Estas fechas de verano son propicias para muchas cosas,
aunque quizás algunas nos resulten muchos más habituales. Por ejemplo, echar la
partida de cartas con los amigos, bañarnos en la playa, conjurarnos para bajar
algunos kilillos (aunque al final los ganemos) o viajar, viajar, viajar. Hay
dos preguntas inevitables en estos días, bien sea porque las hacemos o porque
nos las hacen. La primera: ¿cuándo coges vacaciones? Y justo detrás: ¿vas a ir
a algún sitio? También es verdad que en este año de crisis se oyen más críticas
al gobierno de lo habitual (como si tuviera la culpa en exclusiva de este
embrollo mundial) y aquí en Asturias estamos muy pendientes de si Arcelor
Mittal reabre el segundo alto horno. Pero de esto hablaremos otro día.
Hoy que debuto en estas lides y, además, teniendo en
cuenta que estamos en agosto, no me gustaría ponerme demasiado serio. Por eso
reflexionaré sobre una costumbre muy española que en Asturias creo que es
todavía más acusada, según percibo por mi propia experiencia. Me refiero a esos magnos acontecimientos
sociales llamados bodas, transformados muchas veces en bodorrios y, en alguna
otra ocasión, casi en romerías populares, dado el elevado número de asistentes.
Esta crisis que parece estar detrás de todo (hasta del incremento de las
vocaciones religiosas y militares, según leí por algún lado) no parece afectar
al número de casamientos, ni tampoco a lo ostentoso de algunas celebraciones.
No digo yo que un día feliz para la pareja no deba ser
deslucido, tampoco es eso. Pero lo cierto es que conozco casos de invitados que
tienen que renunciar a sus vacaciones o a sus pequeños placeres para poder ir a
la boda de su amiga o de su pariente. Tengamos en cuenta que las bodas son el
único evento al que nos “invitan” pero pagamos nosotros, según establece una
costumbre que a mí se me antoja irracional (aunque quizás sea un defecto de
economista).
A los
que estamos en una determinada franja de edad nos empiezan a llover “invitaciones”
por todos lados, no menos de tres cada año, a las que habría que sumar las de
otros actos como nacimientos, bautizos, actos de bienvenida, primeras
comuniones y demás. Ya sé que está en la libertad de cada uno acudir o no, pero
también es verdad, reconozcámoslo, que la presión social para acudir a las
bodas es bastante fuerte. Para mucha gente cuando llega una de esas
invitaciones, llega también un disgusto. No se me llame demagogo, pero pensemos
en un parado que, por causa de un uso social que yo creo desmedido, le forzamos
a gastar un dineral en la boda de Leo y Marisa, por decir dos nombres al azar.
Y pobre de quien dé un regalo que no esté a la altura de lo esperado o de lo
que se entiende como “normal”; se le tachará de aprovechado, de “agarráu”. Sólo
una vez escuché a los contrayentes –que fino suena esto- decir a una invitada
que no les diera regalo alguno: “lo importante es que estés con nosotros ese
día; olvídate del regalo”. Si alguien conoce otro caso, creo no exagerar al
decir que sería digno de salir en este periódico con nombres y apellidos.
Por
cierto, no nos olvidemos de las despedidas de soltera o de soltero, convertidas
muchas veces en una “boda bis” o en unas minivacaciones con múltiples
actividades deportivas, culturales y/o gastronómicas. ¿Quién da más? Hace unos
días estuve en una de estas en Llanes, paraíso asturiano de las despedidas,
junto a Xixón (por cierto, a ver si Avilés se pone las pilas en este negocio).
Organización impecable y lo pasamos francamente bien, el novio sobre todo, vaya
eso por delante. Pero claro, a la hora de pagar, como era “tarifa plana”, pago
a escote, pues ya se sabe. No todos somos iguales.
¿Cuál es mi propuesta? Pues tan sencillo como disfrutar
del día de la boda. Tan fácil como seleccionar un poco a quién invitamos, para
no dar un susto o un disgusto a nadie. Y por supuesto, usar nuestra libertad
individual (que sí, la tenemos) para decidir si vamos o no a esa boda. En todo
caso, ¡vivan los novios!
Publicado
en La Voz de Avilés el 1 de agosto de 2009
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