Asturias se pronuncia en plural porque, como decía un lema turístico, hay muchas y todas están muy cerca. Esta diversidad es nuestra principal riqueza y el gran motivo de orgullo por nacer o pacer en esta tierra.
Tenemos Asturias de mar y monte; de carne, huerta, leche y pescado; de ríos y playas, de ciudades, pueblos, villas y aldeas; de industria y servicios; de lenguas y culturas. De verde y negro, como en el poema de Pedro Garfias, musicado por Víctor Manuel. De azul y oro, como nuestra bandera. Un universo que llamamos paraíso porque lo es.
Cada rincón de Asturias es una joya y, como en el libro que encabeza estas líneas, “lo pequeño es hermoso”. La contraparte ha sido una asturianía sólida y sincera cuando estamos fuera, pero demasiado local cuando estamos aquí. Lo advirtió Ortega (“los asturianos se sienten región, pero no se saben región”) y lo remarcó el presidente Rafael Fernández (“nuestro regionalismo es claro cuando estamos fuera de nuestra tierra; dentro, la cosa ya es de un localismo feroz”). Hagamos Asturias.
Hoy recalamos en Suarías. Divisamos un impresionante valle, recorrido por ríos que son testigos de una historia milenaria, incluida la más reciente, la del Estatuto de Autonomía. Desde Suarías se atisba el Cantábrico y se percibe la protección de unas montañas que caen despacio hasta la costa, como resistiéndose a perder su fuerza en el horizonte salado. Suarías encierra la esencia de Asturias. Es un ejemplo que quiere ser ejemplar. Méritos y ganas le sobran: fiestas, asociacionismo, carrera Blincapeñas, museo-archivo de la música. El cuidado de un patrimonio colectivo con el cariño y la modestia de quien quiere y, por tanto, puede.
Cuando se pregunta a una persona por las motivaciones para vivir en un lugar, hablan de vivienda, trabajo, servicios públicos, ocio, paisaje, calidad de vida. La misma pregunta formulada a las empresas arroja respuestas sobre suministros, clientes, proveedores, energía, mano de obra, comunicaciones, telecomunicaciones. El avance tecnológico cambia algunas restricciones y borra otras. Pensemos en las ventajas del comercio electrónico, el teletrabajo o la formación a distancia, impensables hace no tanto tiempo. Lugares donde antes se hacía difícil vivir o trabajar, hoy vuelven a ser atractivos. Pero la vaca no se cata sola, ni la yerba se siega desde otro lugar. Hay que estar.
La despoblación rural en Asturias es un hecho, acelerado en las últimas décadas. La comarca oriental no es la peor, frente a la del suroccidente, donde las cifras apuntan a drama. Y, desde luego, este fenómeno no es inocuo porque implica deterioro paisajístico, abandono del sector primario, brecha digital, desequilibrios de renta y riqueza, envejecimiento, desigualdad o inequidad en el acceso a servicios públicos. En suma: la destrucción de un modo de vida. Pero no estamos aquí para exhibir el drama. La ejemplaridad implica presumir de pasado, trabajar el presente y empedrar el futuro.
Alguien como yo, ajeno a Suarías y que -por desgracia- tardó muchos años en conocer este lugar, se contagia pronto de su ilusión. La de vecinas y vecinos, con la asociación El Cantu La Jorma al frente, cuyo empeño es encomiable. Y lo afirmo mientras digo que todos los demás pueblos tienen mi consideración, pero a Suarías ya le toca. Por indudables cualidades, pero también por su persistencia.
La lucha contra la despoblación rural cuenta con una estrategia integral y coordinada en Asturias, en toda España y en la Unión Europea. El reto demográfico se ha destacado en la agenda política y dispone de instrumentos y leyes transversales. Ahora solo falta llevar a término cada medida concreta. Empezamos a ver algunos positivos resultados.
Deseemos un final feliz, desde la atalaya de Suarías. Brindemos para que esta maravilla sea reconocida como ejemplar. Suerte y felices fiestas.
Publicado en el libro de las fiestas de San Antonio de Suarías de 2026
Se nos acaba de ir José Antonio Redondo. Demasiado pronto y demasiado rápido. Discretamente, como era él. A la vera de la ría.
El impacto de la noticia me pilla en
tierras británicas y esto me va a impedir acompañar a su familia y al
equipo del Consello de Contas en estas horas tan difíciles. Lo haré en
cuanto tenga ocasión, pero desde aquí mando ya mi fraternal abrazo en mi
propio nombre, así como el pésame de toda la Sindicatura de Cuentas del
Principado de Asturias.
Hace un año tuve el privilegio de
participar en el homenaje tributado a José Antonio en el paraninfo de
Fonseca, con motivo de su merecida jubilación. Hablé desde la óptica de
alguien que tuvo la suerte de compartir unos años de trabajo en el
control externo desde nuestras instituciones hermanas, con algunos
momentos inolvidables en Compostela (por supuesto), Carril o Madrid, por
citar solo algunos ejemplos. En todo caso, llamarle compañero sería por
mi parte un exceso. Si acaso, me declaro un modesto aprendiz suyo, un
alumno de quien fue un auténtico profesor y maestro en tantas cosas.
Hace escasamente dos meses, la Junta
General del Principado de Asturias renovó mi mandato como síndico mayor.
Ya entonces, uno de mis primeros mensajes fue precisamente a José
Antonio para darle la noticia. Y no solo me felicitó, cosa que sería
fácil y hasta rutinaria, sino que sobre todo me recordaba su amistad, su
disposición y su cariño. Guardo ese mensaje como un tesoro. Ahora, aún
más.
Es muy fácil señalar cosas buenas de
José Antonio Redondo. Pero como decimos en Asturias, sobre todo, era un
gran paisano. Un señor de los pies a la cabeza, tranquilo, reflexivo,
cariñoso, honesto, y, desde luego, un grandísimo profesional en todas
sus facetas, académica, gestora y de control externo.
Te echaremos mucho de menos, José Antonio. Descansa en paz.
Años noventa del siglo pasado. Antroxu avilesino en su apogeo. El Descenso de Galiana era de otra manera, gamberro, quizás más inseguro, pero muy popular. Recuerdo algún conato de motín en los exteriores del pabellón de La Magdalena, con final feliz. O que la Policía Local (esto no sé si fue leyenda) pasaba controles de alcoholemia en el recorrido. Y un dato para presumir: se retransmitía en directo por una tele local, Canal 21, cuando la TDT o la TPA no eran más que utopías. Cerca de aquí, la Televisión de Galicia llevaba ya una década emitiendo programas y contenidos propios.
Cuando la espuma bajaba de nivel, salíamos de nuevo al Parche a disfrutar de la entrega de premios y la verbena. En una de esas noches musicales actuaba Zapato Veloz, el grupo que lo petaba (el verbo es también de la época), con dos asturianos, un gallego y un Tractor amarillo, aunque algunos preferíamos la Pandeirada sideral, esa del gallego en la luna que ha venido del Ferrol.
En fin de año nos reuníamos un buen puñado de gente en las fiestas de Nochevieja del Lar Gallego. Creo que aquellos años fueron buenos, aunque un observador presentista (incluidos algunos de mis amigos) solo vería alegalidades varias y demasiada troza. Ahí siguen el Lar Gallego, la Taberna Gallega y el mesón Rías Baixas, a los que se han sumado la pulpería A Feira (antigua confitería San Francisco) o La Quinta (el añorado cine Marta y María). El círculo astur-galaico funciona.
En la comarca de Avilés se había inaugurado un poco antes la acería LD-III, símbolo de la reconversión siderúrgica. También la Dupont recalaba en esta tierra “porque hemos encontrado las condiciones que buscábamos: ética del trabajo, infraestructura y ubicación”. Son palabras textuales de Edgar S. Woolard, presidente a la sazón de la multinacional. Repitámoslas despacio: ética del trabajo, infraestructura y ubicación. Hoy podríamos añadir la sostenibilidad ambiental, para que pongamos en valor la potencia industrial de nuestra tierra, antes, ahora y siempre, compatible con la preservación del medio natural. Galicia también, si no lo estropean con alguna iniciativa arrasadora.
Damián Barreiro Maceiras había nacido en A Estrada, en el corazón de Galicia, no muy cerca del mar, pero tampoco tan lejos como para obviarlo. Tierra profunda, tanto como sus ríos. Es curioso que, con todo lo que nos une a gallegos y asturianos, ciertas vertientes gastronómicas no las compartamos (sirvan la pesca y el cocinado de la lamprea como ejemplo, o los oricios, bastante más apreciados por aquí).
Los apellidos delatan a Damián. No podría -ni quería- negar su origen gallego, evidente y casi epifánico. Pero esta identidad de nación estaba al nivel de importancia que la otra de pación y pasión por Asturias. No le gustaban los lugares comunes, ni los eslóganes sin nada debajo, pero hay una expresión que, a mi modesto entender, le encaja como anillo al dedo, analizando su biografía profesional.
Damián se licenció en Periodismo en la Universidad del País Vasco, completó un máster en la Universidad Oberta de Catalunya y terminó de formarse en la Universidad de Oviedo y en la Academia de la Llingua Asturiana. Fue un ciudadano de esa España plural que existe y está viva. Una España con varias lenguas e historias, aunadora de peculiaridades culturales, políticas, económicas y sociales. Una España que pide superar el uniformismo y las estrecheces del cinturón de la M-30. También en la televisión.
La familia de Damián eligió Avilés para vivir y él volvió a optar por nuestra villa al acabar sus estudios, convirtiéndose en un asturiano más. Aquí pergeñó varios de sus libros y grabó los contenidos de su canal de Youtube Horros y frixuelos, con camisetas de sus admiradas Rosalías (De Castro y la otra) y, por supuesto, la Santina de Covadonga.
En esos vídeos nos mostraba con humor punzante todo lo que somos como pueblo asturiano, pero también todo lo que aún podemos ser, si queremos, sabemos y nos dejan. Hablaba de lo mucho que aparentamos y presumimos fuera, pero de lo poco que hemos hecho en común a lo largo de los siglos, embebidos por el localismo, explicable en parte por la geografía, pero poco justificable. Este problema lo advirtió hace más de un siglo Ortega y Gasset (“los asturianos se sienten región, pero no se saben región”) y lo remarcó el presidente Rafael Fernández (“nuestro regionalismo es claro cuando estamos fuera de nuestra tierra; dentro, la cosa ya es de un localismo feroz”). Este fenómeno de la renuncia histórica lo han estudiado con profusión, entre otros, Patrick W. Zimmerman (gracias por la recomendación, Damián), David Guardado (que retrocede hasta la Edad Media) o Carlos Gordon (para los tiempos de la II República). Antes, Juan Cueto o Pedro de Silva, por citar solo dos referencias ineludibles.
En sus vídeos y libros, Damián pone el ingrediente necesario para que nos demos cuenta de que la moda asturiana, incluido el traje del país, puede ser un punto de fuga innovador. Recordemos el bombazo de Rossy de Palma en el pregón de El Bollo, vestida por Kös y publicitada en todo el mundo por Jean-Paul Gaultier. ¡Casi nada!
Con permiso de su amigo Rodrigo Cuevas, solo Damián sabía hilar tan fino como para conectar la asturianía tradicional con el festival de Eurovisión, anteriormente conocido por sus canciones… y ahora por todo lo demás. Se preguntaba con razón por qué siguen primando las candidaturas españolas con cierto estilo del sur (contra el que no hay nada malo que decir), pero queda coja la vertiente -también española- del folklore celta en general y asturiano en particular. Estaba indignado con la exclusión de Tanxugueiras, sobre la que tenía su hipótesis, seguro que no alejada de la realidad. Ese galleguismo pop lo envidiaba para Asturias, a pesar de que talento y categoría nos sobran por estos lares. ¿Nos acordamos cuándo mucha de la sidra era puxarra y las botellas ni llevaban etiqueta? Pues hoy tenemos denominación de origen protegida y nuestra cultura sidrera es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Querer es poder.
Damián adoraba lo kitsch, o sea, todo lo de “estética pretenciosa, pasada de moda y considerada de mal gusto”, según el Diccionario de la lengua española. Hasta le dedicó una monografía y con ese texto logró el Premio Máximo Fuertes Acevedo de ensayo en asturiano, un galardón que ya había obtenido en dos ocasiones anteriores, con Caleya Sésamu y Asturploitation. La televisión no era para Damián la “caja tonta”, sino un medio con un potencial enorme para fines de comunicación, divulgación y promoción, además de un yacimiento de renta y empleo, alrededor de la creación propia. La tele es L'espeyu onde miranos, por usar otro título de sus libros , en este caso, reconocido con el Premio Fierro Botas de ensayo.
Sobre el cine, Damián también nos rescató algunas míticas películas rodadas en Asturias, caso de Altar mayor (1944) o La montaña rebelde (1971). La primera estaba basada en la novela homónima de Concha Espina, rodada en Covadonga y con uno de los papeles principales para María Dolores Fernández Pradera (sí; la Gran Dama), madrileña de nacimiento, pero con orgullosos orígenes asturianos por parte de padre. Aún me queda su recuerdo en el Teatro Campoamor de Oviedo, con una elegancia suprema y ya más de ochenta años, entonando una vaqueirada a capela. Una delicia.
En 2022, Damián fue invitado a participar una mesa redonda en el Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea), dentro de un ciclo de conferencias dedicado a los primeros cuarenta años de autonomía asturiana. Hizo una brillante intervención sobre la lengua asturiana, defendiendo sin ambages la oficialidad, con argumentos culturales, lingüísticos y económicos. Uno puede estar de acuerdo o no con sus reflexiones, como con otras tantas cosas en la vida. Pero quien trate de rebatirlas no podrá servirse del titular facilón, sino que tendrá que armar una defensa con datos y rigor. Reivindico los debates de este tipo en el parlamento, en la tele y en el chigre. Con cortesías, buen tono y sensatez, no con facciones irreconciliables, aplausos a la tribu o insultos. Habrá quien los considere más aburridos o menos virales, pero me parece que son más útiles.
El libro que editó el Ridea lleva las sabias palabras de Damián. Me permito reproducir un extracto, a modo de reflexión postrera, casi de epitafio, porque creo que resume su opinión sobre una cultura, la asturiana, que sigue esperando por su autonomía :
«Un pueblu defínese poles manifestaciones populares que les persones producen, nes que la población participa de forma activa y que son resultáu d’una interacción continua. La cultura popular tresmitióse a lo llargo de los sieglos y de xeneración en xeneración de forma oral, pero nel mundu postindustrial una cultura nun pue vivir namás del folclor. El so conteníu va tar determinao poles industries que xeneren el material cultural, como son el cine, la televisión, la radio o les editoriales. Una cultura nunca ta definitivamente construída y nunca ye dalgo ciarrao: depende de procesos abiertos. Les polítiques de cultura y de comunicación lleven al conocimientu, a la promoción de valores y a la meyora de la calidá democrática d’una sociedá, pero tamién a la modernización de la industria productiva y a la busca de sectores económicos nuevos, amás de ser una fonte de cohesión social».
Damián nació gallego y murió gallego… y asturiano. Se hizo de aquí a fuer de haber visto las primeras luces en Galicia, para terminar de apagarse en la calle de Las Alas o del Moclín. Un mítico bar que conocí con una colección de aparatos de radio, lo transité después entre amigos y música, para luego verlo cerrar, aunque no caer, contra todo pronóstico gravitacional. Ahí sigue su estructura y creo que Damián me apoyaría en la manifestación para que algún día vuelva por sus fueros. Ese rincón de Avilés tiene algo muy querido para mucha gente. Por ahí estuvieron en diferentes tiempos El Llagarón y La Parra, la muralla y los alfolíes. Hoy ese corazón medieval espera mejores días, para retomar su vida y reencontrarse con la ría, a la que nunca debió volver la espalda.
El callejero de Avilés tiene evidentes guiños a Galicia. Empezando por la propia calle Galicia, en La Carriona. O la del Cabo Ortegal, en Llaranes, donde también está el Río Eo, como unión entre las dos orillas. La Avenida de Lugo es la antigua carreta general y también espera tiempos mejores. En el núcleo urbano sobresale la figura de Concepción Arenal, universitaria pionera, referente feminista y jurista acreditada. A la inversa, son innumerables las notas asturianas en calles de Galicia, lo que nos daría para otro capítulo. Como epítome de todas ellas, cito la Avenida de Asturias, una de las principales entradas a “la llonxana Compostela, stela, stela”, en versos del irlandés Seamus Heaney, Premio Nobel de Literatura, enamorado de Asturias y del pueblo de L’Arena en particular. Cuando el rey Alfonso II inició el Camino como primer peregrino oficial, no podría siquiera imaginar el éxito de la ruta jacobea doce siglos después.
En este país enterramos muy bien. Lo dice mucha gente (Rubalcaba, por ejemplo) y es verdad. En cambio, se nos da mal elogiar en vida (“es tu obligación hacerlo bien”, se suele decir). Hacemos excelentes panegíricos de los muertos, hayan sido buenos, regulares o malos en este lado del éter. Nunca fui a un tanatorio o a un funeral en el que se hablase mal del fallecido. Nunca sueles ver en la tele un finado del que no se diga algo bueno, incluso cuando se trata de un asesino o un dictador.
Nos alerta Héctor Abad Faciolince sobre “el olvido que seremos”. No cabe duda sobre ello. Pero me resisto a que lo injusto de una muerte tan inesperada y pronta sea causa para mandar al ostracismo a quien acumuló méritos personales y profesionales tan valiosos en su vida, como es el caso de Damián Barreiro Maceiras. Suscribo a Paco Ignacio Taibo I, cuyas memorias nos invitan a “parar las aguas del olvido”, con un sutil regusto a la gallega Rosalía En las orillas del Sar. Modestamente, es lo que he intentado.
Hasta siempre, Damián. Como en el tablao de Curro el Palmo que cantaba Serrat, allá donde estés habrá una verbena asturiana o gallega -tanto da- con orquesta en el prau, tonada y muñeira. Y seguirás entonando por celestiales con Xosé Manuel Piñeiro, Ana Kiro o La Pastorina. Igual hay suerte y tienen bolos Diamantina Rodríguez, el gaiteru Llibardón o el tambor de la Abadía.
«Con brisas yo, tú con vientos, nos va llevando la vida como un faro al mismo puerto» (Ana de Valle)
«La cándida abubilla bebe en el agua mansa donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa las aguas del olvido, que es de la muerte hermano» (Rosalía de Castro)
Barreiro Maceiras, D. (2023). Asturianía kitsch. Decálogu de la cultura pop astur. Xixón: Impronta.
Barreiro Maceiras, D.
(2022). “Una cultura esperando pola so autonomía”, en Fernández Llera,
R. y Rodríguez-Vigil Rubio, J. L. (dirs.). Historias y prospectivas
sobre cuarenta años de autonomía asturiana. Oviedo: Real Instituto de
Estudios Asturianos / Ediciones Trea, pp. 315-322.
Barreiro Maceiras, D. (2019). Asturploitation. Uviéu: Trabe.
Barreiro Maceiras, D. (2015). Caleya Sésamu. El papel de la televisión
na tresmisión interxeneracional d’una llingua. Xixón: Impronta.
Barreiro Maceiras, D. (2014). L’espeyu onde miranos. Televisiones de
proximidá n’Europa Occidental y procesos de recuperación identitaria.
Uviéu: Trabe.
Referencias bibliográficas (otros autores)
Cueto Alas, J. (1977). Los heterodoxos asturianos. Salinas: Ayalga Ediciones.
De Silva Cienfuegos Jovellanos, P. (1976). El regionalismo asturiano. Salinas: Ayalga Ediciones.
Gordon Rodríguez, C. (2024). ¡Esperemos! Así nos lo
mandan. El debate sobre l’estatutu asturianu na II República. Uviéu:
Trabe.
Guardado Díez, D. (2023). Nunca vencida: una historia de la idea d'Asturies. Xixón: La Fabriquina.
Zimmerman, P. W. (2014). Faer Asturies. La política
llingüística y la construcción frustrada del nacionalismu asturianu
(1974-1999). Uviéu: Trabe.
Se jubiló José Antonio Redondo López, conselleiro maior del Consello de Contas de Galicia entre 2015 y 2023, a quien conocí desempeñando las máximas responsabilidades en nuestros respectivos órganos de control externo (OCEX). Un tiempo suficiente para distinguir a un maestro en lo suyo, un líder con sentidiño y una persona excepcional.
Los OCEX ocupan un papel central en la arquitectura institucional de las comunidades autónomas. Su habitual reconocimiento en los estatutos de autonomía les otorga una incuestionable legitimidad democrática en origen, a la que se añade la elección parlamentaria reforzada de sus miembros, con garantías de independencia y exigencias técnicas. De otro lado, la legitimidad de ejercicio de los OCEX se plasma cada día en informes de fiscalización y asesoramiento a los que, en el caso gallego, se añaden las actuaciones en materia de prevención de la corrupción.
Evoco a Unamuno cuando decía “inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones”. En ese sentido, bajo la presidencia de Redondo, el Consello de Contas ha sabido inventar, con unos recursos siempre escasos, compensados con una eficaz dirección y un valioso desempeño del personal. Parafraseando ahora a Ghandi, no hay camino para la calidad; la calidad es el camino. Es la manera de ser útiles a la sociedad a la que servimos.
Como bien sabemos, España es un Estado cuasifederal en la práctica, aunque todavía debemos pulir esquinas y engrasar instrumentos de coordinación y cooperación. Pues bien, en el control externo nuestra cooperación multilateral se formaliza en la Asociación de Órganos de Control Externo Autonómicos (Asocex) que, a su vez, se incardina en la coordinación con el Tribunal de Cuentas. Sin exageración, creo que ambas modalidades son de las cosas que mejor funcionan en el Estado de las autonomías. Y José Antonio tiene mucho que ver en ello. Así lo demostró cuando ejerció como presidente de Asocex entre 2022 y 2023, promoviendo la aprobación de valiosas guías prácticas de fiscalización o poniendo en marcha las comisiones de Formación y Digitalización.
Con José Antonio Redondo también comparto la condición de profesor universitario. No osaré resumir sus vastos méritos académicos, pero me basta constatar que es un reputado especialista en finanzas y un pionero de la disciplina. Destacaré solo una aportación, de la que me consta que se siente muy orgulloso. Cuando España apenas despertaba de aquella “longa noite de pedra”, al decir de Celso Emilio Ferreiro; cuando la economía mundial se resentía de las crisis del petróleo; cuando las bibliotecas digitales o la inteligencia artificial eran ciencia ficción, el profesor Redondo nos descubrió un revelador libro: La medida del beneficio en inflación: contabilidad, economía y aspectos financieros, de Goldschmidt y Admon. Pues aquí seguimos, preocupados por los efectos de la inflación, cuatro décadas después.
Finalmente, como asturiano, me siento primo y hermano. La relación entre mi tierra y Galicia va mucho mas allá de la vecindad administrativa y de la historia en común. Aquí recaló hace doce siglos Alfonso II, rey de Asturias, considerado el primer peregrino oficial. En la plaza de la catedral de Oviedo está su estatua conmemorativa, cuya réplica encontramos en el corazón de Compostela.
La amistad entre nuestras dos comunidades autónomas es un hecho, dentro de la lealtad a España y al proyecto europeo. Compartimos preocupaciones, por ejemplo -y no es asunto menor- en la financiación autonómica. Aprovecho para poner en valor esa alianza estratégica de 2021, suscrita por ocho gobiernos de comunidades autónomas.
Asturias es “el más europeo de los reinos españoles”, afirmó Salvador de Madariaga, coruñés universal. El excelso Cunqueiro nació en Mondoñedo, pero concibió parte de su obra en la villa asturiana de Luarca. Y Galicia y Asturias compartimos a los dos poetas que han escrito con más sentimiento a la emigración, un fenómeno social y económico que conocemos muy bien en ambas tierras. El ourensano José Ángel Valente, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, advirtió que “lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido”. El gijonés Alfonso Camín, Hijo Predilecto y Poeta de Asturias, habló de la sidra como “canción de Asturias, nostalgia y armonía; el corazón maduro con la ansiedad bravía”. Por cierto, si no hay imprevistos, este año la cultura sidrera asturiana será declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
Echamos de menos a José Antonio en el sistema de control externo, pero su legado permanece y trataremos de darle continuidad, también desde la Sindicatura de Cuentas del Principado de Asturias. En la universidad, estoy seguro de que el profesor Redondo nos seguirá brindando su magisterio en los foros académicos. Y, cómo no, desde Asturias le seguiremos enviando todo el cariño a él y a su familia.
Benjamín Lebrato, Ramón Rodríguez y Pilar Camblor.Foto: PABLO NOSTI (La Voz de Avilés)
1. Historias
Los orígenes de la sidra asturiana hay que buscarlos en tiempos pretéritos. El griego Estrabón dejó constancia en su monumental Geografía (siglo I a. C.) de una bebida llamada zytho que tomaban los astures y que podría ser el antecedente remoto, aunque esta opinión no sea pacífica entre las personas expertas[i].
A falta de una palabra exacta, los romanos hablaban de vinum ex malis (vino de manzana), aunque no queda claro si lo confundían con otros brebajes preparados a partir de cereales o de frutas distintas de la manzana. Sin profundizar en el relato histórico, doy por sentado que ya antes de Cristo se elaboraba y se tomaba sidra en Asturias y añado -en serio y en broma- una nota imaginaria para creyentes: si en el jardín del edén había manzanas (y vaya si las había), en buena lógica Adán y Eva habrán echado más de un culín de sidra juntos y un cantarín a pleno pulmón. Me gusta soñar que fue así.
Si hoy buscamos la sidra en el Diccionario de la lengua española, nos devuelve una definición canónica: “bebida alcohólica, de color ambarino, que se obtiene por la fermentación del zumo de las manzanas exprimidas”. La etimología de la palabra bebe -y nunca mejor dicho- del latín tardío sicera y este, a su vez, del griego síkera, recordándonos su cualidad embriagadora. En pluma de Camilo José Cela, su virtud “arregostadora”, o sea, excitadora del deseo[ii]. Aquella sicera era cualquier bebida distinta del vino, pero cada vez más se iba circunscribiendo al jugo de la manzana.
El Fuero de Avilés (ratificado por el rey Alfonso VII en el año 1155) confirmó a Avilés la dignidad, los derechos y deberes como villa, siendo la más antigua de la Cornisa Cantábrica y uno de los primeros concejos del Arco Atlántico europeo[iii]. Lo que ahora destaco de este instrumento jurídico es la libertad de comercio que estableció, según la cual todo hombre podría vender libremente pane aut sicera, “siempre que no lo dé a desmesura” (o sea, mal medido o pesado). Y se protegía al villano (ciudadano), sancionando a quien sicera vendir et falsa mesura tenir, para que “vaya a su casa el merino, préndalo y rómpale las medidas una vez comparadas con las usadas por el concejo, debiendo pagar además cinco sueldos”. La sicera aparece en esa norma medieval como patrón de comercio y elemento de lucha contra el fraude, buena prueba de que era ya entonces un producto de alto valor económico y gran importancia social.
Saltando varios siglos, hasta finales del XVIII, constata Jovellanos en su Informe sobre la ley agraria que “las huertas de naranja de Asturias y aún muchos prados y heredades se convirtieron en pumaradas por el aumento del consumo y precios de la sidra”. Con otras palabras, el ilustrado aportaba la evidencia de que la manzana y la sidra eran actividades rentables y generadoras de valor añadido. En cambio, en esa época “Avilés no era una zona productora de sidra en grandes cantidades, como puede verse por la ausencia de lagares y la escasa presencia de manzanos, que se reduce a algunos árboles junto a las casas”. En buena lógica, la sidra “se destina al consumo local e incluso al autoconsumo de las familias campesinas”, tal y como se extrae del Catastro de Ensenada de 1753. Una ordenanza del Ayuntamiento de Avilés[iv], del 6 de julio de 1779, advertía de que “a fin de cortar en alguna parte el perniciosísimo vicio de la borrachera, enseñando la experiencia que muchos beben más de lo que pueden pagar ni sus cabezas resistir, no se deberá oír demanda alguna por razón de deuda de vino, aguardiente u otro semejante licor contraída por oficial o jornalero de que se sabe que faltan a su familia con el pan y alimento necesario y emplean todo su jornal en vino, aguardiente y sidra”.
El siglo XIX es el de la explosión sidrera en Asturias, sobre todo en su segunda mitad y al calor de varios fenómenos sociales y económicos entrelazados[v]. El primero es la emigración a ultramar, impulsora de la innovación técnica y la internacionalización de las ventas. En ese periodo entra en juego la champanización como método de conservación de la sidra para su transporte a largas distancias, teniendo una buena prueba en 1890, año de fundación de Sidra El Gaitero y símbolo del tránsito “del árbol a la botella”, en acertada síntesis académica[vi]. Los otros factores que contribuyeron a multiplicar la producción y el consumo de sidra fueron la industrialización y la urbanización, incluyendo notables cambios en los hábitos de socialización y alimentación que, unidos a un mayor poder adquisitivo medio, implicaron un auge en la demanda interna.
Llegamos al siglo XX con el consumo de sidra pugnando en Asturias con el de vino. Una competencia que no era en calidad (el vino era malo o muy malo), aunque sí en precio y cantidad. Las topografías médicas de las primeras décadas de la centuria retrataron bien esta situación y aportaron datos reveladores, algunos de ellos positivos, pero otros preocupantes. En la de Avilés, publicada en 1913 en Madrid por José de Villalaín[vii], podemos leer que el consumo de sidra en el concejo ascendió a 438.593 kilogramos, un 3% más que el de vino y muy por encima del consumo de cerveza. El propio doctor Villalaín remarca que en Avilés se consume de vinos, licores y sidra más que en muchas poblaciones con el doble número de habitantes (mal), pero también mucha carne en el mismo término comparativo (bien). Concluye taxativo: “Avilés está bien alimentado… y bien alcoholizado”. Después ofrece algunos datos que, no seré yo quien los ponga en cuestión, pero como mínimo, suenan raros. Según Villalaín, hay ciudadanos que bebe diariamente cinco botellas de sidra y, “por casualidad”, quince o veinte en en el transcurso de cinco o seis horas. Esto le lleva a afirmar que han tomado sus riñones “por una alcantarilla”, han convertido sus tubos digestivos en órganos del bebercio y sus laringes solo “berrean canciones de lagar”. Si así era, ciertamente había razones para alarmarse.
La Guerra Civil, con sus nefastas consecuencias humanas, económicas y políticas, frena el auge de la sidra, tanto en su oferta como en su demanda. Producción y consumo sufren los rigores de la destrucción, la pobreza, la autarquía y el miedo. El país no estaba para muchas fiestas, ni para cosechas que no diesen un rendimiento inmediato (los ocalitos se comen las pumaradas). A medida que el franquismo consolida su posición y la guerra va quedando atrás, el chigre va dejando de ser el espacio de aldea, casi familiar, para convertirse en el centro social de villas y ciudades, también un lugar de cierta relajación, dentro de un marco represivo general[viii]. Aquí cito a José María Malgor, en uno de los cuentos protagonizados por su personaje Xilimbra, con fecha de 1949. Escribía el jurista avilesino que “el mejor parlamento democrático del mundo es un ensayo en comparación con la libertad de opinión y de concepto, en que mezclados todos, señores y obreros, se hace gala permanente en los patios de los chigres asturianos”. Y es que “la sidra -oro y transparencia- clarifica las ideas, y desata la lengua, y hace del corazón astur una caracola de sonoridades para las tocatas antiguas, y para las ideas nuevas”. Magistral.
Los años sesenta y setenta del siglo XX volverán a ser los de un resurgimiento de la manzana y la sidra, a medida que España -no tanto este pedazo que llamamos Asturias- se volvía a abrir al mundo. La renta media española comenzaba a despuntar, mientras la dictadura autocelebraba sus “25 años de paz” (escondiendo exilios, fusilamientos, garrotes o ausencia de libertades, nada menos). Pero a lo que estamos: la sidra no solo sobrevive, sino que crece. Aquí es indudable recordar el importantísimo papel jugado por la Estación Pomológica de Villaviciosa, cuya labor científica comenzó en 1956, de la mano de la antigua Diputación Provincial de Oviedo y el extinto Instituto Nacional de Colonización. Tras varios cambios, se convertiría en el Servicio Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario (Serida), ya en tiempos democráticos y, sobre todo, con el impulso del gobierno autonómico. El último salto, en 2022, ha sido la adscripción legal del Serida a la consejería de ciencia, en lugar de su tradicional vinculación a la de agricultura. En definitiva, I+D+i al servicio de la manzana y la sidra de calidad, pero también de una actividad económica pujante y una cultura propia.
Y hasta aquí, el apresurado relato histórico de la sidra, adornado con diversas manifestaciones artísticas, entre las cuales destaco la literatura en castellano y asturiano (las referencias son inabarcables) y la pintura, con genios como Piñole, Valle o Moré[ix].
2. Evocaciones
Mi vivencia con la sidra (la conjunción de vivir y experimentar, según Ortega y Gasset) y mi intrahistoria (o historia interior, al decir de Unamuno), tienen en Avilés su territorio físico y sentimental. El ámbito temporal comienza en los años ochenta del siglo XX y llega hasta estos días de 2024, un año que promete ser trascendental, si de sidra hablamos. Que nadie busque ahora rigor científico y, si acaso, unas reflexiones mínimas que, como canta Víctor Manuel, surgen de escarbar en la memoria, escogiendo “aquellas cosas que te apuntalan, que te afirman, que te enrocan que te protegen de algunas sombras”.
Pues bien, cuando yo era guaje, creo que la sidra no gozaba de especial buena prensa. Los mayores iban de vinos (casi siempre en vaso duralex), tomaban cubatas y cacharros (el primero de ron; los otros de ginebra), algún sol y sombra, chupitos, compuestas y moscatel. A la cerveza tampoco se le hacía ascos, presentada en botellines chatos de quinto o en porrones, estos últimos más en verano y rodeados de cacahuetes o aceitunas con hueso. Lo que no ha cambiado es que la producción sidrera sigue siendo la más sostenible en términos ambientales; de aquella se reutilizaba el casco de la botella muchas veces (igual que ahora) y se aprovechaba la magaya para diversos usos agroganaderos o para elaborar subproductos (igual que ahora). Pensemos por el contrario en la cantidad de botellas de plástico y residuos que generan otras bebidas.
Sigo evocando. Lo hago con Alfonso Camín, Hijo Predilecto y Poeta de Asturias, en torno a la sidra que él llama “canción de Asturias, nostalgia y armonía”.
Los chigres de mi infancia olían a serrín mojado y a tabaco, lógico, si el primero cubría todo el suelo y el segundo atiborraba el ambiente. Los corchos era la única indicación del palo de sidra que se estaba tomando y, si acaso, las pistas que daban las cajas verdes apiladas detrás del mostrador o cerca del baño. Comíamos chorizo o merluza a la sidra (en salado) y tarta de sidra (en dulce), mientras se compartía un vaso entre cuatro o cinco. En lo que a mí respecta, no podría asegurar a qué edad probé el néctar de manzana fermentado por primera vez, pero creo que fue pronto.
Recuerdo en Avilés el antiguo Candil, con su azulejo de “hoy no se fía; mañana tampoco”. El Alvarín y Casa Lin, auténticos templos y espero que por muchos años más. No existe ya La Parra, aunque el redescubrimiento de la muralla medieval quizás nos dé pronto alguna alegría. El recordado Alberto del Río nos recordaba lo “patético” de ver aquella reliquia arqueológica envuelta en cajas de sidra[x]. Otro buen trozo de muralla fue visible en el suelo de la efímera sidrería Casa Moisés unos años después, pero ahora comparte espacio físico con una entidad bancaria.
Mi primer recuerdo sidrero-avilesino es nebuloso, pero me lleva a aquella sidrería que estaba en un lateral de las mismísimas naves de Balsera y que, si no me equivoco, se llamaba La Ría. También tienen sitio de privilegio en mi memoria Casa Corredoria en San Cristóbal (longaniza con pimientos y patatines) y los merenderos de Castañeda y La Castañalona. Yendo hacia Salinas, las Cuevas de San José (allí siguen intactas la fuente del pato y las oscuras galerías). Ya en Piedrasblancas, El Llano y, subiendo hacia Las Bárzanas, el Gelther (sidra, costilletas y pijamas) y otra sidrería en Varboniel, de cuyo nombre no puedo acordarme. Pura felicidad.
Como ya dije, en esos años finales del siglo XX, las etiquetas de las botellas brillaban por su ausencia. Todavía recuerdo alzadas polémicas sobre las bondades de poner esa identificación de papel en el vidrio. Nunca entendí los argumentos en contra -ni como consumidor, ni como asturiano, ni como economista- y tampoco sé cómo pudo alargarse tanto aquella controversia (aunque supongo que con el puntín que da la sidra, las discusiones a veces tienden a ser eternas). En fin, aquello se superó felizmente y el siglo XXI empezó con etiquetas y contraetiquetas, siendo la más importante de estas últimas esa verde pequeña que señaliza y reconoce la denominación de origen protegida Sidra de Asturias, garantía de que la materia prima es 100% asturiana, además de otros aspectos relativos a la tipología de cada elaboración. Si nos cobran unos céntimos más por esta botella que por la otra, considero que están bien pagados. La sidra siempre fue -y sigue siendo- barata[xi], comparada con cualquier otra bebida que se pida en una barra. Por eso la diferenciación es clave. Por eso existe un Consejo Regulador como garante.
Desde 2014 nuestra cultura sidrera cuenta con la consideración de bien de interés cultural de carácter inmaterial. La norma que lo declara (Decreto 64/2014, de 2 de julio) es de una belleza normativa insólita en estos tiempos. Tiene un artículo único, pero sobre todo un delicioso anexo con la descripción de la cultura sidrera que bien vale una misa (o una botellina, ya que estamos). Recomiendo vivamente su lectura y, para muestra, este párrafo del preámbulo: “En ninguna otra región productora se ha mantenido tan arraigada esta bebida, ni presenta un tipismo tan definido ni su consumo ha estado tan definido y es tan popular, siendo capaz de generar una ritualización tan compleja, una cultura tan rica y una serie de manifestaciones tan abundante como en Asturias. Es, por ello, uno de los elementos identitarios de mayor calado de la comunidad”.
Merece la pena destacar la importante sentencia del Tribunal Supremo, del 19 de julio de 2023, la cual reconoce la botella “molde de hierro” (cuya primera fabricación es de 1880), no solo como un mero recipiente, sino como marca tridimensional identificativa de nuestra sidra y, por extensión, de toda la cultura sidrera asturiana. En consecuencia, la icónica botella será -ya sin duda- de uso exclusivo por los lagareros de la Asociación de Sidra Asturiana o los que ella autorice. Esta sentencia constituye otra curiosa pieza jurídica, por la originalidad de contemplar en ella un dibujo elaborado por Ramón Truan Álvarez a principios del siglo XX.
Si todo va bien, 2024 será el año en el que la Unesco declare la cultura sidrera asturiana como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, culminando un gran trabajo realizado por mucha gente en los últimos años, pero donde es obligado ensalzar el especial mérito de Luis Benito García Álvarez y la Cátedra de la Sidra de Asturias de la Universidad de Oviedo. Acordémonos que a comienzos de este año el rey Felipe VI paró a comer en una sidrería avilesina (Casa Lin, para más señas), apoyando a su manera la causa. Incluso los más acérrimamente republicanos reconocerán que este gesto es muy valioso y nada casual.
En fin, vivimos tiempos felices para la sidra y para la cultura sidrera asturiana, con todas sus liturgias. En producción y consumo, en cantidad y calidad, en tradición e innovación, en difusión del producto y en identidad. La gente joven también se ha subido al carro La investigación aplicada mejora cada día la variedad y la calidad de los pumares, al tiempo que facilita nuevos usos para la sidra, por ejemplo, en gastronomía y en términos de contribución a la salud, física y mental, aunque controlando siempre por el factor alcohólico[xii]. La espicha se ha generalizado como acto social, seguramente más que nunca, si bien algunas “pseudoespichas” con refrescos y vino poco tienen que ver con su esencia, cosa que cabrea a bastante gente[xiii]. Las ferias especializadas y los festivales cada vez son más y mejores, igual que los cursos y campeonatos de escanciado, un ritual único que debe ser impulsado, comenzando por la dignificación del oficio y el pleno reconocimiento de la categoría profesional (salario incluido). Se puede -aún más: se debe- exportar sidra fuera de Asturias, pero la cultura sidrera, nuestra singular manera de ver el mundo a través de esta bebida, la tenemos aquí.
3. Osadías
Una osadía es un atrevimiento, un emprendimiento con audacia. Una herejía es un disparate, una acción desacertada. Creo haber ofrecido razones históricas y personales para aprovechar la oportunidad que tenemos delante, sobre la base del auge que vivimos de la sidra asturiana y de su cultura asociada. El reconocimiento internacional -que seguro llegará- puede ser el revulsivo definitivo, pero solo si sabemos aprovecharlo.
Planteo desde la humildad algunos cambios de pequeña intensidad, pero muy simbólicos y efectivos. Que cada persona los califique de osadía (audacia) o herejía (error). Aquí van.
El primero es para que el “vino español” que cierra muchos congresos y reuniones pase a ser una “sidra asturiana”. Si se puede escanciar, fantástico; si no es posible, tenemos variedades de sidra que tampoco lo necesitan, como la sidra de nueva expresión o la espumosa. Administraciones públicas y empresas asturianas tienen aquí tarea.
El segundo, para que las cartas de chigres, bares y restaurantes de Asturias incluyan siempre uno o varios palos de sidra asturiana. Con el mismo matiz del primer cambio sugerido, según se pueda escanciar o no en el local. David Castañón y su blog Les Fartures creo que comparten esta apreciación.
El tercero, para que se sigan fomentando y promoviendo la producción y el consumo de la sidra con denominación de origen protegida, sin menosprecio de la que no entra en esta categoría (alguna excelente), pero poniendo cada una en su sitio. El mercado ajustará el precio, con toda seguridad.
Con el cuarto cambio que propongo sé que me la juego, pero lo llevo pensando toda la vida. Pido -ruego- a quien corresponda que la entrega del bollo de Pascua de Avilés se haga con sidra asturiana en lugar de vino blanco. Aquí lo dejo.
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[i] Sánchez Vicente, X. X. (1993): “La sidra a través de la Historia”, en Fidalgo Sánchez, J. A. (dir.) (1993): Sidra y manzana de Asturias, Oviedo: Editorial Prensa Asturiana, pp. 81-96.
[ii] Alvarez Requejo, S.; Díaz Campillo, E. y Palacios Valderrama, M. M. (1982): La manzana y la sidra en Asturias, Gijón: Consejería de Agricultura y Pesca. La cita de Cela está en el delirante preámbulo.
[iii] Ruiz de la Peña Solar, J. I.; Sanz Fuentes, M. J. y Calleja Puerta, M. (coords.) (2012): Los fueros de Avilés y su época, Oviedo: Real Instituto de Estudios Asturianos.
[iv] Carretero Suárez, H. (2013): Avilés según el Catastro de Ensenada 1753. Estudio socio-económico, en www.academia.edu/3893779 [consultado: 1 de febrero de 2024].
[v] García Álvarez, L. B. (2020): Introducción a la historia de la sidra en Asturias, Oviedo: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo.
[vi] Ocampo Suárez-Valdés, J. (2015): “Del árbol a la botella: sidra ‘El Gaitero’, la internacionalización de una empresa familiar”, Revista de Historia Industrial, 57, pp. 25-54.
[vii] También autor de las de Carreño, Castrillón, Corvera, Gozón, Illas, Luarca, Muros de Nalón y Soto del Barco.
[viii] Bustelo Muñiz, n. (2022): Chigres y trabajadores. La sociabilidad informal en torno a las bebidas alcohólicas en la Asturias franquista, Oviedo: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo.
[ix] García Álvarez, L. B. y Piquer Viniegra, G. (eds.) (2023): Escanciando. Representaciones de la sidra asturiana en las artes plásticas, Oviedo: Viceconsejería de Cultura, Política Lingüística y Deporte.
[xi] Álvarez Pinilla, A. y Dapena de la Fuente, E. (1990): Aspectos económicos de la producción, comercialización y consumo de sidra natural en Asturias, Villaviciosa: Centro de Investigación Aplicada y Tecnología Agroalimentaria.
[xii] Linares García, J. A. (2022): Contribución de la manzana y la sidra al consumo de antioxidantes y su relación con biomarcadores del estado de salud, Oviedo: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo. Más optimista aún sobre los beneficios de la sidra, hace un par de décadas, Cortina Llosa, A. (2001): “Sidra y salud”, en Carrocera Fernández, E. y Suárez Valles, B. (eds.): El mundo de la sidra: una actividad con raíces y proyección de futuro, Nava: Museo de la Sidra, pp. 25-30.
[xiii] Rivas, D. M. (2001): La sidra asturiana: bebida, ritual y símbolo, Xixón: Picu Urriellu.
Os dejo el vídeo completo de la conferencia a dos en el Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea), el pasado 14 de febrero (San Valentín fue oportunamente recordado), dentro del ciclo Asturias ante la reforma más difícil de la financiación autonómica. Comparto mesa con Carlos Monasterio Escudero, maestro de muchos hacendistas (para mí, desde luego) y catedrático de Economía Aplicada
de la Universidad de Oviedo.
Mi intervención comienza en el minuto 48, pero os recomiendo la película completa. Trato de explicar brevemente que las quitas de deuda no son a priori una buena idea, pero si se van a hacer, al menos que sean equitativas y suficientes.
Acaba de salir publicado el libro colectivo titulado Asturias ante el reto demográfico. Análisis y perspectivas. Lo edita elReal Instituto de Estudios Asturianos (Ridea) y lo tenéis a la venta en su web (https://ridea.asturias.es/) y en librerías. Coordinan el volumen dos grandes expertos: Juan Luis Rodríguez-Vigil Rubio y Javier Junceda Moreno.
Todos los capítulos son muy recomendables, sin excepción (excluyo el mío, por pura modestia). Sobre contratación pública, análisis demográfico, economía, enfoque de género, legalidad... Todo un manual de teoría, pero sobre todo, de práctica.
Os dejo el vídeo completo de mi conferencia en el Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea), el pasado 21 de marzo, dentro del ciclo Asturias ante el reto demográfico. Me tocó hablar de lo que reza en el título de esta entrada. En unos días saldrá el texto, dentro de un libro colectivo.
Cuando eres niño, te preguntas pocas cosas sobre las calles. Quizás que no sean muy largas para llegar rápido al otro lado. O que la cuesta sea hacia abajo para no cansar tanto. O que tengan luz para jugar con los amigos cuando cae la noche. O, a la inversa, que tampoco se pasen de iluminación para hacer alguna inocente maldad sin ser descubiertos. En fin, que sean peatonales para no tener que esquivar muchos coches, salvo que sean carricoches (antes había más que ahora, de unos y de otros, dicho sea de paso). Sobre esto último creo que el avance en peatonalizaciones de los últimos años es indudable y un punto a favor. Avilés es más agradable para el paseo y mucho más sostenible, como muchas otras ciudades de España y de Europa. Pero dejemos esta cuestión para otro día.
Todas las calles tienen historia en sí mismas a través del relato de su urbanización, su apertura o su cierre al tráfico, según el caso y el momento. Pero esa historia, digamos material, no es la que ahora me interesa. Me importa más ahora la historia sentimental, al menos la que se refiere a sus nombres actuales y a los que llevaron en algún momento, algunos de infausto recuerdo que ni siquiera citaré. En Avilés encontramos rótulos universales (verbigracia, en Versalles: Concordia, Libertad, Amistad, Paz), así como unos pocos de mujeres ilustres (por El Quirinal, de manera fecunda: Emilia Pardo Bazán, Obdulia García, Dolores Medio, Victoria Kent y otras). Lo que no tenemos -y espero que siga siendo así- son calles nombradas con números, lo que constituye un claro oxímoron y una aberración que quizás valga para algunas grandes urbes del mundo (paradigmático es el caso de Nueva York que todo el mundo ha visto en las películas), pero no para nuestro entorno más cercano.
Hablando de calles de Avilés, la de José Manuel Pedregal (y Sánchez-Calvo: sin relegar el segundo apellido, como mal hacen los anglosajones) no era una de mis preferidas cuando era guaje, allá por los años ochenta del siglo pasado. Tampoco era una de las más transitadas por mi familia o mis amigos, por la sencilla razón de que nuestro ecosistema urbano se situaba en otra parte, dentro del imaginario triángulo que encierran los parques de La Magdalena, el de “la marquesa” (Ferrera) y el antiguo matadero, vértice este último desde donde disfrutábamos de inmejorables vistas a la fabricona y paladeábamos hollines de la máxima calidad. Para ese niño, Pedregal era una placa lejana y poco más, como tantas otras. Me importaban más Llano Ponte, Cervantes o Valdés Salas, de quienes iba sabiendo cada día algo más a fuerza de patear, leer y preguntar. Otros nombres obligados para mí eran Enrique Alonso y Carreño Miranda, colegio e instituto de gratos recuerdos y sólidos aprendizajes vitales. En fin, otra historia para contar en diferente momento.
Cuando unos años después cayó en mis manos un magnifico libro de Justo Ureña y Hevia, a la sazón cronista oficial de Avilés, ya era más consciente de algunas cosas, aunque otras tardarían todavía bastante más. Aquel estudio pionero es una de las joyas del rico catálogo editado por Azucena y Celso, o sea, Azucel, una editorial avilesina desaparecida por jubilación, pero inmortal gracias a su meritorio trabajo durante muchos años. De aquella fuente siguen bebiendo otros autores y van surgiendo hermosos afluentes, caso de los recientes volúmenes escritos por Román Antonio Álvarez.
Juan Luis Rodríguez-Vigil, presidente que fue del Principado de Asturias y a quien me atrevo a señalar como intelectual a la vieja usanza (de esos a los que ninguna esfera del saber le resulta ajena, menos aún si se refieren a Asturias), suele repetir un doble diagnóstico. De un lado, nuestra superlativa capacidad de olvido que, como cruz de la moneda, lleva pegada un adanismo que descubre mediterráneos cada día. En el caso de Asturias, en el particular escenario de Avilés y en la figura concreta de José Manuel Pedregal y Sánchez-Calvo, ese olvido llega a ser doloroso e inexplicable.
El hijo de Manuel Pedregal y Cañedo, también padre de Manuel Pedregal Fernández y miembro de una saga de declarados republicanos fue ante todo un demócrata y un reformista convencido. Diputado por el distrito de Avilés, ministro de Hacienda (en la misma cartera y durante el mismo efímero periodo que su progenitor, 118 y 117 días, respectivamente), presidente de la Institución Libre de Enseñanza, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, presidente del Consejo de Estado o vocal del Tribunal del Garantías Constitucionales durante la II República, son algunos de los sobrados méritos políticos y académicos que acumula para figurar en la nómina de ilustres personajes españoles de todos los tiempos. Sus virtudes cívicas son también abundantes como benefactor, impulsor de iniciativas culturales o promotor de publicaciones periódicas (a destacar aquí, La Voz de Avilés). Debe notarse que decimos personajes españoles y no solo avilesinos, lo cual introduciría un sesgo reduccionista sobre la base de un absurdo localismo.
En una curiosa carambola, recordemos que José Manuel Pedregal había nacido en Oviedo el 1 de diciembre de 1871, en el número 6 de la plaza del general Riego. Medio siglo antes, este libertador había sublevado al ejército en 1820 para que el felón Fernando VII jurase la Constitución de 1812, cosa que el monarca finalmente hizo, aunque fuese a regañadientes y con absoluta hipocresía. No en vano, en 1823 y en otra plaza, la madrileña de la Cebada, Rafael del Riego fue ahorcado por orden de aquel rey humillado y vengativo. A José Manuel Pedregal no lo mataron en 1948 en Avilés, pero lo dejaron morir entre la indiferencia pública, como acaba de relatar de manera magistral Luis Muñiz Suárez en su excelsa biografía de 2022, José Manuel Pedregal. Un demócrata olvidado. Su retiro de la vida civil era ya un hecho desde hacía una década, sin dejar de mencionar que quien había sido y hecho tantas cosas, también fue sometido a escarnio, tortura y secuestro en octubre de 1934. ¡Qué indigna es a veces la historia y qué injusto su relato! Y esto acontece cuando es consecuencia de la omisión involuntaria o cuando resulta del borrado intencionado, como eficazmente logró la dictadura franquista. Digamos que esto último puede tener coherencia -desde una lógica dictatorial, claro está- pero mucho peor se justifica cuando responde a cierta desidia durante el actual periodo democrático.
La casualidad ha querido que aquel niño que fui y que no sabía nada de José Manuel Pedregal durante su infancia y adolescencia, haya terminado trabajando por un mejor uso de los fondos públicos en el número 5 de la ovetense plaza de Riego, en un espacio contiguo al del nacimiento del republicano. Quizás sea una unión intertemporal anecdótica o quizás un caprichoso guiño del destino. Lo cierto es que me siento muy honrado de lo que hago y del lugar donde lo hago, sabiendo que la Sindicatura de Cuentas del Principado de Asturias -no solo su sede física- siempre va a estar unida de manera simbólica a estos dos grandes luchadores por la libertad: Riego y Pedregal.
De vuelta a las calles avilesinas, cuando transito por la de José Manuel Pedregal o sus aledaños, tengo ya otros sentimientos. Ante todo y sobre todo, respeto, por lo que representó y lo que hizo este español de pro, a quien tuvimos la suerte de tener como convecino. Y a quien la Historia o, mejor dicho, las personas responsables de protagonizarla y escribirla en cada momento, no han hecho justicia.
José Manuel Pedregal tuvo calle en Avilés entre 1923 y 1938, nada menos que la actual calle de La Cámara, la más moderna y dinámica en aquel momento (y aún hoy, aunque esto es más opinable). Con el triunfo de la rebelión y el relevo en el Ayuntamiento de Avilés, el 4 de marzo de 1938 se decide -el verbo es en exceso generoso; sería más bien una imposición pura y dura- que pase a llevar el nombre del general Franco, aunque en la rotulación incluso se elevó el rango militar al de “generalísimo”, vigente hasta el primer ayuntamiento democrático tras el franquismo, el cual eliminó esa vergüenza mediante acuerdo municipal de 18 de julio de 1979. Como recuerdan el precitado Justo Ureña y Hevia o el también añorado Alberto del Río Legazpi, José Manuel Pedregal ya nunca volvería a dar su nombre a esa vía, aunque sí a la actual, situada entre la calle Cuba y la avenida de Alemania, según lo dispuesto en el acuerdo municipal del 1 de junio de 1965.
En fin, mientras en algunos sitios todavía quedan resquicios de tiempos y personajes muy poco memorables, en otros lugares hemos olvidado -o nos han borrado de la memoria- a algunos de nuestros más sobresalientes personajes históricos. Lo mejor de todo es que ambas cuestiones tienen solución, siempre y cuando exista voluntad de cumplir la legalidad y encauzar la pura reparación histórica.
A los 75 años del fallecimiento de José Manuel Pedregal y sin homenajes o conmemoraciones a la vista, cabría preguntarse si aún queda algo de pedregalismo, entendido como una conjunción de reformismo y republicanismo actualizados a nuestros tiempos. En el segundo concepto no pensemos en el antónimo de monarquismo, sino más bien en esa acepción del diccionario que alude a la “forma de gobierno regida por el interés común, la justicia y la igualdad”.
Referencias bibliográficas
Álvarez González, Román Antonio (2021). Avilés. El ser de las calles. Vol. 1, Avilés, Ediciones Nieva.
Álvarez González, Román Antonio (2022). Avilés. El ser de las calles. Vol. 2, Avilés, Ediciones Nieva.
Del Rio Legazpi, Alberto (2021). Los episodios avilesinos, Avilés, Ediciones Nieva.
Muñiz Suárez, Luis (2022). José Manuel Pedregal. Un demócrata olvidado, Avilés, Ediciones Nieva.
Ureña y Hevia, Justo (1995). Avilés y sus calles, Avilés, Azucel.