviembre de 2018


lunes, 1 de octubre de 2018

Deslocalizacion y exclusión


Cuando se habla de deslocalización, debemos precisar que se trata en puridad del traslado “de una producción industrial de una región a otra o de un país a otro” (así la define el Diccionario de la lengua española y así se ha entendido siempre en la historia económica). Sin embargo, en este juego perverso de deformar el significado de las palabras hasta que denoten otra cosa (posverdad dicen algunos; mentira decimos otros) tiene peligrosas implicaciones.

Un ejemplo de lo anterior tiene que ver con el supuesto agravio que supone para Avilés la pérdida de empresas tecnológicas… ¡porque se van a Gijón! Para el que no lo sepa: a menos de 30 kilómetros. Me pregunto si lo relevante es el coste de transporte para el personal (compensable con dietas o permisos) o si lo que de verdad importa es la valiosa actividad innovadora que despliegan esas empresas de referencia mundial. Me cuestiono también si no estaremos dando más importancia a un estrecho límite administrativo (el concejo) que a otro más amplio (la comunidad). Y me preocupa todavía más que no sepamos respetar las estrategias de emprendedores que arriesgan su dinero y crean empleo de calidad en Asturias, en lugar de hacer ambas cosas en Madrid, en Taiwan o en ningún sitio. Por cierto, a quienes critican a “los políticos” (así, en abstracto) porque no han sabido “cuidar” a estas empresas para que se queden enfrente de su casa, simplemente les recuerdo que las administraciones públicas no deben entrar al juego de las subastas de subvenciones, por ver quién da más o por ser el mejor postor.

No existe deslocalización en los casos citados. Si acaso, habrá “dislocalización”, una palabra que me invento (con permiso de Luis Piedrahita) y que vendría a significar algo así como “sacar de su lugar los argumentos, sin razón y de forma disparatada e imprudente, para criticar las decisiones empresariales autónomas de seguir produciendo a veinte minutos de mi domicilio”.

El localismo excluyente sí me parece un drama que causa daños. Hay quien defiende con estrechez de mente que España debe ser “para los españoles”, olvidando que dentro de ese genérico se incluyen personas blancas, negras, gitanas, nacidas en Rumanía, en Cuba, en Alemania, en Mieres o en Burgos. Pero tampoco es mejor el grito de quienes piden que Avilés sea “para los avilesinos”, olvidando nuestra historia colectiva de acogida y, probablemente, su propia historia familiar de mestizaje y solidaridad. Eso sí, cuando hay que comprar, no acuden al comercio de la esquina y sí al ubicado en un centro comercial, cuyos accionistas forman parte de un fondo de inversión apátrida y especulativo.

Nuevas formas de despotismo y, desde luego, nada ilustrado. 

Publicado en La Voz de Avilés el 1 de octubre de 2018