miércoles, 10 de octubre de 2012

Constituciones y generaciones

www.que.es

De los 47 millones de españoles, sólo uno de cada tres tiene ahora edad suficiente como para haber podido participar en el referéndum constitucional de 1978. En otras palabras: hay más de 30 millones de españoles que no pudieron votar la Constitución Española en su momento. Incluso en la primera hipotética oportunidad que se presenta, en el año 2011, se nos niega la posibilidad de “hablar” por vía de referéndum. No es de extrañar el desafecto o la indiferencia de una buena parte de la ciudadanía, tanto da si viven en Cataluña o en Asturias, si hay crisis o boom económico. Lo que me interesa destacar ahora es el salto generacional y no otros factores, sin duda, también relevantes.

No puede sentir igual la Constitución una mujer de 80 años (criada en la dictadura y con 46 años en 1978) que un hombre de 55 años (joven a finales de los 70) o quien ahora tiene 20 años y no conoce otra cosa que la democracia y un entorno de libertades, derechos y abundancia (hasta ahora, claro está). Hay una gran masa silenciosa a la que nunca se le ha pedido opinión sobre si es mejor una monarquía de reyes, una de reinas o una república; un Estado centralizado o uno federal, ya sea equilátero, isósceles, escaleno o poliédrico. No hemos podido optar entre un sistema electoral proporcional u otro mayoritario, ni ponderar de otra forma el derecho fundamental a la educación con la libertad de elección de las familias. No nos han dejado valorar las penas de cárcel como medidas de reinserción social, ni la progresividad del sistema fiscal ni el encaje en la Unión Europea.

Los mecanismos de reforma constitucional están tasados y, aunque son rígidos, no son insalvables. No deberían serlo, tal y como ocurre en otros países avanzados. Un buen punto de partida es el informe del Consejo de Estado, elaborado en 2006 a instancias del Gobierno de España que entonces presidía Rodríguez Zapatero.

Los difíciles equilibrios alcanzados en 1978 se están perdiendo. Todo el mundo quiere cambiar la Constitución, pero cada uno remando para un lado o simplemente tomando partido por un férreo inmovilismo. El consenso, imprescindible, no puede ser un parapeto de defensa, sino un “acuerdo producido por consentimiento”, como nos recuerda el Diccionario. Pero, claro, para esto necesitamos más cintura y menos puños.

Publicado en La Voz de Avilés el 10 de octubre de 2012

martes, 9 de octubre de 2012

Carreras y playones


Corriendo por el playón de Bayas, se le olvidan a uno los problemas de la mente y del país, comenzando en ese momento otros muy diferentes en forma de músculos tensos y piernas que se hunden en la arena. Sin duda, merece la pena. Aquí, el azul de la mar, el verde del monte y el brillo del cielo en días despejados no tienen punto de comparación con nada.

Salgo de Los Quebrantos, paso el Pozacu y el Corralón, me entretengo mirando las dunas por donde cae el río Llumeras y, mientras llego hasta los cuerpos desnudos en Requexinos, no puedo dejar de maravillarme con la peña La Deva al fondo.

Cuando doy la vuelta, ya no la veo. El trote sigue por las mismas huellas que dejé hace unos minutos, pero con el pie cambiado. No es el mismo paisaje porque dar la vuelta no es retroceder, sino revivir, redescubrir. Enfocar con nuevos bríos lo que antes era algo superado y que ahora te parece inalcanzable por momentos.

Ya veo de nuevo el Corralón, con la marea subiendo y con el reloj lunar marcando la hora de pasar la roca sin mojarse de cuerpo entero (lo haré dentro de poco, eso nunca fue un problema). Y al final, el principio. Pero no me detengo y sigo hasta el río, dejando a mi izquierda L’Arena, el pueblo de la angula, los amigos, las noches de verano, las parrilladas en la Bajamar y alguna que otra chispera. Toco el espigón y enfilo la línea curva de la playa, cerrando así un circuito con forma de ocho tumbado o de infinito puesto en pie, según se mire.

Sólo falta mezclar el sudor con el agua, el calor con el frío, la pasión atlética con la furia de una tranquila marejada. Si nos da tiempo y el cuerpo aguanta, veremos caer el sol detrás de la barra, marcando el final de la luz del día, como la bola del reloj anticipa las campanadas de fin de año. Es el espectáculo que faltaba para redondear la función.

La crisis queda por momentos fuera del mundo. La melancolía es absorbida por la adrenalina y el corazón acelerado bombea ilusión para la nueva jornada. Decimos a menudo eso de “cargar las pilas”, pero realmente lo que deberíamos hacer es una terapia de choque por el Bajo Nalón o por nuestro trozo de paraíso particular. Desde luego, este es el mío.


Publicado en La Voz de Avilés el 9 de octubre de 2012