martes, 3 de julio de 2018

El control interno y su vigilante


Esta semana escribo un breve comentario sobre el Real Decreto 424/2017, de 28 de abril, por el que se regula el régimen jurídico del control interno en las entidades del Sector Público Local. En particular, comento cómo el órgano de control interno se relaciona con el órgano de control externo, siendo este último el supervisor del primero. Sale publicado en El Consultor de los Ayuntamientos (2 de julio de 2018) y en el Diario La Ley, 9230 (3 de julio de 2018). 

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El padre del utilitarismo, Jeremy Bentham, sentenció a finales del siglo XVIII que “estar incesantemente a la vista de un inspector, es perder en efecto el poder de hacer mal, y casi el pensamiento de intentarlo”. Ese enfoque panóptico sería reforzado dos siglos después por el filósofo Michel Foucault, reclamando que el ejercicio del poder “debe apropiarse de instrumentos de una vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente, capaz de hacerlo todo visible, pero a condición de volverse ella misma invisible”. En síntesis: el control es en cierto modo una cultura y una conciencia, aunque por lógica se deba materializar en una forma determinada. Desde otro punto de vista, el control no es un fin en sí mismo, como también quedó sentado en la Declaración de Lima, suscrita en 1977 en el marco del IX Congreso de la Organización Internacional de Entidades Fiscalizadoras Superiores (INTOSAI) y, más recientemente, en la Declaración de Pamplona, acordada en 2006 en España por los presidentes de órganos de control externo autonómicos.

En el sector público local, el sistema de control interno no puede evitar que se aplique un deficiente criterio técnico o que se adopten malas decisiones políticas o de gestión. Tampoco es infalible ni inmune a acontecimientos externos, circunstancias sobrevenidas, fraudes o errores. Su valor añadido estriba en minimizar la probabilidad de ocurrencia de estas circunstancias limitativas y, en última instancia, en atemperar lo posible sus efectos cuando llegan a producirse.

El tránsito gradual desde un control interno dominado –y hasta monopolizado- por la función interventora, a otro donde el control financiero y de eficacia tenga un mayor protagonismo, parece deseable, más aún en las entidades locales que gestionan mayores presupuestos y variados servicios. Aun así, la remuda total no es deseable –ni factible- porque no lo permiten ni el tamaño de la jurisdicción (la atomización municipal condiciona todo), ni determinadas exigencias legales sobre la función interventora (singularmente en gastos de personal, contratación y subvenciones), ni las carencias de recursos materiales y humanos (es un hecho el perfil jurídico dominante, frente a la necesidad de más personas expertas en evaluación económica, ingresos públicos y criterios extrajurídicos).

Al desafío que se acaba de plantear viene a dar respuesta el Real Decreto 424/2017, de 28 de abril, por el que se regula el régimen jurídico del control interno en las entidades del Sector Público Local (en adelante, “el Reglamento”). Se trata de una norma largamente demandada desde las entidades locales, en particular, por los funcionarios con habilitación de carácter nacional encargados de las funciones control y fiscalización interna de la gestión económico-financiera y presupuestaria, pero también por el Tribunal de Cuentas, que ya lo había recomendado en una Moción del año 2006.

El Reglamento delimita conceptos y armoniza términos relativos al control interno, salvando algunas incoherencias normativas constatadas, por ejemplo, acerca de la confusión entre fiscalización e intervención. De igual modo, apuesta por un renovado control financiero que comprende las modalidades de control permanente y auditoría pública, incluyendo en ambas el control de eficacia.

Sin embargo, el Reglamento no despliega del todo otra faceta crucial, como es la relación, más o menos cordial o interesada, entre el control interno local y el órgano de control externo. De acuerdo con las Normas Internacionales de Auditoría del Sector Público, ambos controles deben coexistir sobre bases comunes y con un reparto coordinado de tareas que discipline la convivencia, evitando reiteraciones innecesarias y/o áreas exentas de control. El Tribunal de Cuentas lo deja claro en sus Normas de fiscalización aprobadas en 2013: “Un sistema de control interno se entenderá adecuado cuando, con unos costes razonables e inferiores a los beneficios que reporte su existencia, proporcione suficiente seguridad de que cubre los siguientes objetivos: salvaguardar los activos o recursos de la entidad, otorgar fiabilidad a los registros contables y garantizar el funcionamiento de la organización de acuerdo con la normativa de aplicación y con los principios de buena gestión”.

La confianza mutua y la complementariedad entre control interno y control externo –no así el reemplazo de uno por otro- son las claves de bóveda. Ya en la citada Declaración de Lima se decía que el órgano de control externo debe controlar la eficacia de los órganos de control interno y, una vez asegurada, “ha de aspirarse a la delimitación de las respectivas funciones, a la delegación de las funciones oportunas y a la cooperación entre la Entidad Fiscalizadora Superior y el órgano de control interno, independientemente del derecho de la Entidad Fiscalizadora Superior a un control total”.

De lo anterior se extrae la necesidad de que el órgano de control externo tenga en todo momento un conocimiento suficiente de la entidad local, incluyendo, como es natural, el funcionamiento de su control interno. Una planificación permanente y recurrente genera un sólido sustrato de conocimiento de los entes fiscalizados, lo cual, a su vez, libera recursos de la propia planificación para poder ser destinados a la realización de nuevas pruebas de auditoría o trabajos adicionales en otras áreas.

Desde un punto de vista analítico, el objetivo debe ser minimizar el riesgo de auditoría (RA), habida cuenta de que las fiscalizaciones nunca ofrecen seguridad absoluta. El RA se suele representar a partir del producto de tres componentes: riesgo inherente (RI), riesgo de control (RC) y riesgo de detección (RD). Los dos primeros configuran el riesgo de incorrección material, mientras que el tercer componente se relaciona con la probabilidad de que el auditor externo encuentre determinados fallos en la entidad fiscalizada. El RI podrá ser significativo por la naturaleza cuantitativa o cualitativa de la entidad o el programa que se somete a fiscalización, dependiendo asimismo del contexto en el que se desempeña la gestión. Por su parte, el RC puede ser neutralizado si existe y se constata un sistema de control interno fiable y confiable. Finalmente, el RD vendrá dado por los procedimientos, las pruebas y los muestreos que efectúe el auditor externo. Huelga decir que esta recapitulación es predicable para las diferentes modalidades de fiscalización (financiera, operativa o de cumplimiento).

Los órganos de control externo han venido desplegando en los últimos años un notable esfuerzo para supervisar el control interno en las entidades locales. El método más aquilatado y habitual para acometer la fiscalización ha sido el cuestionario múltiple, elaborado por el auditor externo y girado a las personas responsables de las entidades locales y sus órganos de control interno. En una segunda etapa, el órgano de control externo comprueba, a través de diversas pruebas de auditoría, la veracidad y la exactitud de las respuestas. Estos cuestionarios incluyen una batería de preguntas sobre la operativa concreta de las modalidades utilizadas de control interno, así como otras cuestiones relativas a gestión administrativa (organización, personal, secretaría, inventarios, subvenciones, contratación, compras), gestión económico-financiera (presupuestos, liquidaciones, tesorería, contabilidad, endeudamiento, estabilidad presupuestaria) y, sin duda, cada vez con mayor relevancia, a procedimientos electrónicos, sistemas de información y nuevas tecnologías.

En el segmento concreto del control financiero y de eficacia, la supervisión del control interno tampoco debe ser ajena a la elaboración y el seguimiento de indicadores de gestión, construidos a partir de los objetivos definidos por el gestor local. Los referidos cuestionarios deben ser filtrados por dos tipos de matices. Uno, por el tamaño de la entidad local, ya que no tendría demasiado sentido enviar un cuestionario exhaustivo a un ayuntamiento de reducida dimensión, donde una mayoría de preguntas no se podrían contestar. En segundo lugar, por las propias preguntas, debiendo marcar y ponderar las que se consideren esenciales o básicas porque reflejen elevados riesgos o pongan de manifiesto debilidades significativas en el control interno.

En definitiva, estamos ante un excelente momento para adaptar objetivos de control y metodologías de trabajo a una superior exigencia ciudadana. Sería recomendable que el control interno vaya superando su tradicional enfoque “expedientista”, inherente a la función interventora, dando el salto a un control financiero y de eficacia más extensivo que, tras la aprobación del nuevo Reglamento, ve cómo se clarifican su contenido y su alcance. La gran ventaja del control financiero y de eficacia es que permite dar una visión de conjunto de los servicios públicos locales, ofrecer una adecuada valoración de riesgos e informar sobre el grado de eficacia, eficiencia y economía, a partir de técnicas y modalidades de auditoría homologables a las que ya se aplican en el sector público estatal y autonómico. En modo alguno se aboga por la sustitución total (cosa que además se antoja imposible), pero sí por una reasignación de recursos a favor del control financiero y de eficacia, en simbiosis con una ágil función interventora de requisitos básicos, así como con otros eficaces trabajos de fiscalización previa e intervención previa. Lo antedicho, obviamente, resulta aplicable en principio a las entidades locales de mayor tamaño, aunque como objetivo a medio plazo debería ser una meta a lograr por todas ellas.

Esta nueva relación que se propugna entre el control interno local y el control externo debe estar “basada en el riesgo”, dicho sea en el sentido auditor del término, tal y como define este concepto el Reglamento. El trabajo por hacer es mucho; el tiempo, no tanto. 

viernes, 22 de junio de 2018

Pregonero en L'Arena


Año 2018. Pregón de San Juan, en L'Arena, un grandísimo honor que nunca olvidaré. Mil gracias a la Asociación Cultural Arenesca de Festejos (ACAF) por elegirme. Aquí van un dossier de prensa, el vídeo completo y el texto íntegro del pregón.

4-6-2018
http://www.lne.es/aviles/2018/06/04/roberto-fernandez-llera-pregonero-fiestas/2297408.html
10-6-2018
http://lainformacionbn.es/2018/06/10/las-fiestas-de-san-juan-arrancan-este-viernes-en-la-arena/
13-6-2018
http://www.lne.es/aviles/2018/06/13/arena-disena-replica-fragata-cala/2302243.html
21-6-2018
https://www.lne.es/aviles/2018/06/21/soto-barco-funde-tradicion-diversion/2306779.html
http://lainformacionbn.es/2018/06/21/san-juan-de-la-arena-por-todo-lo-alto/
23-6-2018
http://lainformacionbn.es/2018/06/23/llera-san-juan-no-es-solo-un-santo-es-un-sentimiento/
https://www.lne.es/aviles/2018/06/23/comarca-hara-cenizas-noche-magica/2307664.html




Pregón íntegro de las fiestas de San Juan de L’Arena (22 de junio de 2018)

Gracias por venir al Parque. Mis alpargatas y yo os saludamos. Estoy feliz “como un niño con charcos nuevos”, en frase que le robo al poeta Fernando Beltrán.

A Fernando, Marisa, Manolo, Jaime y todas las personas de la Asociación Cultural Arenesca de Festejos (ACAF), gracias muy especiales por elegirme. Hacéis un trabajo impagable a favor del pueblo y de unas fiestas que casi mueren por la desidia. Hace un año os arremangasteis y convertisteis aquella tristeza en ilusión.

Lo mejor que podemos hacer los demás es apuntarnos como socios (yo tengo el número 61) o contribuir con lo que podamos, sea dinero, una palabra de ánimo o un par de horas para montar unas mesas. Que no suene mal, pero algunas críticas impiden hacer cosas y ofenden bastante. “La unión hace la fuerza”.

Hoy siento una gran responsabilidad. No pánico (tampoco nos pasemos), pero sí bastantes nervios. Estoy acostumbrado a hablar en público, pero el escenario de las fiestas del pueblo impone, sobre todo relevando a un artista como Lolo Serantes.

Un pregón

Cuando me puse a preparar el texto, no lo tenía muy claro. Me planteé empezar de forma solemne: “guarde el público silencio y escuche nuestra palabra”, al estilo del gran Dionisio de La Huerta en las piraguas del Sella. No. O como Pepe Isbert en Bienvenido Mr. Marshall: “os debo una explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a dar”. Tampoco.

Lo que hice fue ir al Diccionario, buscar la palabra “pregón” y ver la definición que mejor encajaba: “discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella”. Pues manos a la obra.

San Juan

San Juan marca el comienzo del verano, del calor, de días largos y noches cortas. San Juan nos alegra porque anticipa vacaciones, fiestas, ropa fresca y reencuentros. San Juan es bautismo, agua purificadora, foguera y fuego sanador. Curiosa contradicción.

San Juan mezcla religión y paganismo; iglesia y danza prima; santos y ventolinos; sirena y voladores; marineros y pescaderas, chisperas y resacas. En L’Arena no podría ser otro el patrón, con permiso de San Telmo. Aquel bautista del río Jordán lo adoptamos como nuestro en el Nalón y aquí seguimos. San Juan no solo es un santo, es un sentimiento.

Todo los años por estas fechas pongo una canción de Victor Manuel, precisamente la que se titula “Danza de San Juan”. Me gusta cuando dice: “señor San Juan, ¡qué ganas de pecar!”.

San Juan nos abre las puertas de un tiempo que siempre es relativo, según la edad o el ánimo. Las horas tienen 60 minutos, pero algunas se nos hacen insufribles y otras pasan volando.

Un ejemplo de esa paradoja lo tengo en mi propia casa: mi hijo acaba de cumplir dos años, pero ya va por sus terceras fiestas de San Juan. Récord absoluto.

Cuando éramos guajes el verano nos parecía eterno; en la adolescencia pasó a durar 2-3 meses; cuando trabajamos se achica a unos pocos días; y, ya en la jubilación, los que habéis llegado a ella, el verano vuelve a parecer infinito.

La fiesta

En esta segunda parte del pregón, lo que me toca es invitar a todo el mundo a disfrutar de la fiesta que, por si fuera poco, este año caen perfectas, con San Juan en domingo. Toca divertirse, cargar la nave, bailar y cantar, abrir y cerrar los bares, salir de procesión, ir a la playa, ligar, intentar la cucaña, sumergirse en la espuma, subir a los coches de choque o a los hinchables. No faltan alternativas para todas las edades.

Seguiremos echando en falta a gente que eran “alma, corazón y vida” de L’Arena. Por supuesto, a Zaragoza y su “mochila azul”. O a Cubillo y sus bailes de charanga con la muñeca. ¡Vaya canción guapa que nos regaló! Tendría que ser nuestro himno oficial.

En lo más cercano me acuerdo mucho de Fifi, que nos dejó hace poco y demasiado pronto. Te echamos de menos, tía, cuñada, mamá, esposa, güelita, amiga, vecina. En algún sitio estarás entonando “la lancha marinera”.

También hago memoria de locales míticos como Los Jardines, La Resaca, El Puente, Sharon, Lady Pepa, Va Bene-Jackaroe. Aquí un agradecimiento enorme a Manolo, el “fíu La Reina”, por ese brío y esas ganas que deben ser cosa de familia.

No hace tanto teníamos San Juan en junio, fiesta de la playa en julio, San Roque (Chicharrón incluido) y disfraces en agosto, San Telmo en septiembre y chiringuitos de noche todo el verano. Nunca supe por qué alguien mandó parar esto último. Hubiese bastado con decretar horarios razonables o unos decibelios de menos y más limpieza. Si era por la bandera azul, ahora tampoco la tenemos, así que el motivo debió ser otro.

Pero no es hora de nostalgia ni de viejas glorias. Tener 40 años te da perspectiva, pero también futuro. Perdimos algunas cosas, pero estamos ganando otras. Cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor, solo fue anterior.

Me quito el sombrero ante los que estáis apostando por terrazas chulas o restaurantes de primer nivel, con productos de la mejor calidad, recetas de toda la vida y otras más modernas.

Si tuviera otro sombrero, también me lo quitaría por los que conseguisteis poner a L’Arena en el “mapa de las olas” de España gracias al surf, sobre todo a Lucas y Lucas. No tenemos nada que envidiar a Salinas o Verdiciu, por poner dos ejemplos cercanos. Merecéis el éxito y todavía os tendrían que apoyar más.

Hacia ese futuro optimista empezó a caminar la ACAF hace un año, recuperando San Juan, resucitando pinchos y sardinas del Gurugú, volviendo a dar vida al carnaval de verano y sumándose a Garabuxada para unas navidades que ya estaban siendo muy potentes, incluyendo la San Silvestre Angulera.

Pasarela y más

Y si de proyectos hablamos, hay que ponerse un poco más serios. Seguimos en crisis; es un hecho. Ya no podemos hablar de recesión porque no estamos cayendo, pero de ahí a echar las campanas al vuelo, hay un trecho. Tenemos una desigualdad rampante; un drama con los refugiados; una tasa de desempleo cercana al 20% (el doble entre los jóvenes); gente con 50 y pocos años que cayó en el paro y no va a salir más; salarios bajos o de miseria; fraude y economía sumergida; mujeres discriminadas. Añadamos en nuestro caso el despoblamiento y el retroceso de ramas tradicionales como la angula o algunas industrias.

Para salir de todo eso necesitamos gobernantes con ganas. Necesitamos también buenas ideas y organizaciones. Y dinero, bien repartido, para generar crecimiento, empleo y bienestar.

Pero hay una condición adicional: todos tenemos que aportar un granito de arena y no solo voces en chigres o redes sociales. Lo dijo el presidente Kennedy: “no preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”.

El año pasado un grupo de personas de L’Arena y San Esteban nos constituimos como Plataforma para sacar del olvido la pasarela que debe unir los dos pueblos. Creemos que es justa, necesaria y valiosa. Me explico.

Es justa porque aquí se pañó mucho carbón durante décadas y, sin embargo, no llegó compensación específica alguna. El fango nos divertía en la rambla, pero teñía el agua y el entorno. ¿Por qué no llegaron fondos mineros? ¿No los concedieron o ni siquiera se pidieron? En fin, allá cada cual con su conciencia.

La pasarela también es necesaria como comunicación entre las dos orillas, con mutuos beneficios. Por poner un solo ejemplo: L’Arena pasaría a tener estación de tren a unos pocos pasos, con líneas a Oviedo y Galicia.

Y en tercer lugar, la pasarela también es valiosa, que no es lo mismo que costosa. Como decía Antonio Machado, “solo el necio confunde valor y precio” y aquí hablamos de un presupuesto asumible en varios años, siempre que haya voluntad. Por desgracia, ya no podremos ver sobre la pasarela a gente mítica de L’Arena como Tivina. A Travol sí, seguro.

¿Os imagináis inaugurarla en 2021, coincidiendo con el 60 aniversario de la galerna? Sería un merecidísimo homenaje.

Si se hace una pasarela guapa, el revulsivo para el turismo, el comercio, la hostelería y el empleo sería tremendo. La pasarela es compatible con otros temas enquistados: servicios sociales, consultorio de salud, patrimonio en ruinas, limpieza de la playa, escasez de contenedores, dragados, nuevos pantalanes, edificio del Gurugú y entorno, sendas y miradores, Camino de Santiago, carretera de Ranón. Y más cosas que estaréis pensando.

No podemos sentarnos a esperar el declive o gestionar la pura inercia. Tampoco entretenernos en discusiones técnicas que yo prefiero dejar a los que saben. Estamos en fase de reivindicar, no de ser el “perro del hortelano”, que ni come ni deja comer.

L’Arena y San Esteban llevan toda la vida mirándose, pero sin tocarse. Queremos ir y volver caminando de nuestra Rula a las tolvas de enfrente. Angelita quiere cruzar en su bici, y Conchita y Altina ir paseando para tomar una sidra y unos calamares.

La pasarela no es de jóvenes ni de mayores, ni de izquierdas ni de derechas, sino de todo el mundo. Hace la friolera de 38 años que se planteó la idea y el proyecto debe presentarse en breve. Para este año hay una partida, pequeña, pero simbólica. ¡Avanti!

Es muy legítimo oponerse o apoyar con la boca pequeña, pero lo peor es la indiferencia. El año pasado dimos una muestra de unión con las fiestas y la pasarela. Pido que no decaiga y que el Bajo Nalón sume los esfuerzos de los tres ayuntamientos.

Os anoto otra sugerencia final que no es ninguna locura: organizar aquí cursos de verano de Extensión Universitaria. Nos daría imagen, cultura y riqueza. Somos varios dispuestos a tirar del carro y nos sobran temas de debate: turismo, pesca, historia industrial, surf. O también sobre la vida y obra de veraneantes ilustres, como Rubén Darío, Joaquín Sorolla o el escritor y periodista Juan José Millás, este último en plena forma creativa.

Final

Disfrutemos de San Juan. Con el rojo y el blanco del vino, el verde de la sidra o el rubio de la cerveza. Sin olvidar agua y refrescos, no me vayan a acusar de incitar al bebercio.

Otro de los ilustres visitantes fue Seamus Heaney, nada menos que Premio Nobel de Literatura. Tenía muy claro que L’Arena es el pequeño paraíso dentro del grande (Asturias).

Así que solo os pido que me acompañéis en cuatro gritos: ¡PUXA SAN JUAN! ¡PUXA PASARELA! ¡PUXA L’ARENA! ¡PUXA ASTURIES!