APARICIO RESCO, Pablo, GARCÍA ÁLVAREZ-BUSTO, Alejandro, MUÑIZ LÓPEZ, Iván y FERNÁNDEZ CALDERÓN, Noelia (2021): 3D virtual reconstruction of the Gauzón castle (Castrillón, Principado de Asturias), Virtual Archaeology Review, 12 (25), pp. 158-176.
Desde el futuro se perciben las cosas de otra manera. También las de Avilés.
En lontananza emerge entre brumas la villa medieval, suben al cielo los humos de la vieja Ensidesa, exclaman los ruidos de coches por el centro y resuenan alegres las pobladas discotecas sabatinas. Los pronósticos de López Otín desde su casa de Salinas no se cumplieron y hoy soplamos muchas más velas de las que había vaticinado la ciencia. La esperanza de vida ha dejado de ser una variable relevante para casi todo, hasta el punto de que cada persona decide cuánto alarga su carrera laboral y sus años como pensionista (efectivamente, en el futuro sigue habiendo pensiones públicas; otra profecía fallida). Por cierto, don Carlos acaba de recibir su tercer Premio Nobel, incluido uno de Literatura y otro de la Paz, estos últimos compartidos respectivamente con Armando Palacio Valdés y Luz Rodríguez-Casanova, que han vuelto para hacernos más felices.
La verdad es que no sé desde qué año estoy escribiendo. Ni siquiera importa. Ya no hay calendarios, aunque sí viajes en el tiempo, muy caros, pero subvencionados para las rentas altas, como casi siempre. Hasta funciona una concejalía del ramo.
En este futuro ya no dibujamos fronteras, ni discutimos por lindes. Recuerdo cuando nos peleábamos con banderas por no tocar un milímetro del concejo vecino, retrasando decisiones estratégicas hasta el infinito. Me sonrío ahora al evocar aquellos tiempos en que una necesaria ronda degeneraba en una espiral inacabable de proyectos, mociones y presupuestos. En aquella época nadie con mando en plaza quiso resucitar el antiguo alfoz de Gauzón, pero tampoco nadie impulsó una moderna comarca que era real en todo, salvo en lo administrativo. Al menos, Niemeyer y Avilés habían unido sus destinos felizmente para siempre, con algunos altibajos, pero ¿qué matrimonio no los tiene?
Por aquel entonces, parecía que los problemas se arreglaban echando la culpa a un político o a una política (y no estoy desdoblando el género). Al final dimitieron todos y todas (aquí sí desdoblo), tal y como se les pedía desde algunos foros. Pero detrás no hubo nada, ni nadie. Quienes antes gritaban, callaron. Y entonces se hizo el silencio. Daba miedo.
El maestro Sabina nos reñía por añorar lo que nunca, jamás, sucedió. Y, en efecto, aquellos comienzos del siglo XXI todavía eran propicios para algunos grupos veneradores de las catedrales caídas. La nostalgia es un animal manso e inofensivo, pero si se alimenta demasiado, puede mutar con rapidez en otra especie peligrosa que nos impide avanzar. Anoto que don Joaquín sigue vivito y coleando, pero también volvió a fumar, aunque lejos de las terrazas, donde felizmente sigue prohibido el vicio.
En esos años nos tuvimos que enfrentar al florecimiento de los populismos, los independentismos, los localismos, los aldeanismos y hasta los personalismos. Versiones estilizadas del egoísmo y resquicios de pasadas glorias imperiales. Por aquel entonces llegué a encontrarme renegados que defendían su derecho a usar el coche durante menos de un kilómetro para no coartar su libertad de seguir contaminando el planeta. Por fortuna, en los juegos olímpicos se pasó del oro al agua, de la plata al verde y del bronce al aire fresco. Lo precioso lo teníamos delante sin darnos cuenta.
En 1933 José María Malgor había regresado a su Avilés. Lo hacía en plena Segunda República (ya vamos por la Cuarta) para revivir “horas estúpidas y emocionales” de su vida, con “los mismos personajes y en los mismos lugares”, casi como reza la conocida ranchera de Juan Gabriel. El padre de Xilimbra tenía razón: para esperar resultados diferentes no se puede hacer siempre lo mismo, como recomienda el manual del buen burócrata.
No todo estuvo mal. Tras la pandemia de las mascarillas, sí supimos invertir bien el dinero de nuestros hermanos europeos para reconstruirnos y hacernos más resilientes. Tanto, que la ciencia pegó un salto de gigante. Hoy Avilés y Asturias son la referencia mundial de la investigación aplicada y fabricamos casi de todo, y muy bien. Aquellos que lo habían esbozado terminaron arrojados a la ría por infieles y visionarios. Pero tenían razón los primeros: solo había que creer que otro mundo era posible. Y lo fue.
Estamos en el futuro y dicen las crónicas que ayer mismo fue visto aquel Jack extranjero tomando una sidra en el Carbayedo.
El título puede sonar a manual de filosofía. Nada más lejos. Enfrío la expectativa desde este momento.
Acudo al Diccionario de la lengua española para buscar el verbo influir, cuya segunda acepción conduce al significado de “ejercer predominio o fuerza moral”. Ergo, una persona influyente debe ser una mujer o un hombre que tiene y ejerce poder, superioridad, influjo o fuerza sobre alguien o algo. O quizás, en otro sentido, sea una referencia de buena conducta que ilumina y conduce nuestra vida individual y, sobre todo, colectiva. Finalmente, como en esos pasatiempos infantiles, uno todos los puntos de mi reflexión, pero me doy cuenta enseguida de que el último eslabón no existe, dejando un perturbador vacío que no consiguen llenar quienes abusan y se apropian de una definición que no es suya.
A estas alturas, no vamos a hablar de las ventajas de internet y las redes sociales. Son tan obvias que da pereza recordarlas. Si me apetece escuchar una canción olvidada en vinilos que fueron a la basura, lo hago sin más en unos segundos. O sigo la ruta hasta ese chigre de pueblo en el mapa digital. O tramito una licencia municipal desde la toalla en la playa. O termino una investigación académica con documentos de una biblioteca situada al otro lado del mundo, cuando hasta ahora eran inaccesibles. Habría ejemplos de todo tipo.
Lo que ocurre es que, como un coche de alta gama, podemos conducirlo cumpliendo los límites de velocidad, o podemos convertirnos en un riesgo para la sociedad. Libertad, claro, pero sujeta a límites (como cuando hablamos de salud y coronavirus). Y una frontera muy evidente es la que hace linde con los valores morales (no uso la palabra decencia para no parecer aún más antiguo).
Cuando escucho decir a uno de estos personajes que “España les roba”, no puedo sentir más que desprecio. Se aprovechan de sus canales con millones de visitas para defender la elusión y hasta la evasión fiscal, elevando la insolidaridad a categoría de cosa respetable. Olvidan que gracias a los impuestos se pagan universidades (a las que no van, eso es cierto) o aeropuertos (que sí usan para sus viajes de lujo). Ahí es cuando debemos poner el pie en el freno, por seguir con el símil automovilístico.
Se enorgullecen de no haber terminado sus estudios básicos o de no haber leído un libro en su vida (ignorancia). Presumen del puro placer sin responsabilidad (hedonismo). Supuran resentimiento hacia un sistema del que forman parte (hipocresía). Defienden soluciones radicales -incluso autoritarias- a problemas sociales muy complejos (osadía). Emiten soflamas populistas en contra de una democracia que, justamente, les permite hacer lo que hacen (desfachatez). Cargan contra todo lo que dure más de dos minutos (impaciencia de bebés). Y todo ello exhibido con luces y colores (impudicia).
Alguien podría achacarme que en el párrafo anterior estoy retratando el perfil de un adolescente de cualquier momento. Podría ser (y seguro que ni yo mismo me libraría). Pero la diferencia estriba en que en este primer tercio del siglo XXI estamos ante personas que ya han superado el umbral de la edad del pavo, algunas convertidas en millonarios sobrevenidos y, desde luego, con unos altavoces que -merecidos o no- producen resonancias muy peligrosas. El apoyo virtual les da alas para seguir perpetrando ciertas conductas que en otro tiempo nos parecían vergonzantes y ahora las hacen pasar por causas justas y reivindicativas (en otro orden, valga el botellón como muestra).
En su propio descargo, esas personas -mujeres y hombres por igual- suelen alegar que no tienen pelos en la lengua. Hago el esfuerzo mental de ponerme en la piel de su abogado defensor y asumo que esto puede ser cierto, lo que tampoco equivale a asumir que sea algo bueno (“por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron y más de un bofetón”, canta Sabina). Lo que no me creo en absoluto es la supuesta improvisación. Estoy casi convencido de que siempre hay un guion detrás, más o menos explícito, pero con un patrón evidente. Nos engañan, como en los programas televisivos de salvación, presentados como pura espontaneidad, pero donde todos los colaboradores llevan pinganillo en la oreja.
Se puede influir con criterio y sensatez. ¿Arbitrismo por mi parte? ¿Utopía? En absoluto. Sin ir más lejos, hay magníficos blogs y canales de divulgación científica, cultural o turística, con gente detrás que -pásmense- tiene en su haber licenciaturas, doctorados, miles de lecturas a sus espaldas, empresas solventes, patentes industriales, iniciativas sociales o, por sintetizar, algo valioso, útil o gracioso que contar, no el último modelito de ropa o la penúltima necedad discurrida mientras peinan bombillas. Algunas instituciones y empresas también apuestan por esta necesaria transferencia del conocimiento para despertar conciencias e impulsar proyectos.
“¿En qué momento se había jodido el Perú?”, se preguntaba Vargas Llosa. “En el fondo, fuimos mejores por carta”, parece contestarle Bryce Echenique.
Se levanta pronto, enciende el ordenador y lanza el mensaje diario de saludo y reivindicación. El día que falta o se retrasa, nos preocupamos. ¿Le habrá pasado algo? Nada grave; solo algún problemilla técnico.
Después de leer unas páginas de su libro favorito, sale a esa caminata cotidiana, cámara en mano. Una obligación que no la marcan las leyes, sino la salud, el paisaje y las fotos que nos regala. Contra viento y marea (aunque si hay sol, mejor), al lado de su inseparable compañía andariega.
A la vuelta, en el mismo pueblo arenesco del que salió hace un par de horas, vermú y plato en alguno de los restaurantes. Para ella no hay ni uno malo. Todos buenos y todos con cariño en barra y cocina. Me producen risa los críticos gastronómicos que saben vocear las cosas malas de los locales, mientras dejan pasar desapercibidas las buenas. También esos otros que cobran por comer fuera, en lugar de hacer lo contrario y normal, o sea, pagar. Ella jamás habla mal de quienes, a veces, incluso lo merecerían.
Conchita no deja de apoyar ni un solo día la pasarela entre L’Arena y San Esteban. Y cuando se construya (más pronto o más tarde, pero ya sin marcha atrás), tendremos que recordar que varios metros de barandilla o pilares serán simbólicamente suyos. Gracias Conchita.
Mientras, al otro lado del río, él observa, estudia, lee, escribe. Nunca ha dejado de hacerlo, ni antes, ni este momento, cuando el tiempo es más amplio. Así lleva décadas, por lo que no le viene grande la etiqueta de erudito local, como recopilador de documentos y fotografías que son autenticas joyas. Algunos de esos papeles harían sonrojar a muchos responsables públicos, cuyas pasadas opiniones de polvo no traen ahora más que lodos de fariseísmo.
El rojo del vino o el verde de la sidra ayudan a alumbrar sus ideas en chigres españoles, comedores chicos, tascas marineras o cantinas ferroviarias. Otras veces torna al negro del café, con el cerebro bullendo igualmente y sin dejar de planear reformas. A diferencia de los que ven impedimentos en cada esquina, él aporta soluciones, por si las quieren aplicar.
Como cronista no tendría precio, aunque sí gran valor (necios llama Antonio Machado a los que confunden ambos conceptos). Ni siquiera hace falta un nombramiento oficial para quien acumula sobrados méritos intelectuales.
Muchas conquistas se lograron y otras tantas se van a conseguir por el empuje y la solvencia de este economista y orgulloso vecino de San Esteban. Gracias Severino.
Se requieren más jóvenes con experiencia o, viceversa, gente experimentada con espíritu joven. En todo caso, con empuje, humildad y ambición, no solo con mochilas de historia.
Por estas dos personas y por todas las demás que llevan décadas luchando, merecemos lo que pedimos. Sin ir más lejos, esa pasarela que avanza en los despachos, y esperamos que pronto sobre las aguas, a pesar de los frenos conocidos. Como se preguntaba con dolor Bertolt Brecht, “qué tiempos serán los que vivimos, que es necesario defender lo obvio”.
Tengo cierta sensación de fin de época en Avilés y en toda Asturias. No es malo, simplemente es una percepción, equivalente a decir que siento frío. Todo relativo.
El año pasado fueron varias las efemérides que conmemoramos por este lugar del mundo, desde la más antigua, los 1.300 años del Reino de Asturias, hasta la inmediata, el ‘año cero’ de una nueva ola de feminismo. Un siglo también desde la declaración del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga y el mismo tiempo transcurrido desde la ‘coronación’ de la Santina.
El diario El Comercio cumplió 140 años y La Voz de Avilés celebró 110 vueltas al sol. La COCINA (o sea, la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de Avilés, según el acrónimo popularizado por Venancio Ovies) acaba de soplar 120 velas (en realidad, el 1 de enero de 2019), mientras que el Real Club de Tenis Avilés sumó su primer medio siglo.
Se cumplieron cuatro décadas de la preautonomía asturiana, con la creación en 1978 del Consejo Regional de Asturias, antecedente inmediato de nuestra Comunidad Autónoma. Y, por supuesto, de la Constitución Española, sobre la que tanto se ha dicho y escrito, casi siempre para bien. De nuevo en lo local, fue aquel año 1978 el del nacimiento de la exitosa Fundación Deportiva Municipal de Avilés.
Pero Avilés terminó 2018 despidiendo a su primer alcalde democrático y empezó 2019 sin el presidente autonómico que impulsó, entre otras actuaciones, el Centro Niemeyer. También se fue Juan Cueto Alas, artista amplio y ‘glocal’, Sardina de Oro (entre otros muchos reconocimientos) y gran defensor de lo antiguo modernizado, en sana convivencia con lo innovador que respeta el pasado.
Seguro que tenemos muchas más cosas que recordar, pero no es menos cierto que el retrovisor del coche empieza a estar gastado de tanto mirarlo. En cambio, las luces largas alumbran poco, no más allá de nuestro patio particular o de unos pocos meses.
Me resulta frustrante leer elogios a aquel Avilés sucio y gris de hace unas décadas, al lado de críticas a la limpieza y la restauración de hoy en día. El recuerdo es libre, pero la realidad es la que es: nunca será mejor un puente en ruinas y cerrado que otro colorido y en servicio. O un casco histórico lleno de coches que otro para pasear disfrutando. “Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”, como canta Sabina.
Es doloroso observar que cierran comercios clásicos, porla nefasta conjunción de tres ausencias: personas que den el relevo (sea nuevos emprendedores o continuadores del negocio familiar), otras que acudan a comprar (sin clientela, no hay nada) y mínima actitud de progreso (que no es solo dinero). Suelen ser los pesimistas compulsivos quienes critican cualquier cierre de negocio, pero incluso las aperturas cuando el producto que se vende no les gusta, o quien promueve y arriesga les cae mal. Defienden el taxi, pero nunca se suben a uno. Sueñan con el cine, pero ven las películas en casa. Encargan las cortinas en una gran superficie, pero no en la tienda de toda la vida. Por supuesto, pagar más por lo mismo no parece racional, pero, ¿de verdad es el mismo producto? Y a la inversa, si el precio es muy parecido, ¿por qué no compramos aquí? (que cada uno defina su espacio cercano como quiera, Internet incluida). Claro, siempre resulta más fácil echar la culpa de la decadencia al ‘político’ de turno, así, sin más, al tiempo que se urge a otro ‘político’ para que lo arregle todo.
Las añejas librerías de viejo nos sirven de ejemplo. Trabajan en red desde hace años y en sus páginas web se pueden buscar y comprar todo tipo de libros. Eso es innovar la tradición, utilizando nuevos canales de promoción y distribución, además, con plenas garantías de consumo y sin economía sumergida, ya que todo queda registrado. Tomen nota.
Avilés no puede vivir sin industria. Sería un ente sin alma y sin futuro. No hay sustituto a corto plazo para la actividad y el empleo de las fábricas, pero tampoco perdamos de vista que la alternativa o el complemento pueden estar a 20 kilómetros de distancia o a pocos millones de euros de inversión. Las industrias que han muerto o que mataron por desinterés ya no sirven como esperanza. Habrá que buscar nuevas actividades y otros mercados. Aquí es donde tenemos que echar el resto con las manzanas de acero, las islas de innovación, los centros de cultura y los recursos de turismo.
Vuelvo a Sabina: “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Cualquier tiempo pasado solo fue anterior.
Los tiempos adelantan que es una barbaridad, dice el clásico. Lo que ocurre es que ahora la velocidad es supersónica, pero los supuestos adelantos muchas veces son pasos atrás. Se revolucionan estructuras sociales, relaciones humanas, sistemas económicos, maneras políticas o instituciones básicas. El lenguaje acompaña, a su propio ritmo.
El teléfono ya no existe; todo es móvil. Y el móvil es la vida. Las redes sociales son foros de escarnio, exhibicionismo (sin desnudos) e insulsez. Facebook ha envejecido, a pesar de que ofrece más prestaciones que nunca. Twitter atufa a basura de trol. En Instagram reinan la frivolidad y el petardeo. Y en las redes profesionales (valga Linkedin) no se entienden algunos puestos de trabajo, camuflados entre anglicismos estúpidos o currículos hinchados por titulitis y caretas.
Economía colaborativa como burdo negocio. Y si es respetable, ¿por qué se oculta como si fuese vergonzante o indigno? ¿Será para pagar bajos sueldos y casi ningún impuesto, mientras se expulsa de sus casas o trabajos a mucha gente? Quizás soy un mal pensado.
La democracia no sirve cuando se someten a votación propuestas extravagantes, ilegales, injustas o incluso algunas que parecen serias. Me fío más de nuestros parlamentos y tribunales que de Change.org, aunque a esta no le quito meritos mediáticos. Democracia directa como manipulación asamblearia. Democracia representativa como cosas de viejos. Democracia digital como camelo. La negociación como rendición. El socio, un traidor. El adversario, un enemigo.
Presunción de inocencia casi equivale a condena previa. Un aforado es un sospechoso. Un político, un ladrón con pintas. La Política, una farsa necesaria. La ideología está anticuada; molan más el chascarrillo o el tuit. Los argumentos son voces. Los intelectuales, tertulianos. Los tertulianos, fanáticos. Los principios, hasta que nos cuestan dinero. La ética, sin valores. El pensamiento sosegado, sustituido por el sentimiento visceral. La transparencia, tramposa, como cotilleo y vulneración de la protección de datos.
La independencia, si nos viene bien. La justicia, sumarísima o lenta, según perjudique más. La administración electrónica, utópico futuro y trámites duplicados en el presente. El teletrabajo, otra ensoñación y, de momento, tareas acumuladas entre la oficina y mi casa. La innovación y el emprendimiento chocan contra la burocracia. Y la legalidad se opone a la eficiencia, no solo a su tradicional némesis, la equidad.
Periodistas sin licenciatura criticando a doctores con acreditaciones. Diarios incendiarios. La universidad mediocre, excelente; la universidad excelente, normal y corriente. Evaluadores con menos nivel académico que los evaluados. Citas que llaman plagios. Compañeros encubridores. Silencios cómplices. Chorizos que roban y jamones regalados.
Corrupción insoportable (siempre la de ellos) y corrupción tolerada (la nuestra). Ellos saquean, pero nosotros solo cogemos lo que por derecho nos pertenece.
Me gusta escribir. Me encanta la sidra de buen palo y bien escanciada. Y si juntamos ambas cosas, llegamos a este texto, cifra redonda de 100 personales quebrantos que llevan navegando avante libre desde hace ya 9 años en La Voz de Avilés. El medio centenar lo celebré en su momento con una columna dedicada a cachopos y gintonics, lo cual me preocupa un poco, aunque también me hace recordar que toda fiesta en este país –en el grande y en el pequeño- suele ir acompañada del embrujo etílico. En su justa medida, claro.
Que nadie me critique por frívolo. Tampoco pretendo tener una denuncia por incitar al bebercio (“cosas veredes, amigo Sancho”, más, en estos tiempos de piel fina). Solo quiero dejar claros dos elementos que, en mi modesta opinión, llevan años estropeando las celebraciones en grupo, sobre todo las masivas. Dos grandonismos, también en el lenguaje, que están poco a poco destruyendo una forma de ocio, diurno y nocturno, de la que se podrán decir todas las críticas que se quiera, pero que reivindico por ser la de mi generación y la de varias anteriores, así que no debe ser tan mala, ni tan carca. Uno de eso elementos es arte, dicen. El otro, una simple perversión de algo que siempre se hizo, pero a mucha menor escala y de un modo más discreto. Ambos, son especies colonizadoras, invasivas y han venido para quedarse, si no se toman medidas. Los habéis adivinado: son el reguetón y el botellón.
Sobre gustos musicales, cada persona tiene el suyo, como el culo y el corazón. Nada que decir, salvo una cosa: respeten los míos también, sin forzarme a la misma repetición una y otra vez, o a la incomparecencia, por pura rendición frente a un “enemigo” imbatible. Me da la sensación de que no se quiere dar esta batalla y que la música de baile se reduce a una pobre expresión de toda la variedad que existe (y no digamos ya en el mundo latino). Quienes preferimos la salsa al kétchup, o el merengue a la nata de bote, también preferimos que nos pinchen música de calidad, y hasta pachanga, pero no un monotema (por cierto, con letras de muy mal gusto bastantes veces). Antes –y no hablo de hace décadas- cada bar u orquesta tenía su estilo propio y, si no te gustaba, cambiabas al de al lado o no acudías a esa verbena. Me enerva bastante la homogeneidad impuesta ahora. Añado una intuición económica: la hostelería pierde dinero con esta estrategia. Conmigo, desde luego.
Y qué decir del botellón. Lo que en su momento fue una vía de escape a los precios caros o la manera de reunir un grupo, hoy degeneró hasta tener vida propia y comerse –literalmente- nuestras mejores fiestas (ojo al símil con el plumero de la Pampa: antes simpático y ahora peligroso). Admiro lo que intentan hacer en el Carmín de La Pola, incluso planteándose suprimir un año la romería si el vodka sigue empujando a la sidra. Aplaudo que el Xiringüelu de Pravia separe las casetas de toda la vida de este nuevo fenómeno, aunque me temo que es barrer debajo de la alfombra. Sin embargo, critico con dureza a los organizadores que solo quieren gente sobre gente, acumulaciones para batir un deshonroso récord, aunque sea a costa de laminar la tradición, el buen ambiente, la limpieza y hasta la seguridad. Cantidad frente a calidad. No deberían ser incompatibles, pero si hay que elegir, casi mejor la segunda.
Volviendo a la sidra, no olvidemos que estamos ante la bebida social por excelencia, una de las más sanas (insisto, con moderación) y autentica seña de identidad de Asturias. La cultura de la sidra está reconocida oficialmente como Bien de Interés Cultural y aspiramos a que también sea declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco (por cierto, el tango, otro de las músicas latinas por excelencia, ya lo es; el reguetón, creo que no).
Cuidemos la pomarada, la manzana, el llagar, la botella, la etiqueta, el vaso, el chigre, la romería y la jira. Demos a la buena sidrería y a la sidra seleccionada el impulso diferencial que merecen. Reconozcamos al escanciador el valor que tiene y paguémosle el salario más alto que debe cobrar (la maquinita jamás será un sustituto de la persona). Saquemos todo el valor añadido a la industria de productos derivados (orujos, licores, vermús, mermeladas o dulces de todo tipo), a los usos alternativos en gastronomía y, por supuesto, a la exportación. Respetemos el “vino español”, pero por favor, alcaldesas, presidentes, gerentes de empresas y demás responsables: ¡más sidra asturiana en las inauguraciones! Y brindemos con un culín.
Año 2018. Pregón de San Juan, en L'Arena, un grandísimo honor que nunca olvidaré. Mil gracias a la Asociación Cultural Arenesca de Festejos (ACAF) por elegirme. Aquí van un dossier de prensa, el vídeo completo y el texto íntegro del pregón (publicado por La Información del Bajo Nalón).
Pregón íntegro de las fiestas de San Juan de L’Arena (22 de junio de 2018)
Gracias por venir al Parque. Mis alpargatas y yo os saludamos. Estoy
feliz “como un niño con charcos nuevos”, en frase que le robo al poeta
Fernando Beltrán.
A Fernando, Marisa, Manolo, Jaime y todas las personas de la Asociación
Cultural Arenesca de Festejos (ACAF), gracias muy especiales por
elegirme. Hacéis un trabajo impagable a favor del pueblo y de unas
fiestas que casi mueren por la desidia. Hace un año os arremangasteis y
convertisteis aquella tristeza en ilusión.
Lo mejor que podemos hacer los demás es apuntarnos como socios (yo tengo
el número 61) o contribuir con lo que podamos, sea dinero, una palabra
de ánimo o un par de horas para montar unas mesas. Que no suene mal,
pero algunas críticas impiden hacer cosas y ofenden bastante. “La unión
hace la fuerza”.
Hoy siento una gran responsabilidad. No pánico (tampoco nos pasemos),
pero sí bastantes nervios. Estoy acostumbrado a hablar en público, pero
el escenario de las fiestas del pueblo impone, sobre todo relevando a un
artista como Lolo Serantes.
Un pregón
Cuando me puse a preparar el texto, no lo tenía muy claro. Me planteé
empezar de forma solemne: “guarde el público silencio y escuche nuestra
palabra”, al estilo del gran Dionisio de La Huerta en las piraguas del
Sella. No. O como Pepe Isbert en Bienvenido Mr. Marshall: “os debo una
explicación, y esa explicación que os debo, os la voy a dar”. Tampoco.
Lo que hice fue ir al Diccionario, buscar la palabra “pregón” y ver la
definición que mejor encajaba: “discurso elogioso en que se anuncia al
público la celebración de una festividad y se le incita a participar en
ella”. Pues manos a la obra.
San Juan
San Juan marca el comienzo del verano, del calor, de días largos y
noches cortas. San Juan nos alegra porque anticipa vacaciones, fiestas,
ropa fresca y reencuentros. San Juan es bautismo, agua purificadora,
foguera y fuego sanador. Curiosa contradicción.
San Juan mezcla religión y paganismo; iglesia y danza prima; santos y
ventolinos; sirena y voladores; marineros y pescaderas, chisperas y
resacas. En L’Arena no podría ser otro el patrón, con permiso de San
Telmo. Aquel bautista del río Jordán lo adoptamos como nuestro en el
Nalón y aquí seguimos. San Juan no solo es un santo, es un sentimiento.
Todo los años por estas fechas pongo una canción de Victor Manuel,
precisamente la que se titula “Danza de San Juan”. Me gusta cuando dice:
“señor San Juan, ¡qué ganas de pecar!”.
San Juan nos abre las puertas de un tiempo que siempre es relativo,
según la edad o el ánimo. Las horas tienen 60 minutos, pero algunas se
nos hacen insufribles y otras pasan volando.
Un ejemplo de esa paradoja lo tengo en mi propia casa: mi hijo acaba de
cumplir dos años, pero ya va por sus terceras fiestas de San Juan.
Récord absoluto.
Cuando éramos guajes el verano nos parecía eterno; en la adolescencia
pasó a durar 2-3 meses; cuando trabajamos se achica a unos pocos días;
y, ya en la jubilación, los que habéis llegado a ella, el verano vuelve a
parecer infinito.
La fiesta
En esta segunda parte del pregón, lo que me toca es invitar a todo el
mundo a disfrutar de la fiesta que, por si fuera poco, este año caen
perfectas, con San Juan en domingo. Toca divertirse, cargar la nave,
bailar y cantar, abrir y cerrar los bares, salir de procesión, ir a la
playa, ligar, intentar la cucaña, sumergirse en la espuma, subir a los
coches de choque o a los hinchables. No faltan alternativas para todas
las edades.
Seguiremos echando en falta a gente que eran “alma, corazón y vida” de
L’Arena. Por supuesto, a Zaragoza y su “mochila azul”. O a Cubillo y sus
bailes de charanga con la muñeca. ¡Vaya canción guapa que nos regaló!
Tendría que ser nuestro himno oficial.
En lo más cercano me acuerdo mucho de Fifi, que nos dejó hace poco y
demasiado pronto. Te echamos de menos, tía, cuñada, mamá, esposa,
güelita, amiga, vecina. En algún sitio estarás entonando “la lancha
marinera”.
También hago memoria de locales míticos como Los Jardines, La Resaca, El
Puente, Sharon, Lady Pepa, Va Bene-Jackaroe. Aquí un agradecimiento
enorme a Manolo, el “fíu La Reina”, por ese brío y esas ganas que deben
ser cosa de familia.
No hace tanto teníamos San Juan en junio, fiesta de la playa en julio,
San Roque (Chicharrón incluido) y disfraces en agosto, San Telmo en
septiembre y chiringuitos de noche todo el verano. Nunca supe por qué
alguien mandó parar esto último. Hubiese bastado con decretar horarios
razonables o unos decibelios de menos y más limpieza. Si era por la
bandera azul, ahora tampoco la tenemos, así que el motivo debió ser
otro.
Pero no es hora de nostalgia ni de viejas glorias. Tener 40 años te da
perspectiva, pero también futuro. Perdimos algunas cosas, pero estamos
ganando otras. Cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor, solo fue
anterior.
Me quito el sombrero ante los que estáis apostando por terrazas chulas o
restaurantes de primer nivel, con productos de la mejor calidad,
recetas de toda la vida y otras más modernas.
Si tuviera otro sombrero, también me lo quitaría por los que
conseguisteis poner a L’Arena en el “mapa de las olas” de España gracias
al surf, sobre todo a Lucas y Lucas. No tenemos nada que envidiar a
Salinas o Verdiciu, por poner dos ejemplos cercanos. Merecéis el éxito y
todavía os tendrían que apoyar más.
Hacia ese futuro optimista empezó a caminar la ACAF hace un año,
recuperando San Juan, resucitando pinchos y sardinas del Gurugú,
volviendo a dar vida al carnaval de verano y sumándose a Garabuxada para
unas navidades que ya estaban siendo muy potentes, incluyendo la San
Silvestre Angulera.
Pasarela y más
Y si de proyectos hablamos, hay que ponerse un poco más serios. Seguimos
en crisis; es un hecho. Ya no podemos hablar de recesión porque no
estamos cayendo, pero de ahí a echar las campanas al vuelo, hay un
trecho. Tenemos una desigualdad rampante; un drama con los refugiados;
una tasa de desempleo cercana al 20% (el doble entre los jóvenes); gente
con 50 y pocos años que cayó en el paro y no va a salir más; salarios
bajos o de miseria; fraude y economía sumergida; mujeres discriminadas.
Añadamos en nuestro caso el despoblamiento y el retroceso de ramas
tradicionales como la angula o algunas industrias.
Para salir de todo eso necesitamos gobernantes con ganas. Necesitamos
también buenas ideas y organizaciones. Y dinero, bien repartido, para
generar crecimiento, empleo y bienestar.
Pero hay una condición adicional: todos tenemos que aportar un granito
de arena y no solo voces en chigres o redes sociales. Lo dijo el
presidente Kennedy: “no preguntes lo que tu país puede hacer por ti;
pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”.
El año pasado un grupo de personas de L’Arena y San Esteban nos
constituimos como Plataforma para sacar del olvido la pasarela que debe
unir los dos pueblos. Creemos que es justa, necesaria y valiosa. Me
explico.
Es justa porque aquí se pañó mucho carbón durante décadas y, sin
embargo, no llegó compensación específica alguna. El fango nos divertía
en la rambla, pero teñía el agua y el entorno. ¿Por qué no llegaron
fondos mineros? ¿No los concedieron o ni siquiera se pidieron? En fin,
allá cada cual con su conciencia.
La pasarela también es necesaria como comunicación entre las dos
orillas, con mutuos beneficios. Por poner un solo ejemplo: L’Arena
pasaría a tener estación de tren a unos pocos pasos, con líneas a Oviedo
y Galicia.
Y en tercer lugar, la pasarela también es valiosa, que no es lo mismo
que costosa. Como decía Antonio Machado, “solo el necio confunde valor y
precio” y aquí hablamos de un presupuesto asumible en varios años,
siempre que haya voluntad. Por desgracia, ya no podremos ver sobre la
pasarela a gente mítica de L’Arena como Tivina. A Travol sí, seguro.
¿Os imagináis inaugurarla en 2021, coincidiendo con el 60 aniversario de la galerna? Sería un merecidísimo homenaje.
Si se hace una pasarela guapa, el revulsivo para el turismo, el
comercio, la hostelería y el empleo sería tremendo. La pasarela es
compatible con otros temas enquistados: servicios sociales, consultorio
de salud, patrimonio en ruinas, limpieza de la playa, escasez de
contenedores, dragados, nuevos pantalanes, edificio del Gurugú y
entorno, sendas y miradores, Camino de Santiago, carretera de Ranón. Y
más cosas que estaréis pensando.
No podemos sentarnos a esperar el declive o gestionar la pura inercia.
Tampoco entretenernos en discusiones técnicas que yo prefiero dejar a
los que saben. Estamos en fase de reivindicar, no de ser el “perro del
hortelano”, que ni come ni deja comer.
L’Arena y San Esteban llevan toda la vida mirándose, pero sin tocarse.
Queremos ir y volver caminando de nuestra Rula a las tolvas de enfrente.
Angelita quiere cruzar en su bici, y Conchita y Altina ir paseando para
tomar una sidra y unos calamares.
La pasarela no es de jóvenes ni de mayores, ni de izquierdas ni de
derechas, sino de todo el mundo. Hace la friolera de 38 años que se
planteó la idea y el proyecto debe presentarse en breve. Para este año
hay una partida, pequeña, pero simbólica. ¡Avanti!
Es muy legítimo oponerse o apoyar con la boca pequeña, pero lo peor es
la indiferencia. El año pasado dimos una muestra de unión con las
fiestas y la pasarela. Pido que no decaiga y que el Bajo Nalón sume los
esfuerzos de los tres ayuntamientos.
Os anoto otra sugerencia final que no es ninguna locura: organizar aquí
cursos de verano de Extensión Universitaria. Nos daría imagen, cultura y
riqueza. Somos varios dispuestos a tirar del carro y nos sobran temas
de debate: turismo, pesca, historia industrial, surf. O también sobre la
vida y obra de veraneantes ilustres, como Rubén Darío, Joaquín Sorolla o
el escritor y periodista Juan José Millás, este último en plena forma
creativa.
Final
Disfrutemos de San Juan. Con el rojo y el blanco del vino, el verde de
la sidra o el rubio de la cerveza. Sin olvidar agua y refrescos, no me
vayan a acusar de incitar al bebercio.
Otro de los ilustres visitantes fue Seamus Heaney, nada menos que Premio
Nobel de Literatura. Tenía muy claro que L’Arena es el pequeño paraíso
dentro del grande (Asturias).
Así que solo os pido que me acompañéis en cuatro gritos: ¡PUXA SAN JUAN! ¡PUXA PASARELA! ¡PUXA L’ARENA! ¡PUXA ASTURIES!