jueves, 25 de junio de 2026

Economía esencial

 
 
Francisco J. Delgado Rivero acaba de publicar libro. Y no es uno cualquiera. Es un libro digital en papel o, viceversa, un libro en papel con versión digital extendida. Pero más allá de la forma, innovadora, me voy al contenido.

Fran es un grandísimo docente (puedo dar fe como compañero suyo) y un investigador acreditado (eso ya lo certifican las agencias de evaluación y los trabajos publicados). Es también un excelente divulgador de la economía útil (también doy fe), esa que salva y mejora vidas, no la que se entretiene en otras disquisiciones que, siendo muy respetables, veo más propias de otras disciplinas.

Ahora nos ilustra con un compendio de economía esencial que “bien vale una misa”, o sea, una lectura comprensiva de su contenido, asequible y riguroso en todo momento. Pero no es una novela que aparcamos una vez leída. No. Porque también es un cierto manual introductorio de economía, el cual recomiendo dejar en la mesita o en el escritorio para echarle el ojo de vez en cuando. Desde luego, no es un folleto de un gurú de la nada, como otros que circulan por ahí.

Dice el prologuista (p. 13: cito por el papel) que la economía no es difícil, “el problema es que hemos decidido colectivamente que entenderla es opcional”. Ahí cumple su función principal el libro de Fran.

El libro hace autocrítica del oficio, con los manidos tópicos de que los economistas predecimos el pasado e incluso a veces fallamos en eso. En un momento, Fran (pp. 54-55) se centra en la dificultad técnica de la predicción económica -indudable- pero no dice que esas predicciones -además- condicionan el resultado real. No es difícil ver cómo se utilizan las expectativas de forma torticera y cómo una tormenta económica que se avecinaba luego queda en orbayu, pero por el medio se han frustrado proyectos y riquezas de manera interesada. En el capítulo 11 el autor se redime, al abrir el foco con los temas claves de este presente que ya es futuro.

En otro punto, insiste mucho en la calidad de la medición del PIB como indicador de progreso, “supremo, pero no único” (perdón por el símil con el Tribunal de Cuentas) y recuerda que el desarrollo humano se puede medir de otras formas. Esto demuestra que Fran es un amante de la buena estadística y de la transparencia, pero sobre todo un economista social. Y esto también es “esencial”.

Coincidimos en muchas cosas, como la escasa conciencia del propio gasto (p. 69), lo perentorio de mejorar la educación económica y financiera a todos los niveles (pp. 70-72) o el escaso compromiso de los trabajadores con su trabajo (p. 94). Las tres cosas y algunas más son auténticos dramas. Me gusta también mucho el animalario de empresas (pp. 89-93), aunque yo hubiera incluido algunas otras especies de depredadores que no encuentro.

Mención aparte merece la parte dedicada a la economía del sector público (capítulo 5), de la que ambos, junto con nuestros comunes maestros y colegas, nos hemos ocupado durante muchos años. Desde el enfoque académico y desde la práctica de la gestión; los dos hemos pasado de las musas al teatro. Fran aporta recetas sencillas, pero eficaces. Enfoca los problemas y sugiere soluciones. Y plantea dudas que -me temo- seguirán presentes. De esto podríamos seguir hablando mucho tiempo, así que lo dejo de momento.

Dos reflexiones finales. Una, para constatar que, a pesar del enfoque global, el libro tiene muy presente a Asturias, nuestro paraíso particular. Por eso comienza el libro citando el verso del poeta Campoamor (p. 16) sobre la relatividad de los enfoques. O por eso cita a los eminentes Jovellanos, Campomanes y Flórez Estrada (p. 23) entre los nombres propios que nadie debe dejar de leer y estudiar. Añade a Fuentes Quintana, maestro de hacendistas españoles, que no es asturiano, pero sí Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oviedo.

El último apunte lo coloco en imperativo: pasen y lean. 
 

lunes, 15 de junio de 2026

Suarías y la ejemplaridad


Lo pequeño es hermoso

E. F. Schumacher

Asturias se pronuncia en plural porque, como decía un lema turístico, hay muchas y todas están muy cerca. Esta diversidad es nuestra principal riqueza y el gran motivo de orgullo por nacer o pacer en esta tierra.

Tenemos Asturias de mar y monte; de carne, huerta, leche y pescado; de ríos y playas, de ciudades, pueblos, villas y aldeas; de industria y servicios; de lenguas y culturas. De verde y negro, como en el poema de Pedro Garfias, musicado por Víctor Manuel. De azul y oro, como nuestra bandera. Un universo que llamamos paraíso porque lo es.

Cada rincón de Asturias es una joya y, como en el libro que encabeza estas líneas, “lo pequeño es hermoso”. La contraparte ha sido una asturianía sólida y sincera cuando estamos fuera, pero demasiado local cuando estamos aquí. Lo advirtió Ortega (“los asturianos se sienten región, pero no se saben región”) y lo remarcó el presidente Rafael Fernández (“nuestro regionalismo es claro cuando estamos fuera de nuestra tierra; dentro, la cosa ya es de un localismo feroz”). Hagamos Asturias.

Hoy recalamos en Suarías. Divisamos un impresionante valle, recorrido por ríos que son testigos de una historia milenaria, incluida la más reciente, la del Estatuto de Autonomía. Desde Suarías se atisba el Cantábrico y se percibe la protección de unas montañas que caen despacio hasta la costa, como resistiéndose a perder su fuerza en el horizonte salado. Suarías encierra la esencia de Asturias. Es un ejemplo que quiere ser ejemplar. Méritos y ganas le sobran: fiestas, asociacionismo, carrera Blincapeñas, museo-archivo de la música. El cuidado de un patrimonio colectivo con el cariño y la modestia de quien quiere y, por tanto, puede.

Cuando se pregunta a una persona por las motivaciones para vivir en un lugar, hablan de vivienda, trabajo, servicios públicos, ocio, paisaje, calidad de vida. La misma pregunta formulada a las empresas arroja respuestas sobre suministros, clientes, proveedores, energía, mano de obra, comunicaciones, telecomunicaciones. El avance tecnológico cambia algunas restricciones y borra otras. Pensemos en las ventajas del comercio electrónico, el teletrabajo o la formación a distancia, impensables hace no tanto tiempo. Lugares donde antes se hacía difícil vivir o trabajar, hoy vuelven a ser atractivos. Pero la vaca no se cata sola, ni la yerba se siega desde otro lugar. Hay que estar.

La despoblación rural en Asturias es un hecho, acelerado en las últimas décadas. La comarca oriental no es la peor, frente a la del suroccidente, donde las cifras apuntan a drama. Y, desde luego, este fenómeno no es inocuo porque implica deterioro paisajístico, abandono del sector primario, brecha digital, desequilibrios de renta y riqueza, envejecimiento, desigualdad o inequidad en el acceso a servicios públicos. En suma: la destrucción de un modo de vida. Pero no estamos aquí para exhibir el drama. La ejemplaridad implica presumir de pasado, trabajar el presente y empedrar el futuro.

Alguien como yo, ajeno a Suarías y que -por desgracia- tardó muchos años en conocer este lugar, se contagia pronto de su ilusión. La de vecinas y vecinos, con la asociación El Cantu La Jorma al frente, cuyo empeño es encomiable. Y lo afirmo mientras digo que todos los demás pueblos tienen mi consideración, pero a Suarías ya le toca. Por indudables cualidades, pero también por su persistencia.

La lucha contra la despoblación rural cuenta con una estrategia integral y coordinada en Asturias, en toda España y en la Unión Europea. El reto demográfico se ha destacado en la agenda política y dispone de instrumentos y leyes transversales. Ahora solo falta llevar a término cada medida concreta. Empezamos a ver algunos positivos resultados.

Deseemos un final feliz, desde la atalaya de Suarías. Brindemos para que esta maravilla sea reconocida como ejemplar. Suerte y felices fiestas.



Publicado en el libro de las fiestas de San Antonio de Suarías de 2026 
 
 

jueves, 23 de abril de 2026

Sánchez Calvo, mutualista, republicano y solitario

 

1.      Una propuesta social

Contra el populismo de moda, alguien escribió: “no os dejéis seducir por ciertas teorías extravagantes que, con pretexto de mejorar la sociedad y reformar el mundo, hacen creer que, bajo el yugo de ciertas leyes basadas en el capricho de un jefe de secta o de partido, va a desaparecer el mal social”.

La reflexión precedente no está en el periódico de ayer (aunque bien podría estar), ni la firma un líder político actual. La rubricaba en 1866 Estanislao Sánchez Calvo y Ochoa, avilesino de 24 años, quien iba a ser un singular literato y estudioso. Nacido en el seno de una familia acomodada, sin embargo, se colocó pronto en una vanguardia cívica para liderar una petición poco original (puesto que ya era una realidad en muchos lugares), pero plena de compromiso social.

En el luminoso artículo de Sánchez Calvo al que nos referimos[1], el autor se dirige directamente “a los obreros de Avilés”, pidiendo perdón desde el principio “por el atrevimiento de aconsejaros” y sin escatimar vehemencia. Comienza por preguntarse sobre el “porvenir que espera al jornalero honrado que después de incesantes trabajos y fatigas enferma, se hace viejo o queda inútil”. Y él mismo responde: “¡miseria y hospital, hambre y limosna!”. Ante lo inaceptable, trata de poner sobre la mesa soluciones eficaces, sin demagogia, para evitar la catástrofe.

Tras hacer una apología del ahorro individual, llega no obstante a la conclusión de que resulta “mezquino e insuficiente”, añadiendo que “la cantidad ahorrada por un menestral en algunos años no bastaría quizá para hacer frente a una simple enfermedad”. En consecuencia, propone la vía de una economía asociada, un aseguramiento cooperativo y, aún más en concreto, la creación de una sociedad de socorros mutuos en Avilés, como las que ya existían en otras provincias y localidades, incluidas Oviedo o Gijon, sin ir más lejos[2]. Debemos citar también el antecedente de la Real Compañía Asturiana de Minas de Arnáu, empresa fundada en 1833 y que en 1855 fue pionera creando una caja de auxilios para sus obreros.

El joven Estanislao critica que en España se camine  “a paso de tortuga”  para lograr una aspiración de país porque, “aunque comprendamos que tal cosa es buena, el trabajo de hacerla nos impide gozar sus resultados”. ¿Estamos quizás ante un adelantado de la sempiterna lucha contra el burocratismo? ¿Nos situamos acaso ante un precursor de los reproches a la desmoralizadora administración defensiva?

Matiza Sánchez Clavo que ese papel mutualizado y movilizador del ahorro obrero no lo pueden cumplir las cajas de ahorro, “cuyas funciones se reducen en realidad a una simple operación de banco”, retribuyendo los depósitos al tipo de interés de referencia, sin objetivo social alguno. Por el contrario, una sociedad de socorros mutuos tendría “más elevadas miras y más filantrópico objeto”, ya que “aseguran y proporcionan a los imponentes los recursos necesarios en casos de enfermedad o de desgracia”. Sánchez Calvo estima que “los pobres no serán los únicos en interesarse por esta previsora asociación”, pidiendo en suma el apoyo popular al proyecto para que se pueda abrir “un nuevo porvenir a la pobreza”.

2.      Un progresista desclasado

Con esa propuesta, ¿se desclasaba Sánchez Calvo hacia abajo? Es posible y, además, de forma nada falsaria o impostada. ¿Tendría algún mérito por ello, siendo consciente de que sería más fácil conservar la herencia y la dotación, sin asumir riesgos ni preocupaciones? Seguramente. Pero la conciencia tira y los valores pesan. Lo clava Pedro de Silva[3]: “peor es declasarse hacia arriba en cuanto tienes cuatro duros o un poco de poder, que encima a lo mejor te han dado los de abajo”. Sánchez Calvo escribió otros artículos y tribunas de opinión que aproximan su avanzado pensamiento social, arguyendo ideas como la de un impuesto sobre el capital[4] o un derecho penal que implique justicia, no venganza[5].

Fue Sánchez Calvo un sabio poco conocido en vida y aún hoy poco reconocido (incluso en su propia tierra), a pesar de los indudables méritos que atesora como filósofo, filólogo, jurista, hacendista y republicano de pensamiento y acción. Algunos lo calificaban de solitario y para otros fue un erudito extravagante que se ocupó de lo divino (más que de lo humano), explorando las fuentes de “lo perdido” y “lo prohibido”, en palabras de un heterodoxo de nuestros días como Juan Cueto[6].

D. Estanislao falleció enfermo en 1895 cuando contaba 53 años. Y como aquí enterramos muy bien, pero elogiamos bastante peor en vida, a la muerte de nuestro protagonista, entonces sí, se le dedicó una calle en Avilés, renombrando la tradicional de Los Alfolíes, mediante acuerdo municipal adoptado el 4 de mayo de 1897. En el verano de 1903 se inauguraban placa y busto en la fachada de la que había sido su casa, donde ahí siguen, con un mensaje reconociendo a este “original autor”. Frisando ya el siglo XXI, mediante acuerdo municipal de 22 de abril de 1993, la calle de Los Alfolíes recupera su medieval denominación y sitio, trasladando la de Sánchez Calvo a la conexión entre Cabruñana y Julia de la Riva. 

No es objeto de estas líneas hacer un esbozo biográfico, ni una reseña histórica del periodo, ni menos aún una semblanza intelectual de nuestro protagonista. Remitámonos, por argumento de autoridad, a su propio descendiente Ramón[7] o a Españolito[8], sin dejar de mencionar la aproximación de Juan Antonio Cabezas[9] y la exhaustiva revisión a su vida y obra en la tesis doctoral de Manuel Asur, El pensamiento filosófico de Estanislao Sánchez Calvo, leída el 20 de marzo del año 2000 en la Universidad de Oviedo. La pretensión aquí es muchísimo más modesta, rescatando la sugerente propuesta del Estanislao veinteañero que, digámoslo, fue escuchada y pudo sustanciarse con éxito. Hay que recordar que El Eco de Avilés ya fue un semanario influyente en aquellos tiempos y que tomó claro partido por esta propuesta. Dicho sea al hilo: ¡hay que ver en qué ha degenerado la noción de influencia hoy en día!, tanto en contenido como en continente.

En ese Avilés de la segunda mitad del XIX, el contexto socioeconómico se caracterizaba por una naciente industrialización y una pujante burguesía que -en palabras de Juan Carlos de la Madrid[10]- “ya dominaba los destinos de la villa”, no solo en el terreno comercial, industrial-artesano y financiero, sino también mediante la construcción de un “entramado ideológico”, detrás del cual subyacía un cambio de relación con las clases sociales más desfavorecidas (hablar de proletariado aún era prematuro). La propuesta de una sociedad de socorros mutuos iba en esa línea. Y Sánchez Calvo, visionario, pudo contemplar su idea materializada.

La Sociedad Artística, Profesional e Industrial de Avilés había sido fundada en 1865, con sendas secciones lírica y dramática, donde burguesía y obreros (quizás más correcto fuese decir artesanos o trabajadores) podían acceder a una cultura hasta entonces vetada para los últimos. Para lo que aquí nos importa, es crucial la fecha del 1 de setiembre de 1867, día en que se crea en su seno la sección de socorros mutuos, menos de un año después de la carta abierta de Sánchez Calvo “a los obreros de Avilés”.

Hay que reseñar aquí la anotación que hace Palacio Valdés en La novela de un novelista, rememorando un intenso baile en pareja cuando tenía 16 años, en 1869, el cual le dejó “casi privado de conocimiento”, pero no le impidió ver que “no existía la lucha de clases; y la prueba es que muchos señoritos abandonaban el círculo de sus iguales y se introducían en el de las artesanas sin que los obreros se diesen por ofendidos”. Aunque habría mucho que matizar, es un valioso testimonio.

En esa preocupación -algunos dicen paternalismo- por la incipiente clase obrera, irían poco a poco creándose o ampliándose nuevas instituciones de apoyo mutuo, para facilitar el acceso a prestaciones económicas en forma de renta (pensiones, subsidios y otras ayudas puntuales) o en especie (comida, ropa, atención sanitaria, escolarización de menores, instrucción de personas adultas, u otras), todas ellas para mejorar la salud o ampliar el acervo educativo y cultural de las clases más desfavorecidas. Ahí están, por ejemplo, la Escuela de Artes y Oficios (1878), las aulas populares (1901) o el nuevo Hospital de Caridad (1933), aunque el origen de esta institución era ya muy anterior (1841).

3.      Lo práctico de una buena teoría

Un excurso es necesario en este punto.

Los economistas solemos hablar de fallos de mercado para justificar la intervención del sector público en la economía. Así, es obvio que no todo el mundo -o más bien, casi nadie- puede pagarse un seguro médico privado que le cubra ante cualquier contingencia de salud presente o futura. Sería tan caro para personas con enfermedades crónicas o dolencias complejas que ninguna empresa estaría dispuesta a cubrirlas, salvo que cobrase una enorme cantidad de dinero. Así las cosas, los principios de ética y equidad justificarían por sí mismos que el sector público intervenga el mercado, pero es que también hay indudables motivos de eficiencia. Pensemos en la investigación sanitaria o las vacunas masivas, cuyos efectos externos positivos sobre la salud colectiva son indudables. Por ejemplo, en países donde hay que pagarse las vacunas del propio bolsillo (incluso las más básicas), los índices de protección son mucho menores y las enfermedades contagiosas son mucho más letales. Difícilmente un mercado perfecto (que nunca lo son, salvo en los manuales de economía) mejoraría esto, tal y como reconocerán hasta el más libertario o la más egoísta.

El argumentario para la salud nos sirve para otros bienes preferentes, caso de las pensiones, la educación, la vivienda, la cultura o la atención a la dependencia. Dejar al albur de la demanda y la oferta nos produciría una asignación ineficiente y, desde luego, una distribución injusta. Por eso es necesario el impulso público. Para que la vejez o la enfermedad no sean vías rápidas hacia la pobreza o la exclusión social. Para que haya un mínimo garantizado de enseñanza obligatoria, con independencia de rentas y preferencia personales. Para que se pueda garantizar el derecho al techo y no solo el derecho al negocio. Para que cada persona pueda ir al teatro o adquirir un libro, evitando que la cultura quede como un reducto de privilegio. O para que una situación innata o sobrevenida de dependencia no nos deje arrumbados, carentes de autonomía personal y, además, indigentes.

En todo caso, debemos plantear dos premisas adicionales. La primera es que el sector público no es infalible y que sus fallos no pueden conllevar consecuencias aún más gravosas que las derivadas de los fallos del mercado. Por eso es tan importante reivindicar la transparencia de la gestión pública, la rendición de cuentas, el control sobre el fraude y la fiscalización. Problemas de algunas listas de espera, aulas masificadas o un acusado desequilibrio entre pensiones bajas y altas son ejemplos de defectos de un sistema que debe estar siempre sometido al escrutinio de la ciudadanía. La segunda premisa se deriva de la anterior: el sistema público se legitima por su calidad y por su uso, sin defecto de la primera y sin excesos del segundo. 

Hemos llegado a un punto de madurez en el estado del bienestar que nos ha hecho ser muy exigentes (nada malo en ello) y quizás poco autoexigentes y hasta un poco desmemoriados. Esta conquista es reciente y no tiene ni un siglo en Europa y, en concreto en España, prácticamente la mitad del tiempo, coincidiendo con la recuperación de la democracia tras la larga dictadura franquista. Antes del estado de bienestar estaban la caridad y la pura beneficencia, cuyo papel fue esencial en tiempo pasados[11], pero que se queda escasa en un mundo de derechos individuales, sociales y políticos. Aún hoy no podemos olvidar el rol complementario de asociaciones y entidades (en Avilés tenemos varias notables) que luchan día a día por una sociedad mejor, desde el voluntarismo y la buena intención. Pero no podemos fiarlo todo a esto. La calidad se paga (impuestos), no solo se reivindica (que también).

4.      De la nada aquella al estado del bienestar

Sánchez Calvo y otros muchos supieron anticipar lo que parecía evidente: la miseria y la desigualdad son dos disolventes de la sociedad. Bien sea porque hay un convencimiento (religioso o laico; ético en todo caso) de que no es admisible, bien sea por un puro interés materialista, parecía que la inacción no era ya una opción en la segunda mitad del siglo XIX. El camino aún sería largo.

Entre aquella pretérita caridad como limosna y la solidaridad como principio orientador de las políticas públicas hay un trecho enorme. En el medio, las iniciativas de socorro mutuo, la “solidaridad desde abajo” (sic) o la beneficencia reforzada produjeron resultados trascendentes que, en buena medida, anticiparon lo que iban a ser los seguros sociales o el estado del bienestar, usando ahora los sintagmas actuales. Nótese que la propuesta de Sánchez Calvo y otros republicanos del momento solucionaba problemas, pero no era el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Tendríamos que esperar casi otro siglo, ya en la democracia posterior a la Constitución de 1978, para poder hablar en propiedad de un estado del bienestar financiado con impuestos y cotizaciones, instrumentado en prestaciones que son derechos, no dádivas ni favores, donde la iniciativa privada y el mutualismo cumplen un papel complementario, no principal. Cómo no mencionar a tres asturianos ilustres, uno impulsor de la Comisión de Reformas Sociales en 1883 (José Posada Herrera, presidente del Consejo de Ministros a la sazón) y los otros dos -los “adolfos” Posada y Buylla- como hacedores del Instituto de Reformas Sociales (1903). Adolfo Posada sería después en la II República presidente del Instituto Nacional de Previsión, creado en 1908 y verdadero antecedente de la seguridad social y las prestaciones sanitarias universales tal y como las conocemos. Pero esa es otra historia.  

El apoyo mutuo entre obreros y la connivencia -o el activismo- de cierta burguesía con ideas avanzadas fue concibiendo una mejora del bienestar social nada desdeñable, aunque seguían lejos todavía otros logros laborales, por ejemplo, en materia de reducción de la jornada laboral, aumento de salarios y seguridad y salud en el trabajo. ¿Nos suena todo esto hoy en día? Hasta el Papa de entonces, León XIII, parece ser un lejano referente del actual, León XIV. La famosa encíclica de 1891 del primero, Rerum novarum, inauguraba la llamada doctrina social de la Iglesia, con pasajes tan esclarecedores como el que ensalza las “instituciones mediante las cuales atender convenientemente a los necesitados y acercar más una clase a la otra”, citando “las sociedades de socorros mutuos; entidades diversas instituidas por la previsión de los particulares para proteger a los obreros, amparar a sus viudas e hijos en los imprevistos, enfermedades y cualquier accidente propio de las cosas humanas; los patronatos fundados para cuidar de los niños, niñas, jóvenes y ancianos”, con “el lugar preferente” para “las sociedades de obreros, que comprenden en sí todas las demás”.

5.      Coda

El título de este artículo encierra una paradoja. ¿Cómo puede un solitario ser tan partidario de lo colectivo? Y hay otra aparente incongruencia: ¿cómo se puede haber olvidado en Avilés, en Asturias y en España a un personaje de tan elevada talla intelectual, con conciencia social y republicana, como Estanislao Sánchez Calvo? Estamos a tiempo.

 

Publicado en la Revista El Bollo 2026



[1] El Eco de Avilés, número 16, 16 de septiembre de 1866.

[2] Vid. Castillo, S. (ed.) (1994). Solidaridad desde abajo. Trabajadores y socorros mutuos en la España contemporánea. Madrid: UGT. En particular, los tres capítulos dedicados a Asturias, respectivamente a cargo Jesús J. Rodríguez González, Jean-Louis Guereña y Jorge Uría González.

[3] De Silva, P. (2025). Lo que queda a la espalda. Unas memorias de Pedro de Silva dialogadas con César Iglesias, Gijón: Trea, p. 169.

[4] El Eco de Avilés, número 28, 9 de diciembre de 1866.

[5] El Eco de Avilés, número 38, 17 de febrero de 1867.

[6] Cueto Alas, J. (1977). Los heterodoxos asturianos. Salinas: Ayalga.

[7] García de Castro, R. (1982). Semblanza intelectual del pensador asturiano Estanislao Sánchez Calvo (1842-1895). Oviedo: Real Instituto de Estudios Asturianos.

[8] Suárez, C. (1930). E. Sánchez Calvo. Apuntaciones biográficas. Madrid: Argos.

[9] Cabezas, J. A. (1952). “Estanislao Sánchez Calvo: un filósofo y filólogo olvidado”, Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, 16, pp. 205-215.

[10] De la Madrid, J. C. (2002). Avilés, una historia de mil años. Murcia: La Voz de Avilés - El Comercio, pp. 169-171.

[11] Vilar Rodríguez, M. (2010). “La cobertura social a través de los socorros mutuos obreros, 1839-1935. ¿Una alternativa al Estado para afrontar los fallos del mercado?”, en Pons Pons, J. y Silvestre Rodríguez, J. (eds.): Los orígenes del estado de bienestar en España, 1900-1945: los seguros de accidente, vejez, desempleo y enfermedad. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, pp. 85-122.

  

lunes, 30 de junio de 2025

Se murió José Antonio Redondo

José Antonio Redondo
FOTO: XOÁN A. SOLER

Se nos acaba de ir José Antonio Redondo. Demasiado pronto y demasiado rápido. Discretamente, como era él. A la vera de la ría.

El impacto de la noticia me pilla en tierras británicas y esto me va a impedir acompañar a su familia y al equipo del Consello de Contas en estas horas tan difíciles. Lo haré en cuanto tenga ocasión, pero desde aquí mando ya mi fraternal abrazo en mi propio nombre, así como el pésame de toda la Sindicatura de Cuentas del Principado de Asturias.

Hace un año tuve el privilegio de participar en el homenaje tributado a José Antonio en el paraninfo de Fonseca, con motivo de su merecida jubilación. Hablé desde la óptica de alguien que tuvo la suerte de compartir unos años de trabajo en el control externo desde nuestras instituciones hermanas, con algunos momentos inolvidables en Compostela (por supuesto), Carril o Madrid, por citar solo algunos ejemplos. En todo caso, llamarle compañero sería por mi parte un exceso. Si acaso, me declaro un modesto aprendiz suyo, un alumno de quien fue un auténtico profesor y maestro en tantas cosas.

Hace escasamente dos meses, la Junta General del Principado de Asturias renovó mi mandato como síndico mayor. Ya entonces, uno de mis primeros mensajes fue precisamente a José Antonio para darle la noticia. Y no solo me felicitó, cosa que sería fácil y hasta rutinaria, sino que sobre todo me recordaba su amistad, su disposición y su cariño. Guardo ese mensaje como un tesoro. Ahora, aún más.

Es muy fácil señalar cosas buenas de José Antonio Redondo. Pero como decimos en Asturias, sobre todo, era un gran paisano. Un señor de los pies a la cabeza, tranquilo, reflexivo, cariñoso, honesto, y, desde luego, un grandísimo profesional en todas sus facetas, académica, gestora y de control externo.

Te echaremos mucho de menos, José Antonio. Descansa en paz.

 

Publicado en La Voz de Galicia (29 de junio de 2025) y en La Voz de Asturias (30 de junio de 2025)

 


viernes, 11 de abril de 2025

Hay un gallego en la luna que ha crecido en Avilés


A Damián Barreiro Maceiras, in memoriam

Años noventa del siglo pasado. Antroxu avilesino en su apogeo. El Descenso de Galiana era de otra manera, gamberro, quizás más inseguro, pero muy popular. Recuerdo algún conato de motín en los exteriores del pabellón de La Magdalena, con final feliz. O que la Policía Local (esto no sé si fue leyenda) pasaba controles de alcoholemia en el recorrido. Y un dato para presumir: se retransmitía en directo por una tele local, Canal 21, cuando la TDT o la TPA no eran más que utopías. Cerca de aquí, la Televisión de Galicia llevaba ya una década emitiendo programas y contenidos propios.

Cuando la espuma bajaba de nivel, salíamos de nuevo al Parche a disfrutar de la entrega de premios y la verbena. En una de esas noches musicales actuaba Zapato Veloz, el grupo que lo petaba (el verbo es también de la época), con dos asturianos, un gallego y un Tractor amarillo, aunque algunos preferíamos la Pandeirada sideral, esa del gallego en la luna que ha venido del Ferrol.

En fin de año nos reuníamos un buen puñado de gente en las fiestas de Nochevieja del Lar Gallego. Creo que aquellos años fueron buenos, aunque un observador presentista (incluidos algunos de mis amigos) solo vería alegalidades varias y demasiada troza. Ahí siguen el Lar Gallego, la Taberna Gallega y el mesón Rías Baixas, a los que se han sumado la pulpería A Feira (antigua confitería San Francisco) o La Quinta (el añorado cine Marta y María). El círculo astur-galaico funciona.

En la comarca de Avilés se había inaugurado un poco antes la acería LD-III, símbolo de la reconversión siderúrgica. También la Dupont recalaba en esta tierra “porque hemos encontrado las condiciones que buscábamos: ética del trabajo, infraestructura y ubicación”. Son palabras textuales de Edgar S. Woolard, presidente a la sazón de la multinacional. Repitámoslas despacio: ética del trabajo, infraestructura y ubicación. Hoy podríamos añadir la sostenibilidad ambiental, para que pongamos en valor la potencia industrial de nuestra tierra, antes, ahora y siempre, compatible con la preservación del medio natural. Galicia también, si no lo estropean con alguna iniciativa arrasadora.

Damián Barreiro Maceiras había nacido en A Estrada, en el corazón de Galicia, no muy cerca del mar, pero tampoco tan lejos como para obviarlo. Tierra profunda, tanto como sus ríos. Es curioso que, con todo lo que nos une a gallegos y asturianos, ciertas vertientes gastronómicas no las compartamos (sirvan la pesca y el cocinado de la lamprea como ejemplo, o los oricios, bastante más apreciados por aquí).

Los apellidos delatan a Damián. No podría -ni quería- negar su origen gallego, evidente y casi epifánico. Pero esta identidad de nación estaba al nivel de importancia que la otra de pación y pasión por Asturias. No le gustaban los lugares comunes, ni los eslóganes sin nada debajo, pero hay una expresión que, a mi modesto entender, le encaja como anillo al dedo, analizando su biografía profesional.

Damián se licenció en Periodismo en la Universidad del País Vasco, completó un máster en la Universidad Oberta de Catalunya y terminó de formarse en la Universidad de Oviedo y en la Academia de la Llingua Asturiana. Fue un ciudadano de esa España plural que existe y está viva. Una España con varias lenguas e historias, aunadora de peculiaridades culturales, políticas, económicas y sociales. Una España que pide superar el uniformismo y las estrecheces del cinturón de la M-30. También en la televisión.

La familia de Damián eligió Avilés para vivir y él volvió a optar por nuestra villa al acabar sus estudios, convirtiéndose en un asturiano más. Aquí pergeñó varios de sus libros y grabó los contenidos de su canal de Youtube Horros y frixuelos, con camisetas de sus admiradas Rosalías (De Castro y la otra) y, por supuesto, la Santina de Covadonga.

En esos vídeos nos mostraba con humor punzante todo lo que somos como pueblo asturiano, pero también todo lo que aún podemos ser, si queremos, sabemos y nos dejan. Hablaba de lo mucho que aparentamos y presumimos fuera, pero de lo poco que hemos hecho en común a lo largo de los siglos, embebidos por el localismo, explicable en parte por la geografía, pero poco justificable. Este problema lo advirtió hace más de un siglo Ortega y Gasset (“los asturianos se sienten región, pero no se saben región”) y lo remarcó el presidente Rafael Fernández (“nuestro regionalismo es claro cuando estamos fuera de nuestra tierra; dentro, la cosa ya es de un localismo feroz”). Este fenómeno de la renuncia histórica lo han estudiado con profusión, entre otros, Patrick W. Zimmerman (gracias por la recomendación, Damián), David Guardado (que retrocede hasta la Edad Media) o Carlos Gordon (para los tiempos de la II República). Antes, Juan Cueto o Pedro de Silva, por citar solo dos referencias ineludibles.

En sus vídeos y libros, Damián pone el ingrediente necesario para que nos demos cuenta de que la moda asturiana, incluido el traje del país, puede ser un punto de fuga innovador. Recordemos el bombazo de Rossy de Palma en el pregón de El Bollo, vestida por Kös y publicitada en todo el mundo por Jean-Paul Gaultier. ¡Casi nada!

Con permiso de su amigo Rodrigo Cuevas, solo Damián sabía hilar tan fino como para conectar la asturianía tradicional con el festival de Eurovisión, anteriormente conocido por sus canciones… y ahora por todo lo demás. Se preguntaba con razón por qué siguen primando las candidaturas españolas con cierto estilo del sur (contra el que no hay nada malo que decir), pero queda coja la vertiente -también española- del folklore celta en general y asturiano en particular. Estaba indignado con la exclusión de Tanxugueiras, sobre la que tenía su hipótesis, seguro que no alejada de la realidad. Ese galleguismo pop lo envidiaba para Asturias, a pesar de que talento y categoría nos sobran por estos lares. ¿Nos acordamos cuándo mucha de la sidra era puxarra y las botellas ni llevaban etiqueta? Pues hoy tenemos denominación de origen protegida y nuestra cultura sidrera es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Querer es poder.

Damián adoraba lo kitsch, o sea, todo lo de “estética pretenciosa, pasada de moda y considerada de mal gusto”, según el Diccionario de la lengua española. Hasta le dedicó una monografía y con ese texto logró el Premio Máximo Fuertes Acevedo de ensayo en asturiano, un galardón que ya había obtenido en dos ocasiones anteriores, con Caleya Sésamu y Asturploitation. La televisión no era para Damián la “caja tonta”, sino un medio con un potencial enorme para fines de comunicación, divulgación y promoción, además de un yacimiento de renta y empleo, alrededor de la creación propia. La tele es L'espeyu onde miranos, por usar otro título de sus libros , en este caso, reconocido con el Premio Fierro Botas de ensayo.

Sobre el cine, Damián también nos rescató algunas míticas películas rodadas en Asturias, caso de Altar mayor (1944) o La montaña rebelde (1971). La primera estaba basada en la novela homónima de Concha Espina, rodada en Covadonga y con uno de los papeles principales para María Dolores Fernández Pradera (sí; la Gran Dama), madrileña de nacimiento, pero con orgullosos orígenes asturianos por parte de padre. Aún me queda su recuerdo en el Teatro Campoamor de Oviedo, con una elegancia suprema y ya más de ochenta años, entonando una vaqueirada a capela. Una delicia.

En 2022, Damián fue invitado a participar una mesa redonda en el Real Instituto de Estudios Asturianos (Ridea), dentro de un ciclo de conferencias dedicado a los primeros cuarenta años de autonomía asturiana. Hizo una brillante intervención sobre la lengua asturiana, defendiendo sin ambages la oficialidad, con argumentos culturales, lingüísticos y económicos. Uno puede estar de acuerdo o no con sus reflexiones, como con otras tantas cosas en la vida. Pero quien trate de rebatirlas no podrá servirse del titular facilón, sino que tendrá que armar una defensa con datos y rigor. Reivindico los debates de este tipo en el parlamento, en la tele y en el chigre. Con cortesías, buen tono y sensatez, no con facciones irreconciliables, aplausos a la tribu o insultos. Habrá quien los considere más aburridos o menos virales, pero me parece que son más útiles.

El libro que editó el Ridea lleva las sabias palabras de Damián. Me permito reproducir un extracto, a modo de reflexión postrera, casi de epitafio, porque creo que resume su opinión sobre una cultura, la asturiana, que sigue esperando por su autonomía :

«Un pueblu defínese poles manifestaciones populares que les persones producen, nes que la población participa de forma activa y que son resultáu d’una interacción continua. La cultura popular tresmitióse a lo llargo de los sieglos y de xeneración en xeneración de forma oral, pero nel mundu postindustrial una cultura nun pue vivir namás del folclor. El so conteníu va tar determinao poles industries que xeneren el material cultural, como son el cine, la televisión, la radio o les editoriales. Una cultura nunca ta definitivamente construída y nunca ye dalgo ciarrao: depende de procesos abiertos. Les polítiques de cultura y de comunicación lleven al conocimientu, a la promoción de valores y a la meyora de la calidá democrática d’una sociedá, pero tamién a la modernización de la industria productiva y a la busca de sectores económicos nuevos, amás de ser una fonte de cohesión social».

Damián nació gallego y murió gallego… y asturiano. Se hizo de aquí a fuer de haber visto las primeras luces en Galicia, para terminar de apagarse en la calle de Las Alas o del Moclín. Un mítico bar que conocí con una colección de aparatos de radio, lo transité después entre amigos y música, para luego verlo cerrar, aunque no caer, contra todo pronóstico gravitacional. Ahí sigue su estructura y creo que Damián me apoyaría en la manifestación para que algún día vuelva por sus fueros. Ese rincón de Avilés tiene algo muy querido para mucha gente. Por ahí estuvieron en diferentes tiempos El Llagarón y La Parra, la muralla y los alfolíes. Hoy ese corazón medieval espera mejores días, para retomar su vida y reencontrarse con la ría, a la que nunca debió volver la espalda.

El callejero de Avilés tiene evidentes guiños a Galicia. Empezando por la propia calle Galicia, en La Carriona. O la del Cabo Ortegal, en Llaranes, donde también está el Río Eo, como unión entre las dos orillas. La Avenida de Lugo es la antigua carreta general y también espera tiempos mejores. En el núcleo urbano sobresale la figura de Concepción Arenal, universitaria pionera, referente feminista y jurista acreditada. A la inversa, son innumerables las notas asturianas en calles de Galicia, lo que nos daría para otro capítulo. Como epítome de todas ellas, cito la Avenida de Asturias, una de las principales entradas a “la llonxana Compostela, stela, stela”, en versos del irlandés Seamus Heaney, Premio Nobel de Literatura, enamorado de Asturias y del pueblo de L’Arena en particular. Cuando el rey Alfonso II inició el Camino como primer peregrino oficial, no podría siquiera imaginar el éxito de la ruta jacobea doce siglos después.

En este país enterramos muy bien. Lo dice mucha gente (Rubalcaba, por ejemplo) y es verdad. En cambio, se nos da mal elogiar en vida (“es tu obligación hacerlo bien”, se suele decir). Hacemos excelentes panegíricos de los muertos, hayan sido buenos, regulares o malos en este lado del éter. Nunca fui a un tanatorio o a un funeral en el que se hablase mal del fallecido. Nunca sueles ver en la tele un finado del que no se diga algo bueno, incluso cuando se trata de un asesino o un dictador.

Nos alerta Héctor Abad Faciolince sobre “el olvido que seremos”. No cabe duda sobre ello. Pero me resisto a que lo injusto de una muerte tan inesperada y pronta sea causa para mandar al ostracismo a quien acumuló méritos personales y profesionales tan valiosos en su vida, como es el caso de Damián Barreiro Maceiras. Suscribo a Paco Ignacio Taibo I, cuyas memorias nos invitan a “parar las aguas del olvido”, con un sutil regusto a la gallega Rosalía En las orillas del Sar. Modestamente, es lo que he intentado.

Hasta siempre, Damián. Como en el tablao de Curro el Palmo que cantaba Serrat, allá donde estés habrá una verbena asturiana o gallega -tanto da- con orquesta en el prau, tonada y muñeira. Y seguirás entonando por celestiales con Xosé Manuel Piñeiro, Ana Kiro o La Pastorina. Igual hay suerte y tienen bolos Diamantina Rodríguez, el gaiteru Llibardón o el tambor de la Abadía.


«Con brisas yo,
tú con vientos,
nos va llevando la vida
como un faro al mismo puerto»

(Ana de Valle)

«La cándida abubilla bebe en el agua mansa
donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
las aguas del olvido, que es de la muerte hermano»

(Rosalía de Castro)
 
 
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Referencias bibliográficas (Damián)
  • Barreiro Maceiras, D. (2023). Asturianía kitsch. Decálogu de la cultura pop astur. Xixón: Impronta.
  • Barreiro Maceiras, D. (2022). “Una cultura esperando pola so autonomía”, en Fernández Llera, R. y Rodríguez-Vigil Rubio, J. L. (dirs.). Historias y prospectivas sobre cuarenta años de autonomía asturiana. Oviedo: Real Instituto de Estudios Asturianos / Ediciones Trea, pp. 315-322.
  • Barreiro Maceiras, D. (2019). Asturploitation. Uviéu: Trabe.
  • Barreiro Maceiras, D. (2015). Caleya Sésamu. El papel de la televisión na tresmisión interxeneracional d’una llingua. Xixón: Impronta.
  • Barreiro Maceiras, D. (2014). L’espeyu onde miranos. Televisiones de proximidá n’Europa Occidental y procesos de recuperación identitaria. Uviéu: Trabe.
Referencias bibliográficas (otros autores)
  • Cueto Alas, J. (1977). Los heterodoxos asturianos. Salinas: Ayalga Ediciones.
  • De Silva Cienfuegos Jovellanos, P. (1976). El regionalismo asturiano. Salinas: Ayalga Ediciones.
  • Gordon Rodríguez, C. (2024). ¡Esperemos! Así nos lo mandan. El debate sobre l’estatutu asturianu na II República. Uviéu: Trabe.
  • Guardado Díez, D. (2023). Nunca vencida: una historia de la idea d'Asturies. Xixón: La Fabriquina.
  • Zimmerman, P. W. (2014). Faer Asturies. La política llingüística y la construcción frustrada del nacionalismu asturianu (1974-1999). Uviéu: Trabe.


Publicado en El Bollo, 2025