1.
Una propuesta social
Contra el populismo de moda, alguien escribió: “no os dejéis seducir por
ciertas teorías extravagantes que, con pretexto de mejorar la sociedad y
reformar el mundo, hacen creer que, bajo el yugo de ciertas leyes basadas en el
capricho de un jefe de secta o de partido, va a desaparecer el mal social”.
La reflexión precedente no está en el periódico de ayer (aunque bien podría
estar), ni la firma un líder político actual. La rubricaba en 1866 Estanislao
Sánchez Calvo y Ochoa, avilesino de 24 años, quien iba a ser un singular
literato y estudioso. Nacido en el seno de una familia acomodada, sin embargo,
se colocó pronto en una vanguardia cívica para liderar una petición poco
original (puesto que ya era una realidad en muchos lugares), pero plena de
compromiso social.
En el luminoso artículo de Sánchez Calvo al que nos referimos, el
autor se dirige directamente “a los obreros de Avilés”, pidiendo perdón desde
el principio “por el atrevimiento de aconsejaros” y sin escatimar vehemencia. Comienza
por preguntarse sobre el “porvenir que espera al jornalero honrado que después
de incesantes trabajos y fatigas enferma, se hace viejo o queda inútil”. Y él
mismo responde: “¡miseria y hospital, hambre y limosna!”. Ante lo inaceptable, trata
de poner sobre la mesa soluciones eficaces, sin demagogia, para evitar la
catástrofe.
Tras hacer una apología del ahorro individual, llega no obstante a la
conclusión de que resulta “mezquino e insuficiente”, añadiendo que “la cantidad
ahorrada por un menestral en algunos años no bastaría quizá para hacer frente a
una simple enfermedad”. En consecuencia, propone la vía de una economía
asociada, un aseguramiento cooperativo y, aún más en concreto, la creación de una
sociedad de socorros mutuos en Avilés, como las que ya existían en otras provincias
y localidades, incluidas Oviedo o Gijon, sin ir más lejos. Debemos
citar también el antecedente de la Real Compañía Asturiana de Minas de Arnáu,
empresa fundada en 1833 y que en 1855 fue pionera creando una caja de auxilios para
sus obreros.
El joven Estanislao critica que en España se camine “a paso de tortuga” para lograr una aspiración de país porque, “aunque
comprendamos que tal cosa es buena, el trabajo de hacerla nos impide gozar sus
resultados”. ¿Estamos quizás ante un adelantado de la sempiterna lucha contra
el burocratismo? ¿Nos situamos acaso ante un precursor de los reproches a la desmoralizadora
administración defensiva?
Matiza Sánchez Clavo que ese papel mutualizado y movilizador del ahorro
obrero no lo pueden cumplir las cajas de ahorro, “cuyas funciones se reducen en
realidad a una simple operación de banco”, retribuyendo los depósitos al tipo
de interés de referencia, sin objetivo social alguno. Por el contrario, una
sociedad de socorros mutuos tendría “más elevadas miras y más filantrópico
objeto”, ya que “aseguran y proporcionan a los imponentes los recursos
necesarios en casos de enfermedad o de desgracia”. Sánchez Calvo estima que
“los pobres no serán los únicos en interesarse por esta previsora asociación”, pidiendo
en suma el apoyo popular al proyecto para que se pueda abrir “un nuevo porvenir
a la pobreza”.
2.
Un progresista desclasado
Con esa propuesta, ¿se desclasaba Sánchez Calvo hacia abajo? Es
posible y, además, de forma nada falsaria o impostada. ¿Tendría algún mérito
por ello, siendo consciente de que sería más fácil conservar la herencia y la
dotación, sin asumir riesgos ni preocupaciones? Seguramente. Pero la conciencia
tira y los valores pesan. Lo clava Pedro de Silva: “peor
es declasarse hacia arriba en cuanto tienes cuatro duros o un poco de
poder, que encima a lo mejor te han dado los de abajo”. Sánchez Calvo escribió
otros artículos y tribunas de opinión que aproximan su avanzado pensamiento
social, arguyendo ideas como la de un impuesto sobre el capital o un
derecho penal que implique justicia, no venganza.
Fue Sánchez Calvo un sabio poco conocido en vida y aún hoy poco reconocido (incluso
en su propia tierra), a pesar de los indudables méritos que atesora como
filósofo, filólogo, jurista, hacendista y republicano de pensamiento y acción.
Algunos lo calificaban de solitario y para otros fue un erudito extravagante
que se ocupó de lo divino (más que de lo humano), explorando las fuentes de “lo
perdido” y “lo prohibido”, en palabras de un heterodoxo de nuestros días como Juan Cueto.
D. Estanislao falleció enfermo en 1895 cuando contaba 53 años. Y como aquí enterramos
muy bien, pero elogiamos bastante peor en vida, a la muerte de nuestro
protagonista, entonces sí, se le dedicó una calle en Avilés, renombrando la tradicional
de Los Alfolíes, mediante acuerdo municipal adoptado el 4 de mayo de 1897. En
el verano de 1903 se inauguraban placa y busto en la fachada de la que había
sido su casa, donde ahí siguen, con un mensaje reconociendo a este “original autor”. Frisando ya el siglo
XXI, mediante acuerdo municipal de 22 de abril de 1993, la calle de Los
Alfolíes recupera su medieval denominación y sitio, trasladando la de Sánchez Calvo
a la conexión entre Cabruñana y Julia de la Riva.
No es objeto de estas líneas hacer un esbozo biográfico, ni una reseña
histórica del periodo, ni menos aún una semblanza intelectual de nuestro
protagonista. Remitámonos, por argumento de autoridad, a su propio descendiente
Ramón o a Españolito, sin
dejar de mencionar la aproximación de Juan Antonio Cabezas y la exhaustiva
revisión a su vida y obra en la tesis doctoral de Manuel Asur, El
pensamiento filosófico de Estanislao Sánchez Calvo, leída el 20 de marzo
del año 2000 en la Universidad de Oviedo. La pretensión aquí es muchísimo más
modesta, rescatando la sugerente propuesta del Estanislao veinteañero que, digámoslo,
fue escuchada y pudo sustanciarse con éxito. Hay que recordar que El Eco de
Avilés ya fue un semanario influyente en aquellos tiempos y que tomó claro
partido por esta propuesta. Dicho sea al hilo: ¡hay que ver en qué ha
degenerado la noción de influencia hoy en día!, tanto en contenido como en
continente.
En ese Avilés de la segunda mitad del XIX, el contexto socioeconómico se
caracterizaba por una naciente industrialización y una pujante burguesía que
-en palabras de Juan Carlos de la Madrid- “ya
dominaba los destinos de la villa”, no solo en el terreno comercial, industrial-artesano
y financiero, sino también mediante la construcción de un “entramado
ideológico”, detrás del cual subyacía un cambio de relación con las clases
sociales más desfavorecidas (hablar de proletariado aún era prematuro). La
propuesta de una sociedad de socorros mutuos iba en esa línea. Y Sánchez Calvo,
visionario, pudo contemplar su idea materializada.
La Sociedad Artística, Profesional e Industrial de Avilés había sido
fundada en 1865, con sendas secciones lírica y dramática, donde burguesía y
obreros (quizás más correcto fuese decir artesanos o trabajadores) podían
acceder a una cultura hasta entonces vetada para los últimos. Para lo que aquí
nos importa, es crucial la fecha del 1 de setiembre de 1867, día en que se crea
en su seno la sección de socorros mutuos, menos de un año después de la carta
abierta de Sánchez Calvo “a los obreros de Avilés”.
Hay que reseñar aquí la anotación que hace Palacio Valdés en La novela
de un novelista, rememorando un intenso baile en pareja cuando tenía 16
años, en 1869, el cual le dejó “casi privado de conocimiento”, pero no le
impidió ver que “no existía la lucha de clases; y la prueba es que muchos
señoritos abandonaban el círculo de sus iguales y se introducían en el de las
artesanas sin que los obreros se diesen por ofendidos”. Aunque habría mucho que
matizar, es un valioso testimonio.
En esa preocupación -algunos dicen paternalismo- por la incipiente clase
obrera, irían poco a poco creándose o ampliándose nuevas instituciones de apoyo
mutuo, para facilitar el acceso a prestaciones económicas en forma de renta
(pensiones, subsidios y otras ayudas puntuales) o en especie (comida, ropa,
atención sanitaria, escolarización de menores, instrucción de personas adultas,
u otras), todas ellas para mejorar la salud o ampliar el acervo educativo y
cultural de las clases más desfavorecidas. Ahí están, por ejemplo, la Escuela de Artes y Oficios (1878),
las aulas populares (1901) o el nuevo Hospital de Caridad (1933), aunque el
origen de esta institución era ya muy anterior (1841).
3.
Lo práctico de una buena teoría
Un
excurso es necesario en este punto.
Los
economistas solemos hablar de fallos de mercado para justificar la intervención
del sector público en la economía. Así, es obvio que no todo el mundo -o más
bien, casi nadie- puede pagarse un seguro médico privado que le cubra ante
cualquier contingencia de salud presente o futura. Sería tan caro para personas
con enfermedades crónicas o dolencias complejas que ninguna empresa estaría
dispuesta a cubrirlas, salvo que cobrase una enorme cantidad de dinero. Así las
cosas, los principios de ética y equidad justificarían por sí mismos que el
sector público intervenga el mercado, pero es que también hay indudables
motivos de eficiencia. Pensemos en la investigación sanitaria o las vacunas
masivas, cuyos efectos externos positivos sobre la salud colectiva son
indudables. Por ejemplo, en países donde hay que pagarse las vacunas del propio
bolsillo (incluso las más básicas), los índices de protección son mucho menores
y las enfermedades contagiosas son mucho más letales. Difícilmente un mercado
perfecto (que nunca lo son, salvo en los manuales de economía) mejoraría esto,
tal y como reconocerán hasta el más libertario o la más egoísta.
El
argumentario para la salud nos sirve para otros bienes preferentes, caso de las
pensiones, la educación, la vivienda, la cultura o la atención a la dependencia.
Dejar al albur de la demanda y la oferta nos produciría una asignación
ineficiente y, desde luego, una distribución injusta. Por eso es necesario el
impulso público. Para que la vejez o la enfermedad no sean vías rápidas hacia
la pobreza o la exclusión social. Para que haya un mínimo garantizado de
enseñanza obligatoria, con independencia de rentas y preferencia personales.
Para que se pueda garantizar el derecho al techo y no solo el derecho
al negocio. Para que cada persona pueda ir al teatro o adquirir un libro,
evitando que la cultura quede como un reducto de privilegio. O para que una
situación innata o sobrevenida de dependencia no nos deje arrumbados, carentes
de autonomía personal y, además, indigentes.
En
todo caso, debemos plantear dos premisas adicionales. La primera es que el
sector público no es infalible y que sus fallos no pueden conllevar
consecuencias aún más gravosas que las derivadas de los fallos del mercado. Por
eso es tan importante reivindicar la transparencia de la gestión pública, la
rendición de cuentas, el control sobre el fraude y la fiscalización. Problemas
de algunas listas de espera, aulas masificadas o un acusado desequilibrio entre
pensiones bajas y altas son ejemplos de defectos de un sistema que debe estar
siempre sometido al escrutinio de la ciudadanía. La segunda premisa se deriva
de la anterior: el sistema público se legitima por su calidad y por su uso, sin
defecto de la primera y sin excesos del segundo.
Hemos
llegado a un punto de madurez en el estado del bienestar que nos ha hecho ser
muy exigentes (nada malo en ello) y quizás poco autoexigentes y hasta un
poco desmemoriados. Esta conquista es reciente y no tiene ni un siglo en Europa
y, en concreto en España, prácticamente la mitad del tiempo, coincidiendo con
la recuperación de la democracia tras la larga dictadura franquista. Antes del
estado de bienestar estaban la caridad y la pura beneficencia, cuyo papel fue
esencial en tiempo pasados,
pero que se queda escasa en un mundo de derechos individuales, sociales y
políticos. Aún hoy no podemos olvidar el rol complementario de asociaciones y
entidades (en Avilés tenemos varias notables) que luchan día a día por una
sociedad mejor, desde el voluntarismo y la buena intención. Pero no podemos
fiarlo todo a esto. La calidad se paga (impuestos), no solo se reivindica (que
también).
4.
De la nada aquella al estado del bienestar
Sánchez
Calvo y otros muchos supieron anticipar lo que parecía evidente: la miseria y
la desigualdad son dos disolventes de la sociedad. Bien sea porque hay un
convencimiento (religioso o laico; ético en todo caso) de que no es admisible,
bien sea por un puro interés materialista, parecía que la inacción no era ya
una opción en la segunda mitad del siglo XIX. El camino aún sería largo.
Entre
aquella pretérita caridad como limosna y la solidaridad como principio
orientador de las políticas públicas hay un trecho enorme. En el medio, las
iniciativas de socorro mutuo, la “solidaridad desde abajo” (sic) o la beneficencia
reforzada produjeron resultados trascendentes que, en buena medida, anticiparon
lo que iban a ser los seguros sociales o el estado del bienestar, usando ahora los
sintagmas actuales. Nótese que la propuesta de Sánchez Calvo y otros
republicanos del momento solucionaba problemas, pero no era el bálsamo de
Fierabrás que todo lo cura. Tendríamos que esperar casi otro siglo, ya en la
democracia posterior a la Constitución de 1978, para poder hablar en propiedad
de un estado del bienestar financiado con impuestos y cotizaciones, instrumentado
en prestaciones que son derechos, no dádivas ni favores, donde la iniciativa
privada y el mutualismo cumplen un papel complementario, no principal. Cómo no
mencionar a tres asturianos ilustres, uno impulsor de la Comisión de Reformas
Sociales en 1883 (José Posada Herrera, presidente del Consejo de Ministros a la
sazón) y los otros dos -los “adolfos” Posada y Buylla- como hacedores del
Instituto de Reformas Sociales (1903). Adolfo Posada sería después en la II
República presidente del Instituto Nacional de Previsión, creado en 1908 y
verdadero antecedente de la seguridad social y las prestaciones sanitarias universales
tal y como las conocemos. Pero esa es otra historia.
El apoyo mutuo entre obreros y la connivencia -o el activismo- de cierta burguesía
con ideas avanzadas fue concibiendo una mejora del bienestar social nada
desdeñable, aunque seguían lejos todavía otros logros laborales, por ejemplo,
en materia de reducción de la jornada laboral, aumento de salarios y seguridad y
salud en el trabajo. ¿Nos suena todo esto hoy en día? Hasta el Papa de
entonces, León XIII, parece ser un lejano referente del actual, León XIV. La famosa
encíclica de 1891 del primero, Rerum novarum, inauguraba la llamada
doctrina social de la Iglesia, con pasajes tan esclarecedores como el que ensalza
las “instituciones mediante las cuales atender convenientemente a los
necesitados y acercar más una clase a la otra”, citando “las sociedades de
socorros mutuos; entidades diversas instituidas por la previsión de los
particulares para proteger a los obreros, amparar a sus viudas e hijos en los
imprevistos, enfermedades y cualquier accidente propio de las cosas humanas;
los patronatos fundados para cuidar de los niños, niñas, jóvenes y ancianos”, con
“el lugar preferente” para “las sociedades de obreros, que comprenden en sí
todas las demás”.
5.
Coda
El título de este artículo encierra una paradoja. ¿Cómo puede un solitario
ser tan partidario de lo colectivo? Y hay otra aparente incongruencia: ¿cómo se
puede haber olvidado en Avilés, en Asturias y en España a un personaje de tan
elevada talla intelectual, con conciencia social y republicana, como Estanislao
Sánchez Calvo? Estamos a tiempo.
Publicado en la Revista El Bollo 2026
Vid. Castillo, S.
(ed.) (1994). Solidaridad desde abajo. Trabajadores y socorros mutuos en la
España contemporánea. Madrid: UGT. En particular, los tres capítulos
dedicados a Asturias, respectivamente a cargo Jesús J. Rodríguez
González, Jean-Louis Guereña y Jorge Uría González.