Tenemos Asturias de mar y monte; de carne, huerta, leche y pescado; de ríos y playas, de ciudades, pueblos, villas y aldeas; de industria y servicios; de lenguas y culturas. De verde y negro, como en el poema de Pedro Garfias, musicado por Víctor Manuel. De azul y oro, como nuestra bandera. Un universo que llamamos paraíso porque lo es.
Cada rincón de Asturias es una joya y, como en el libro que encabeza estas líneas, “lo pequeño es hermoso”. La contraparte ha sido una asturianía sólida y sincera cuando estamos fuera, pero demasiado local cuando estamos aquí. Lo advirtió Ortega (“los asturianos se sienten región, pero no se saben región”) y lo remarcó el presidente Rafael Fernández (“nuestro regionalismo es claro cuando estamos fuera de nuestra tierra; dentro, la cosa ya es de un localismo feroz”). Hagamos Asturias.
Hoy recalamos en Suarías. Divisamos un impresionante valle, recorrido por ríos que son testigos de una historia milenaria, incluida la más reciente, la del Estatuto de Autonomía. Desde Suarías se atisba el Cantábrico y se percibe la protección de unas montañas que caen despacio hasta la costa, como resistiéndose a perder su fuerza en el horizonte salado. Suarías encierra la esencia de Asturias. Es un ejemplo que quiere ser ejemplar. Méritos y ganas le sobran: fiestas, asociacionismo, carrera Blincapeñas, museo-archivo de la música. El cuidado de un patrimonio colectivo con el cariño y la modestia de quien quiere y, por tanto, puede.
Cuando se pregunta a una persona por las motivaciones para vivir en un lugar, hablan de vivienda, trabajo, servicios públicos, ocio, paisaje, calidad de vida. La misma pregunta formulada a las empresas arroja respuestas sobre suministros, clientes, proveedores, energía, mano de obra, comunicaciones, telecomunicaciones. El avance tecnológico cambia algunas restricciones y borra otras. Pensemos en las ventajas del comercio electrónico, el teletrabajo o la formación a distancia, impensables hace no tanto tiempo. Lugares donde antes se hacía difícil vivir o trabajar, hoy vuelven a ser atractivos. Pero la vaca no se cata sola, ni la yerba se siega desde otro lugar. Hay que estar.
La despoblación rural en Asturias es un hecho, acelerado en las últimas décadas. La comarca oriental no es la peor, frente a la del suroccidente, donde las cifras apuntan a drama. Y, desde luego, este fenómeno no es inocuo porque implica deterioro paisajístico, abandono del sector primario, brecha digital, desequilibrios de renta y riqueza, envejecimiento, desigualdad o inequidad en el acceso a servicios públicos. En suma: la destrucción de un modo de vida. Pero no estamos aquí para exhibir el drama. La ejemplaridad implica presumir de pasado, trabajar el presente y empedrar el futuro.
Alguien como yo, ajeno a Suarías y que -por desgracia- tardó muchos años en conocer este lugar, se contagia pronto de su ilusión. La de vecinas y vecinos, con la asociación El Cantu La Jorma al frente, cuyo empeño es encomiable. Y lo afirmo mientras digo que todos los demás pueblos tienen mi consideración, pero a Suarías ya le toca. Por indudables cualidades, pero también por su persistencia.
La lucha contra la despoblación rural cuenta con una estrategia integral y coordinada en Asturias, en toda España y en la Unión Europea. El reto demográfico se ha destacado en la agenda política y dispone de instrumentos y leyes transversales. Ahora solo falta llevar a término cada medida concreta. Empezamos a ver algunos positivos resultados.
Deseemos un final feliz, desde la atalaya de Suarías. Brindemos para que esta maravilla sea reconocida como ejemplar. Suerte y felices fiestas.

