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jueves, 23 de noviembre de 2017

Entusiasmo y teatro


Estamos en plena celebración por los primeros 25 años de la segunda vida del Teatro Palacio Valdés. Un joven con historia, podríamos decir, aunque más bien un resucitado. Lo que se reinauguró en 1992 no fue solo el viejo escenario, con el clásico telón y las elegantes butacas de patio, platea, palco y gallinero. Fue todo eso y algo más: un verdadero renacimiento que entusiasmó a toda una ciudad y sus gentes, solo vivida años después, con el Centro Niemeyer.

Para los guajes de mi generación, el Teatro Palacio Valdés no era más que una fachada impresionante, pero negruzca y con cristales rotos, en una calle estrecha y llena de coches. En la familia escuchábamos recuerdos de actuaciones de grandes artistas, películas o bailes, pero que en el mejor de los casos se remontaban a varias décadas atrás. Era ya más leyenda que realidad. Por eso fue tan impactante la entrada por primera vez al “nuevo” teatro. Era un sueño cumplido. Un símbolo para una nueva era, ligando el Avilés feliz de los años 20 con el que miraba al siglo XXI y quería dejar atrás la reconversión industrial (también se cumplen ahora 25 años de la Marcha de Hierro, no lo olvidemos).

Sigue dando vértigo pensar en las alternativas manejadas para la rehabilitación. Una, la construcción de un edificio de nueva planta, relatada por Vidal y Juan Carlos de la Madrid en su libro, lo cual equivaldría a perder la belleza exterior e interior del arquitecto Manuel del Busto. La otra era aún peor, como acaba de traer a la memoria Armando Arias, ya que implicaba la demolición total y la parcelación para hacer pisos. Menos mal que la inteligencia triunfó.

Juan Luis Rodríguez-Vigil, a la sazón, presidente del Principado de Asturias, destaca ese resultado, producido gracias a la estrecha cooperación entre administraciones públicas (local, autonómica y estatal), de la cual solo pueden salir beneficios, igual que en las mismas fechas la Casa de la Cultura o el inicio del saneamiento integral, el cual transformó la ría, desde el estado de cloaca, hasta el de columna vertebral del futuro. Frente a la desidia o la confrontación abierta, la colaboración es siempre una mejor solución. Tampoco se nos debe olvidar el empuje de la sociedad civil avilesina, incluyendo manifestaciones y recogidas de firmas que, en definitiva, buscaban recuperar lo que nunca se debía haber dejado llegar a la ruina.

Son 25 años de éxitos y el espectáculo debe continuar. El Teatro Palacio Valdés no es una escultura hueca o un edificio vacío. Es un teatro “con alma”, como le gusta repetir a Mariano Martín. Un espíritu bastante corpóreo, donde siempre ha tenido mucho que ver la mano de Antonio Ripoll y su equipo, consolidando una programación de lujo, referencia en España y en el mundo, accesible para el gran público y, todo ello, sin perder de vista la factoría asturiana y la cantera escolar.

En Avilés se dan la mano Bances Candamo, Palacio Valdés y Niemeyer en sus respectivos templos de la cultura y el arte. Así debe seguir siendo. Literatura, música, pintura, escultura, arquitectura, danza, cine, progreso, economía, empleo. Casi nada. Ya solo podemos crecer, pero necesitamos apellidos que ayuden en su tarea a las administraciones públicas, como hicieron los indianos a principios del siglo XX o hacen los Botín a Santander hoy en día. Mittal, ¿estás ahí?
 

Publicado en La Voz de Avilés el  23 de noviembre de 2017


miércoles, 17 de mayo de 2017

Fotogramas y churrascos

La confitería San Francisco luego fue chocolatería y ahora pulpería. A Polledo, en la calle La Fruta, la sustituyó una tienda de regalos y complementos. La de Galé, en La Cámara, hoy huele a perfume. Por desgracia, Llana sigue cerrada.

Almacenes Py fue remozado y una óptica ocupó su emblemático sitio. El Pelícano voló al Metropol y luego se puso prendas color melocotón. El Oso que bebía y fumaba en la esquina con la calle del Sol dio paso a la inocente ropa infantil. En cambio, unos pasos más allá, frente al parque del Muelle, el edificio del café Colón se cae de viejo.

En el local de Precios Únicos ahora se despachan bocadillos y tapas a precios populares. Justo enfrente, lo mismo, en el bajo donde tanto tiempo estuvo la ferretería La Española. Mientras, el cine Almirante sigue cerrado, a la espera de tiempos mejores.

¡Qué hermosos son los buenos recuerdos, pero qué mala es la egoísta nostalgia! El futuro se construye con ilusión e inversión, no con lamentos ni críticas destructivas.

Si el palacio que albergó el cine Marta y María va a ser pronto un restaurante, a mí no me sale otra reacción que la del aplauso por la actividad económica que va a generar, el empleo que va a crear y –muy importante- la fachada (por cierto, el único elemento de valor artístico) que se va a conservar. Cuando cerró el cine, algunos advertimos del peligro de ruina que corría este elemento de nuestro patrimonio a consecuencia de su abandono. Por todo ello, las noticias que ahora tenemos son buenas. Y si llegan del oeste, pues lo mismo da.

El debate que algunas personas quieren forzar entre cine y asador, me parece que ni siquiera resiste el tiempo de una sidra en el chigre. Las opiniones son todas libres, faltaría más, pero a veces un poco atrevidas. ¿Acaso la gastronomía no es también cultura? ¿Y no tenemos ya en Avilés suficientes casas y centros de cultura de primera categoría, donde, no se olvide, también se proyectan películas cada semana?

Quien tenga el dinero para recuperar el cine Marta y María, podría invertirlo sin mayor problema, aunque sospecho que no hay muchos candidatos que puedan ni quieran asumir tal riesgo. Por tanto, a quienes sí tienen el dinero y apuestan por esta ciudad, concedámosles, no ya la alfombra roja de bienvenida, pero sí al menos una oportunidad y un mínimo margen de confianza.

Criticar sin más o decidir sobre el capital ajeno es muy fácil. Poner sobre la mesa alternativas solventes o arriesgar capital propio es mucho más difícil.

Publicado en La Voz de Avilés el 17 de mayo de 2017


miércoles, 29 de marzo de 2017

Plagios y rebozados

Fuente: www.omacatladas.com

Que el plagio es una mala práctica lo sabe todo el mundo. Que debe ser desterrada y aislada, parece obvio. Que, además, forma parte de los delitos contra la propiedad intelectual y que implica cárcel y multas, debemos tenerlo presente, como nos recuerda el Código Penal. Sin embargo, muchas veces el plagio no recibe su merecido castigo e incluso se recompensa. Supongo que aquí podrán sentirse aludidas personas autoras de libros, partituras, películas, artículos, dibujos, esculturas o cualquier otra manifestación cultural, profesional o científica salida de sus sienes, a la que otra persona accede para apropiársela sin escrúpulos.

Pido disculpas por adelantado por el tono profesoral, pero es que a veces uno se pasma de lo que lee en algunos foros o de las opiniones que escucha, bastante atrevidas, quién sabe si por ignorancia, osadía o mala fe (no sé qué es menos disculpable).

Recordemos que plagiar no es sinónimo de copiar, ni tampoco de citar o versionar. Un pintor de nuestros días puede tratar de copiar un cuadro de Velázquez y no estará haciendo nada malo, incluso podrá mejorarlo (aunque esto último es bastante difícil). De igual forma, el autor de un libro sobre la estructura económica de España podrá –o, más bien, deberá- citar los antecedentes ya publicados sobre el tema, eso sí, anotando las fuentes exactas de las que está bebiendo. Tercer ejemplo: una directora española puede versionar una película clásica de Hollywood y redondear una obra maestra (o montar una pifia; todo es posible). Lo que no vale es el plagio puro y duro, intentar pasarse de listos, menos aún en la era de Internet y las redes sociales, donde en pocos segundos cualquiera puede detectar el fraude. El hurto intelectual, académico o artístico no es justo, pero tampoco es inteligente porque se descubre más temprano que tarde.

Si hubiese que buscar un sinónimo de plagiar, sería fusilar, evidentemente, en el sentido que aquí contamos. Por desgracia, ya son demasiados casos famosos los que se están conociendo, incluyendo ministras alemanas, falsos periodistas esnob, “cronistas carroñeros” (esto lo tomo de Sabina), rectores españoles y hasta primeras damas estadounidenses, sin contar un sinfín de ejemplos discretos, pero igual de graves. Como dice la fábula clásica, el que plagia es una corneja desplumada, muy aparente en principio, pero ridícula cuando le quitan las plumas que arrancó al resto de pájaros.

Cuando Unanumo dijo “¡qué inventen ellos!”, no quería decir que la ciencia o la creación se las fuésemos a dejar a otros (sus palabras fueron tergiversadas muchas veces en este sentido), sino que debemos aprovecharnos de la luz que algunos encendieron para seguir produciendo conocimiento o arte. Sin plagiar, claro. 

Publicado en La Voz de Avilés el 29 de marzo de 2017


martes, 7 de marzo de 2017

Cultura y futuro


Avilés es, por méritos propios, la referencia teatral en España o, como mínimo, por bajar algo el diapasón, una de las más destacadas. Seamos modestos, pero no más de lo necesario, aunque solo sea para compensar los males que tenemos en otros ámbitos y que normalmente se exageran con poco o mucho rigor (de todo hay).

Esta realidad teatral avilesina se acerca al óptimo, como reconoce toda la gente del gremio, incluyendo actrices, actores, técnicos, programadores y productores. Y, por supuesto, así lo vemos quienes disfrutamos de ello como espectadores y pagamos como contribuyentes y usuarios (ambas cosas). Eso sí, debemos tener presente que este resultado no es casual, ni ha sido fácil, ni por supuesto gratis, ni tampoco está asegurado para siempre jamás. Esta conquista es un excelente ejemplo de buen trabajo compartido entre personas y administraciones públicas, cuyo símbolo más evidente ha sido el tránsito desde un edificio decadente hasta un escenario recuperado con esplendor y estrenos de máxima calidad.

Los de mi generación conocimos un Teatro Palacio Valdés cerrado y en ruinas, a punto de venirse abajo. Escuchábamos de nuestros mayores historias de grandes actuaciones pasadas en aquellas tablas, pero se nos hacía muy difícil imaginarlas y las atribuíamos a ensoñaciones de mentes nostálgicas.

Por fin, tras un largo declive y unas esmeradas obras, el Teatro Palacio Valdés reabre en 1992 con todos los honores. Fueron nuestros particulares juegos olímpicos, nuestra exposición universal y nuestra capitalidad cultural, todo en uno, en aquel año mágico para toda España. Las bodas de plata de esa reapertura deben ser celebradas como se merecen, para que los más jóvenes sepan que lo que hoy conocen no estuvo siempre ahí. El impulso de alguien, el talento de otros, la ilusión de una ciudad entera y el dinero de todos, debidamente aprovechados y puestos en común, producen buenos frutos. Pero hay que seguir peleando. Llegar a la meta cuesta, pero cuando ya estás en ella, mantenerse cuesta más, dice la canción de Julio Iglesias.

Que la cultura es un puntal de futuro, ya nadie lo duda. O casi nadie, salvo quienes siguen contraponiendo notas musicales y obras de teatro a toneladas de chapa y alambrón. Como si todas estas cosas no se pudieran producir al mismo tiempo y en el mismo sitio. La falsa dicotomía entre industria y cultura, entre hormigón e innovación, entre verde y gris, es como cuando nos obligan a elegir entre lo bueno y lo mejor. Lo queremos todo, cada cosa con mesura. Sin castillos en el aire, pero sí con sana ambición y siendo conscientes de nuestras limitaciones, al lado de nuestras grandes fortalezas.

En los últimos 25 años Avilés ha consolidado una programación cultural envidiable, optimizando unos recursos que, ojalá fuesen más, pero cuyo rendimiento es claro y notorio. Contenidos variados y espléndidos continentes son ejemplos de todo ello, pudiendo sintetizar el menú en los platos que cada día se cuecen –perdón por el símil gastronómico- dentro de la Casa de la Cultura, la Factoría Cultural, el Teatro Palacio Valdés y, por supuesto, el Centro Niemeyer.

Me permito cerrar con un par de ideas que llevan tiempo fraguando y que, en mi modesta opinión, constituyen valiosas líneas de avance, sin grandes requerimientos de gasto, pero sí de una decidida voluntad y una inteligente visión estratégica.

La primera, la música, en torno al eje principal –que no único- de un Conservatorio de alta calidad, con grandes profesionales y un edificio de solera. Otras polémicas deben quedar arrumbadas desde ahora.

Y, dos, el espacio inmenso que se abre para Avilés –y para Asturias y España- en América Latina y el Caribe. Nuestro pie puesto en Brasil, un país que cuadruplica la población española y en pleno auge, no puede ser desaprovechado. Ese puente virtual que sobrevuela el Atlántico debe ser cruzado, con flujos en ambos sentidos, en forma de intercambios estudiantiles, culturales, académicos y profesionales, paquetes turísticos, cursos de español y numerosas actividades de todo tipo, con el fin de explotar la veta que supone tener aquí un pedazo de la magna obra del eterno arquitecto brasileño, Medalla de Oro de nuestra ciudad.

Publicado en La Voz de Avilés el 7 de marzo de 2017 

sábado, 18 de febrero de 2017

Lenguas y trapos

Un poco de coña esta vez. Como decía una de mis profesoras de Lengua Española en el Carreño Miranda, “formalidad poca, pero la poca que haya que dure”. Simplemente algunas curiosidades que tengo y que nadie me contesta.

Para empezar, ¿por qué las peores letras están al final del alfabeto, sobre todo las cuatro últimas? No sé si por su fealdad o porque son las que menos se usan en castellano. Supongo que por lo segundo o, ¿acaso es más agraciada la a, con su soberbia de ser la primera, que la siempre caliente y oculta x? Más aún: ¿quién y cuándo determinó que el alfabeto debía comenzar por una y no por otra? ¿No es incluso un poco arrogante el propio nombre de abecedario? Puede que sí, aunque se entiende, ya que sería casi imposible llamarlo “xyzonario” o algo parecido.

¿Por qué no tenemos nombre para las cosas que empiezan, sin que aún hayan terminado las que acaban? Esto es muy de Ángel González: “te llaman porvenir porque no vienes nunca”. Pero se lo podemos aplicar a una era posmoderna, a un periodo posoperatorio o a eso que ahora llaman posverdad y que, en realidad, debería denotarse por mentira o manipulación, dos viejas conocidas del diccionario.

¿Quién adiestra al corrector de los procesadores de texto? Es verdad que muchas veces nos sacan de apuros, con tildes o mayúsculas. Pero en otras ocasiones nos meten en líos importantes, como cuando las administraciones públicas pasan a ser púbicas o pélvicas, imagino que refiriéndose a la Consejería de Sanidad. Yo mismo convertí a un catedrático en pandillero y a una técnica de informática en mafiosa. Ya me han perdonado por ello (creo).

¿Y los anglicismos? Ayer me dijo mi coach que no me conviene el partner que tengo en mi networking porque en el briefing para elegir nuestro target se distrae mucho con su nueva startup. En la tele escuché que la nueva fragance for men encaja muy bien si vas conduciendo un crossover. Me entraron ganas de hacer un fake con la cara del presidente Trump o de tomar un potente brunch con mis friends después de salir a correr (lo de runners ya me niego siquiera a ponerlo). Ni así podría volver a estar happy. Como lectura recomendada, cualquiera, pero, por lo dicho aquí, el clásico 'Filosofía y lenguaje', del sabio Emilio Lledó. Y, por supuesto, visitar más las páginas web de la Real Academia Española y la Fundéu.

Publicado en La Voz de Avilés el 18 de febrero de 2017 


viernes, 21 de octubre de 2016

Dylanitas y méritos


Como decimos en Asturias, “al montón que ye grandón”. Pues aquí va una más. Creo que Bob Dylan merece el Premio Nobel de Literatura, como dice el acta del jurado, “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”. Para mí no hay discusión. Lo merece y punto, quizás con el matiz de que llega tarde. Eso sí, los premios se recogen y se celebran. En caso contrario, se deben rechazar con todas las consecuencias. La coherencia es así de dura, por eso hoy cotiza tan a la baja en el parqué de la vida. 

A la reciente legión de puristas y dylanitas que se han lanzado a pontificar (muchos, sabiendo sólo tararear un par de canciones del autor), habría que decirles que esta es la única categoría de los Premios Nobel que puede ganar alguien ajeno a la Física, la Química, la Fisiología, la Medicina, la Economía o, en última instancia, a la promoción de la Paz, entiéndase esto último como se quiera. A diferencia de los Premios Princesa de Asturias, en los Premios Nobel no hay una modalidad de las Artes que pueda englobar a genios del teatro, la escultura, la arquitectura, la pintura, la danza, la literatura, el cine y, por supuesto, la música. Hay un ejemplo notorio: a Leonard Cohen se le concedió en Asturias el galardón de las Letras y bien podría haber obtenido en su lugar el de las Artes. Supongo que esto cierra el círculo.

En todo caso, no conviene forzar la maquinaria ni los reglamentos. Porque podría ocurrir que se otorgase el Premio Princesa de Asturias de los Deportes a quien es una joven promesa o a quien sólo ha hecho una buena temporada, eso sí, con preferencia para la nacionalidad española. O pudiese darse el caso de un Premio Nobel de la Paz a un hombre que impulsa el fin de una guerra de 50 años, pero también a otro que promueve al poder a dictadores. Hasta sería factible ver distinguido con el Premio Princesa de Asturias de las Artes a algunos que coquetean más con el dinero que con la belleza. Incluso todo esto podría haber ocurrido ya

Volviendo a los cantautores, es decir, a los poetas, a los artistas, con el notable añadido de sus valores humanos y su sentido ético, creo que dentro del idioma español hay candidatos con méritos sobrados para algunos de los galardones comentados. Joan Manuel, Luis Eduardo, Silvio, Pablo, Víctor, a los que habría que sumar a Paco y Amancio, como grandes juglares de este tiempo. Me falta la mujer, no como cantautora, pero sí como artista integral, como Gran Dama: María Dolores Fernández Pradera. Así, con su primer apellido, asturiano, por cierto. 

Siguiendo a mi tocayo, digamos que la respuesta seguirá flotando en el viento.


Publicado en La Voz de Avilés el 21 de octubre de 2016


lunes, 6 de junio de 2016

Nocturnidad y alegría


No lloremos por la nostalgia porque “nunca nos fuimos”. Así lo reivindicaban Patxi Andión o Luis Pastor durante el magnífico recital de cantautores en Llanes.

En Avilés yo también digo que “no nos hemos ido”, cuando me refiero a la heterogénea tribu que le gusta salir después de cenar, con el reloj disipado, ganas de desconectar y el objetivo que cada uno se marque o se pueda permitir. El denominador común es el de pasar un buen rato, escuchando música en directo, tomando algo, bailando o entablando. ¿Cuestión de dinero? Sí, evidentemente, aunque otras cosas van por dentro y son gratis. Por eso afirmo que la nostalgia puede operar como bálsamo o placebo, pero no como medicina. El lamento por el pasado no es más que una mera disculpa.

Las anteriores glorias de Galiana, Carbayedo, Rivero, Ferrería, Sabugo o las discotecas (vale también para fiestas de prau) implicaban llenos los viernes y sábados sin hacer nada especial. Algunos las rememoran para lamentarse, si bien cabría reprocharles que no se acordaran antes, cuando sólo se dejaban llevar por la ola del éxito casi automático. Es obvio que la noche está más floja ahora que en épocas no tan lejanas y justo por eso no se debe dejar morir.

Objetivamente, Avilés ofrece más atractivos: calles peatonales, edificios rehabilitados, locales públicos para usos culturales y deportivos, bares sin humo, terrazas multiplicadas, restaurantes de referencia, transporte público reforzado (también de noche) y, para remate, nada menos que un centro cultural internacional. ¿Alguien sigue pensando que estamos hoy peor?

Ahora lo malo: consumiciones más caras (y más pijas), menos alternativa musical (demasiados bisbales, pocas guitarras y casi ninguna discoteca), horarios más restrictivos (la gente quiere dormir; lógico), costes empresariales más elevados y un menor reemplazo generacional (esto, por desgracia, en toda Asturias). Pues bien, salvo lo último, cuyas soluciones son más complejas, todo lo demás se puede mejorar a corto plazo. ¿Qué se necesita? Voluntad y muchas reuniones entre las partes interesadas: asociaciones juveniles, vecinos, hostelería, promotores, sindicatos, Ayuntamiento (ayuntamientos), consejerías, policía y todo el que tenga algo que aportar. Quien no vea ocio, puede ver negocio; ambas cosas son legítimas, necesarias e inseparables. Eso sí: que nadie critique sin proponer, ni reparta culpas sin echar una mano.

No quiero que la noche avilesina se apague. Analicemos causas, veamos debilidades, potenciemos fortalezas y, finalmente, diseñemos un modelo de futuro. Muchos de mis contemporáneos han envejecido más de lo que dice su propio DNI, lo que se nota en la perdida de empuje y buenas costumbres. A esto se añade que los nacidos a partir de los años 90 no han sabido, podido o querido dar el relevo (de momento). Sin embargo, hay que tirar.

Ferias temáticas, festivales de cine, turismo deportivo o noches blancas son excelentes ejemplos para iniciar un nuevo camino, incluyendo sus imprescindibles rutas nocturnas. Igual que antes nos citábamos “a las 8, donde siempre”, sin necesidad de veinte insulsos mensajes, hoy ciertas cosas son irrepetibles o impensables, por pura evolución. Pero todo lo demás, está por hacer. 


Publicado en La Voz de Avilés el 6 de junio de 2016


jueves, 3 de marzo de 2016

Amores y políticas

www.perroamarillo.com

Una de mis canciones favoritas es Lágrimas negras, del compositor cubano Miguel Matamoros. Me vale en cualquiera de sus múltiples versiones, aunque si tengo que quedarme con una, lo hago con esa que une la voz de María Dolores Pradera y la música de Cachao. Pura poesía en esa letra. Pura magia en esos sones.

Otra canción que me embelesa es la que lleva por título Échame a mí la culpa, cuyo letrista, el mexicano Ferrusquilla, murió a finales de 2015, tras casi un siglo de larga vida. ¿Quién no conoce la versión de Albert Hammond, una de las melodías más difundidas de la historia musical en español?

Letras de amor y perdón, como tantas, pero con un elemento común: su desprecio al rencor y a la mala baba. Aunque al protagonista de la primera lo han echado en el abandono y le han muerto todas sus ilusiones, en sus sueños sigue colmando a la otra persona de bendiciones. En la segunda, algo parecido: el narrador está lleno de razones para despreciar a la otra parte y, sin embargo, quiere que sea feliz.

A quien se ha querido con ganas, aunque el final haya podido ser tormentoso, no deberíamos desearle mal. En eso justamente consiste el rencor. Por desgracia, hay quien exagera hasta el límite de soportar maltratos y eso, ni qué decir tiene, resulta intolerable. Son casos en los que aquel supuesto amor no era cariño, sino obsesión o posesión. Y no suelen acabar bien, incluso, a veces, de la peor manera posible, la que ya no tiene remedio. Quienes hablan de “mi mujer” o “mi marido” como de “mi camisa”, con sentido de propiedad y usufructo, se alejan de la faceta humana. Celos que envenenan, odios y envidias que desgastan, hasta impedir ver una nueva luz y remontar el bache sentimental.

Los psicólogos utilizan el concepto de mindfulness o conciencia plena, el cual yo traduzco como tirar para adelante o mirar siempre el lado bueno de la vida, tal y como cantaban los crucificados de Monty Python al final de La vida de Brian.

Por no terminar bañados en almíbar o con excesiva moralina, podemos hacer uno de esos saltos al vacío, aplicando esta suerte de doctrina vital al mundo de la política, tan innovadora en los últimos tiempos, aunque no siempre para bien. Por ejemplo, cuando la canción de Ferrusquilla dice eso de “sabes mejor que nadie que me fallaste, que lo que prometiste se te olvidó”. ¿A qué parece el discurso del socio parlamentario despechado, cuando se dirige al presidente al que estaba apoyando con sus votos? Y, con todo, prosigue la letra, ese antiguo colaborador termina diciendo “que allá en el otro mundo, en vez de infierno, encuentres gloria”. ¡Qué feliz deseo!

En fin, escuchemos de nuevo las dos canciones citadas. Merece la pena.

Publicado en La Voz de Avilés el 3 de marzo de 2016 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Monstruas y sidras

Foto: Sergio López (La Voz de Avilés)
Cuando uno lee la doble noticia de que una de las monstruas de la exposición abierta de Avilés aparece en un contenedor en Priendes y otra acaba de ser pateada en El Carbayedo, siente rabia y un poco de pena por esta gente con tan poco cerebro. ¿Así queremos que el caso histórico de Avilés sea declarado Patrimonio de la Humanidad?

Desconozco si las foquinas de aquella otra exposición abierta fueron en su momento tratadas igual de mal. Espero que no. Desde luego, lo que es una gran idea (la de convertir las calles históricas en un museo al aire libre), queda ensombrecida por quienes tienen mucho tiempo libre y muy poco respeto a lo común.

Otro titular periodístico que había leído un poco antes decía que las asturianas y los asturianos gastamos diez (sí: 10) veces más en bares que en cultura. ¿Tiene algo que ver esto con lo otro? Quiero pensar que no, pero por si acaso, aquí van algunas interpretaciones muy personales.

Primera (técnica). En la estadística citada falta por sumar el gasto en cultura que está subvencionado, por ejemplo, los conciertos a los que vamos porque son “gratis”, aunque en realidad el caché del artista lo paga el Ayuntamiento con nuestros impuestos.

Segunda (pictórica). La gente de Asturias prefiere un botellón a un bodegón, como sugiere la maestra Merce.

Tercera (pragmática). El asunto se soluciona si las autoridades ponen cuadros en los bares o bares en los museos, como dice mi amigo Gonzalo.

Cuarta (canalla). Somos unos bichicomas y preferimos siempre un chigre a una pinacoteca.

En definitiva, simplificando, no creo que el debate esté entre la cultura de la escultura (valga el juego de palabras) o la cultura de la sidra (recordemos que desde este año ya está reconocida oficialmente como bien de interés cultural de carácter inmaterial).

A mí las monstruas multicolor, en homenaje al universal Carreño Miranda, me parecen una idea fantástica e incluso propongo que no se guarden en un almacén, sino que formen parte del patrimonio expositivo permanente. Y qué decir de la sidra y de todo lo que la rodea, incluyendo “prácticas sociales, rituales y eventos festivos, así como tradiciones orales (conocimientos, prácticas), paisajes culturales y oficios tradicionales” (Decreto 64/2014). Hay que potenciarla y no meterla en un peligroso limbo legal junto a sustancias de verdad peligrosas y dañinas.

Publicado en La Voz de Avilés el 12 de noviembre de 2014