jueves, 25 de junio de 2026

Economía esencial

 
 
Francisco J. Delgado Rivero acaba de publicar libro. Y no es uno cualquiera. Es un libro digital en papel o, viceversa, un libro en papel con versión digital extendida. Pero más allá de la forma, innovadora, me voy al contenido.

Fran es un grandísimo docente (puedo dar fe como compañero suyo) y un investigador acreditado (eso ya lo certifican las agencias de evaluación y los trabajos publicados). Es también un excelente divulgador de la economía útil (también doy fe), esa que salva y mejora vidas, no la que se entretiene en otras disquisiciones que, siendo muy respetables, veo más propias de otras disciplinas.

Ahora nos ilustra con un compendio de economía esencial que “bien vale una misa”, o sea, una lectura comprensiva de su contenido, asequible y riguroso en todo momento. Pero no es una novela que aparcamos una vez leída. No. Porque también es un cierto manual introductorio de economía, el cual recomiendo dejar en la mesita o en el escritorio para echarle el ojo de vez en cuando. Desde luego, no es un folleto de un gurú de la nada, como otros que circulan por ahí.

Dice el prologuista (p. 13: cito por el papel) que la economía no es difícil, “el problema es que hemos decidido colectivamente que entenderla es opcional”. Ahí cumple su función principal el libro de Fran.

El libro hace autocrítica del oficio, con los manidos tópicos de que los economistas predecimos el pasado e incluso a veces fallamos en eso. En un momento, Fran (pp. 54-55) se centra en la dificultad técnica de la predicción económica -indudable- pero no dice que esas predicciones -además- condicionan el resultado real. No es difícil ver cómo se utilizan las expectativas de forma torticera y cómo una tormenta económica que se avecinaba luego queda en orbayu, pero por el medio se han frustrado proyectos y riquezas de manera interesada. En el capítulo 11 el autor se redime, al abrir el foco con los temas claves de este presente que ya es futuro.

En otro punto, insiste mucho en la calidad de la medición del PIB como indicador de progreso, “supremo, pero no único” (perdón por el símil con el Tribunal de Cuentas) y recuerda que el desarrollo humano se puede medir de otras formas. Esto demuestra que Fran es un amante de la buena estadística y de la transparencia, pero sobre todo un economista social. Y esto también es “esencial”.

Coincidimos en muchas cosas, como la escasa conciencia del propio gasto (p. 69), lo perentorio de mejorar la educación económica y financiera a todos los niveles (pp. 70-72) o el escaso compromiso de los trabajadores con su trabajo (p. 94). Las tres cosas y algunas más son auténticos dramas. Me gusta también mucho el animalario de empresas (pp. 89-93), aunque yo hubiera incluido algunas otras especies de depredadores que no encuentro.

Mención aparte merece la parte dedicada a la economía del sector público (capítulo 5), de la que ambos, junto con nuestros comunes maestros y colegas, nos hemos ocupado durante muchos años. Desde el enfoque académico y desde la práctica de la gestión; los dos hemos pasado de las musas al teatro. Fran aporta recetas sencillas, pero eficaces. Enfoca los problemas y sugiere soluciones. Y plantea dudas que -me temo- seguirán presentes. De esto podríamos seguir hablando mucho tiempo, así que lo dejo de momento.

Dos reflexiones finales. Una, para constatar que, a pesar del enfoque global, el libro tiene muy presente a Asturias, nuestro paraíso particular. Por eso comienza el libro citando el verso del poeta Campoamor (p. 16) sobre la relatividad de los enfoques. O por eso cita a los eminentes Jovellanos, Campomanes y Flórez Estrada (p. 23) entre los nombres propios que nadie debe dejar de leer y estudiar. Añade a Fuentes Quintana, maestro de hacendistas españoles, que no es asturiano, pero sí Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oviedo.

El último apunte lo coloco en imperativo: pasen y lean. 
 

lunes, 15 de junio de 2026

Suarías y la ejemplaridad


Lo pequeño es hermoso

E. F. Schumacher

Asturias se pronuncia en plural porque, como decía un lema turístico, hay muchas y todas están muy cerca. Esta diversidad es nuestra principal riqueza y el gran motivo de orgullo por nacer o pacer en esta tierra.

Tenemos Asturias de mar y monte; de carne, huerta, leche y pescado; de ríos y playas, de ciudades, pueblos, villas y aldeas; de industria y servicios; de lenguas y culturas. De verde y negro, como en el poema de Pedro Garfias, musicado por Víctor Manuel. De azul y oro, como nuestra bandera. Un universo que llamamos paraíso porque lo es.

Cada rincón de Asturias es una joya y, como en el libro que encabeza estas líneas, “lo pequeño es hermoso”. La contraparte ha sido una asturianía sólida y sincera cuando estamos fuera, pero demasiado local cuando estamos aquí. Lo advirtió Ortega (“los asturianos se sienten región, pero no se saben región”) y lo remarcó el presidente Rafael Fernández (“nuestro regionalismo es claro cuando estamos fuera de nuestra tierra; dentro, la cosa ya es de un localismo feroz”). Hagamos Asturias.

Hoy recalamos en Suarías. Divisamos un impresionante valle, recorrido por ríos que son testigos de una historia milenaria, incluida la más reciente, la del Estatuto de Autonomía. Desde Suarías se atisba el Cantábrico y se percibe la protección de unas montañas que caen despacio hasta la costa, como resistiéndose a perder su fuerza en el horizonte salado. Suarías encierra la esencia de Asturias. Es un ejemplo que quiere ser ejemplar. Méritos y ganas le sobran: fiestas, asociacionismo, carrera Blincapeñas, museo-archivo de la música. El cuidado de un patrimonio colectivo con el cariño y la modestia de quien quiere y, por tanto, puede.

Cuando se pregunta a una persona por las motivaciones para vivir en un lugar, hablan de vivienda, trabajo, servicios públicos, ocio, paisaje, calidad de vida. La misma pregunta formulada a las empresas arroja respuestas sobre suministros, clientes, proveedores, energía, mano de obra, comunicaciones, telecomunicaciones. El avance tecnológico cambia algunas restricciones y borra otras. Pensemos en las ventajas del comercio electrónico, el teletrabajo o la formación a distancia, impensables hace no tanto tiempo. Lugares donde antes se hacía difícil vivir o trabajar, hoy vuelven a ser atractivos. Pero la vaca no se cata sola, ni la yerba se siega desde otro lugar. Hay que estar.

La despoblación rural en Asturias es un hecho, acelerado en las últimas décadas. La comarca oriental no es la peor, frente a la del suroccidente, donde las cifras apuntan a drama. Y, desde luego, este fenómeno no es inocuo porque implica deterioro paisajístico, abandono del sector primario, brecha digital, desequilibrios de renta y riqueza, envejecimiento, desigualdad o inequidad en el acceso a servicios públicos. En suma: la destrucción de un modo de vida. Pero no estamos aquí para exhibir el drama. La ejemplaridad implica presumir de pasado, trabajar el presente y empedrar el futuro.

Alguien como yo, ajeno a Suarías y que -por desgracia- tardó muchos años en conocer este lugar, se contagia pronto de su ilusión. La de vecinas y vecinos, con la asociación El Cantu La Jorma al frente, cuyo empeño es encomiable. Y lo afirmo mientras digo que todos los demás pueblos tienen mi consideración, pero a Suarías ya le toca. Por indudables cualidades, pero también por su persistencia.

La lucha contra la despoblación rural cuenta con una estrategia integral y coordinada en Asturias, en toda España y en la Unión Europea. El reto demográfico se ha destacado en la agenda política y dispone de instrumentos y leyes transversales. Ahora solo falta llevar a término cada medida concreta. Empezamos a ver algunos positivos resultados.

Deseemos un final feliz, desde la atalaya de Suarías. Brindemos para que esta maravilla sea reconocida como ejemplar. Suerte y felices fiestas.



Publicado en el libro de las fiestas de San Antonio de Suarías de 2026