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jueves, 23 de abril de 2026

Sánchez Calvo, mutualista, republicano y solitario

 

1.      Una propuesta social

Contra el populismo de moda, alguien escribió: “no os dejéis seducir por ciertas teorías extravagantes que, con pretexto de mejorar la sociedad y reformar el mundo, hacen creer que, bajo el yugo de ciertas leyes basadas en el capricho de un jefe de secta o de partido, va a desaparecer el mal social”.

La reflexión precedente no está en el periódico de ayer (aunque bien podría estar), ni la firma un líder político actual. La rubricaba en 1866 Estanislao Sánchez Calvo y Ochoa, avilesino de 24 años, quien iba a ser un singular literato y estudioso. Nacido en el seno de una familia acomodada, sin embargo, se colocó pronto en una vanguardia cívica para liderar una petición poco original (puesto que ya era una realidad en muchos lugares), pero plena de compromiso social.

En el luminoso artículo de Sánchez Calvo al que nos referimos[1], el autor se dirige directamente “a los obreros de Avilés”, pidiendo perdón desde el principio “por el atrevimiento de aconsejaros” y sin escatimar vehemencia. Comienza por preguntarse sobre el “porvenir que espera al jornalero honrado que después de incesantes trabajos y fatigas enferma, se hace viejo o queda inútil”. Y él mismo responde: “¡miseria y hospital, hambre y limosna!”. Ante lo inaceptable, trata de poner sobre la mesa soluciones eficaces, sin demagogia, para evitar la catástrofe.

Tras hacer una apología del ahorro individual, llega no obstante a la conclusión de que resulta “mezquino e insuficiente”, añadiendo que “la cantidad ahorrada por un menestral en algunos años no bastaría quizá para hacer frente a una simple enfermedad”. En consecuencia, propone la vía de una economía asociada, un aseguramiento cooperativo y, aún más en concreto, la creación de una sociedad de socorros mutuos en Avilés, como las que ya existían en otras provincias y localidades, incluidas Oviedo o Gijon, sin ir más lejos[2]. Debemos citar también el antecedente de la Real Compañía Asturiana de Minas de Arnáu, empresa fundada en 1833 y que en 1855 fue pionera creando una caja de auxilios para sus obreros.

El joven Estanislao critica que en España se camine  “a paso de tortuga”  para lograr una aspiración de país porque, “aunque comprendamos que tal cosa es buena, el trabajo de hacerla nos impide gozar sus resultados”. ¿Estamos quizás ante un adelantado de la sempiterna lucha contra el burocratismo? ¿Nos situamos acaso ante un precursor de los reproches a la desmoralizadora administración defensiva?

Matiza Sánchez Clavo que ese papel mutualizado y movilizador del ahorro obrero no lo pueden cumplir las cajas de ahorro, “cuyas funciones se reducen en realidad a una simple operación de banco”, retribuyendo los depósitos al tipo de interés de referencia, sin objetivo social alguno. Por el contrario, una sociedad de socorros mutuos tendría “más elevadas miras y más filantrópico objeto”, ya que “aseguran y proporcionan a los imponentes los recursos necesarios en casos de enfermedad o de desgracia”. Sánchez Calvo estima que “los pobres no serán los únicos en interesarse por esta previsora asociación”, pidiendo en suma el apoyo popular al proyecto para que se pueda abrir “un nuevo porvenir a la pobreza”.

2.      Un progresista desclasado

Con esa propuesta, ¿se desclasaba Sánchez Calvo hacia abajo? Es posible y, además, de forma nada falsaria o impostada. ¿Tendría algún mérito por ello, siendo consciente de que sería más fácil conservar la herencia y la dotación, sin asumir riesgos ni preocupaciones? Seguramente. Pero la conciencia tira y los valores pesan. Lo clava Pedro de Silva[3]: “peor es declasarse hacia arriba en cuanto tienes cuatro duros o un poco de poder, que encima a lo mejor te han dado los de abajo”. Sánchez Calvo escribió otros artículos y tribunas de opinión que aproximan su avanzado pensamiento social, arguyendo ideas como la de un impuesto sobre el capital[4] o un derecho penal que implique justicia, no venganza[5].

Fue Sánchez Calvo un sabio poco conocido en vida y aún hoy poco reconocido (incluso en su propia tierra), a pesar de los indudables méritos que atesora como filósofo, filólogo, jurista, hacendista y republicano de pensamiento y acción. Algunos lo calificaban de solitario y para otros fue un erudito extravagante que se ocupó de lo divino (más que de lo humano), explorando las fuentes de “lo perdido” y “lo prohibido”, en palabras de un heterodoxo de nuestros días como Juan Cueto[6].

D. Estanislao falleció enfermo en 1895 cuando contaba 53 años. Y como aquí enterramos muy bien, pero elogiamos bastante peor en vida, a la muerte de nuestro protagonista, entonces sí, se le dedicó una calle en Avilés, renombrando la tradicional de Los Alfolíes, mediante acuerdo municipal adoptado el 4 de mayo de 1897. En el verano de 1903 se inauguraban placa y busto en la fachada de la que había sido su casa, donde ahí siguen, con un mensaje reconociendo a este “original autor”. Frisando ya el siglo XXI, mediante acuerdo municipal de 22 de abril de 1993, la calle de Los Alfolíes recupera su medieval denominación y sitio, trasladando la de Sánchez Calvo a la conexión entre Cabruñana y Julia de la Riva. 

No es objeto de estas líneas hacer un esbozo biográfico, ni una reseña histórica del periodo, ni menos aún una semblanza intelectual de nuestro protagonista. Remitámonos, por argumento de autoridad, a su propio descendiente Ramón[7] o a Españolito[8], sin dejar de mencionar la aproximación de Juan Antonio Cabezas[9] y la exhaustiva revisión a su vida y obra en la tesis doctoral de Manuel Asur, El pensamiento filosófico de Estanislao Sánchez Calvo, leída el 20 de marzo del año 2000 en la Universidad de Oviedo. La pretensión aquí es muchísimo más modesta, rescatando la sugerente propuesta del Estanislao veinteañero que, digámoslo, fue escuchada y pudo sustanciarse con éxito. Hay que recordar que El Eco de Avilés ya fue un semanario influyente en aquellos tiempos y que tomó claro partido por esta propuesta. Dicho sea al hilo: ¡hay que ver en qué ha degenerado la noción de influencia hoy en día!, tanto en contenido como en continente.

En ese Avilés de la segunda mitad del XIX, el contexto socioeconómico se caracterizaba por una naciente industrialización y una pujante burguesía que -en palabras de Juan Carlos de la Madrid[10]- “ya dominaba los destinos de la villa”, no solo en el terreno comercial, industrial-artesano y financiero, sino también mediante la construcción de un “entramado ideológico”, detrás del cual subyacía un cambio de relación con las clases sociales más desfavorecidas (hablar de proletariado aún era prematuro). La propuesta de una sociedad de socorros mutuos iba en esa línea. Y Sánchez Calvo, visionario, pudo contemplar su idea materializada.

La Sociedad Artística, Profesional e Industrial de Avilés había sido fundada en 1865, con sendas secciones lírica y dramática, donde burguesía y obreros (quizás más correcto fuese decir artesanos o trabajadores) podían acceder a una cultura hasta entonces vetada para los últimos. Para lo que aquí nos importa, es crucial la fecha del 1 de setiembre de 1867, día en que se crea en su seno la sección de socorros mutuos, menos de un año después de la carta abierta de Sánchez Calvo “a los obreros de Avilés”.

Hay que reseñar aquí la anotación que hace Palacio Valdés en La novela de un novelista, rememorando un intenso baile en pareja cuando tenía 16 años, en 1869, el cual le dejó “casi privado de conocimiento”, pero no le impidió ver que “no existía la lucha de clases; y la prueba es que muchos señoritos abandonaban el círculo de sus iguales y se introducían en el de las artesanas sin que los obreros se diesen por ofendidos”. Aunque habría mucho que matizar, es un valioso testimonio.

En esa preocupación -algunos dicen paternalismo- por la incipiente clase obrera, irían poco a poco creándose o ampliándose nuevas instituciones de apoyo mutuo, para facilitar el acceso a prestaciones económicas en forma de renta (pensiones, subsidios y otras ayudas puntuales) o en especie (comida, ropa, atención sanitaria, escolarización de menores, instrucción de personas adultas, u otras), todas ellas para mejorar la salud o ampliar el acervo educativo y cultural de las clases más desfavorecidas. Ahí están, por ejemplo, la Escuela de Artes y Oficios (1878), las aulas populares (1901) o el nuevo Hospital de Caridad (1933), aunque el origen de esta institución era ya muy anterior (1841).

3.      Lo práctico de una buena teoría

Un excurso es necesario en este punto.

Los economistas solemos hablar de fallos de mercado para justificar la intervención del sector público en la economía. Así, es obvio que no todo el mundo -o más bien, casi nadie- puede pagarse un seguro médico privado que le cubra ante cualquier contingencia de salud presente o futura. Sería tan caro para personas con enfermedades crónicas o dolencias complejas que ninguna empresa estaría dispuesta a cubrirlas, salvo que cobrase una enorme cantidad de dinero. Así las cosas, los principios de ética y equidad justificarían por sí mismos que el sector público intervenga el mercado, pero es que también hay indudables motivos de eficiencia. Pensemos en la investigación sanitaria o las vacunas masivas, cuyos efectos externos positivos sobre la salud colectiva son indudables. Por ejemplo, en países donde hay que pagarse las vacunas del propio bolsillo (incluso las más básicas), los índices de protección son mucho menores y las enfermedades contagiosas son mucho más letales. Difícilmente un mercado perfecto (que nunca lo son, salvo en los manuales de economía) mejoraría esto, tal y como reconocerán hasta el más libertario o la más egoísta.

El argumentario para la salud nos sirve para otros bienes preferentes, caso de las pensiones, la educación, la vivienda, la cultura o la atención a la dependencia. Dejar al albur de la demanda y la oferta nos produciría una asignación ineficiente y, desde luego, una distribución injusta. Por eso es necesario el impulso público. Para que la vejez o la enfermedad no sean vías rápidas hacia la pobreza o la exclusión social. Para que haya un mínimo garantizado de enseñanza obligatoria, con independencia de rentas y preferencia personales. Para que se pueda garantizar el derecho al techo y no solo el derecho al negocio. Para que cada persona pueda ir al teatro o adquirir un libro, evitando que la cultura quede como un reducto de privilegio. O para que una situación innata o sobrevenida de dependencia no nos deje arrumbados, carentes de autonomía personal y, además, indigentes.

En todo caso, debemos plantear dos premisas adicionales. La primera es que el sector público no es infalible y que sus fallos no pueden conllevar consecuencias aún más gravosas que las derivadas de los fallos del mercado. Por eso es tan importante reivindicar la transparencia de la gestión pública, la rendición de cuentas, el control sobre el fraude y la fiscalización. Problemas de algunas listas de espera, aulas masificadas o un acusado desequilibrio entre pensiones bajas y altas son ejemplos de defectos de un sistema que debe estar siempre sometido al escrutinio de la ciudadanía. La segunda premisa se deriva de la anterior: el sistema público se legitima por su calidad y por su uso, sin defecto de la primera y sin excesos del segundo. 

Hemos llegado a un punto de madurez en el estado del bienestar que nos ha hecho ser muy exigentes (nada malo en ello) y quizás poco autoexigentes y hasta un poco desmemoriados. Esta conquista es reciente y no tiene ni un siglo en Europa y, en concreto en España, prácticamente la mitad del tiempo, coincidiendo con la recuperación de la democracia tras la larga dictadura franquista. Antes del estado de bienestar estaban la caridad y la pura beneficencia, cuyo papel fue esencial en tiempo pasados[11], pero que se queda escasa en un mundo de derechos individuales, sociales y políticos. Aún hoy no podemos olvidar el rol complementario de asociaciones y entidades (en Avilés tenemos varias notables) que luchan día a día por una sociedad mejor, desde el voluntarismo y la buena intención. Pero no podemos fiarlo todo a esto. La calidad se paga (impuestos), no solo se reivindica (que también).

4.      De la nada aquella al estado del bienestar

Sánchez Calvo y otros muchos supieron anticipar lo que parecía evidente: la miseria y la desigualdad son dos disolventes de la sociedad. Bien sea porque hay un convencimiento (religioso o laico; ético en todo caso) de que no es admisible, bien sea por un puro interés materialista, parecía que la inacción no era ya una opción en la segunda mitad del siglo XIX. El camino aún sería largo.

Entre aquella pretérita caridad como limosna y la solidaridad como principio orientador de las políticas públicas hay un trecho enorme. En el medio, las iniciativas de socorro mutuo, la “solidaridad desde abajo” (sic) o la beneficencia reforzada produjeron resultados trascendentes que, en buena medida, anticiparon lo que iban a ser los seguros sociales o el estado del bienestar, usando ahora los sintagmas actuales. Nótese que la propuesta de Sánchez Calvo y otros republicanos del momento solucionaba problemas, pero no era el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Tendríamos que esperar casi otro siglo, ya en la democracia posterior a la Constitución de 1978, para poder hablar en propiedad de un estado del bienestar financiado con impuestos y cotizaciones, instrumentado en prestaciones que son derechos, no dádivas ni favores, donde la iniciativa privada y el mutualismo cumplen un papel complementario, no principal. Cómo no mencionar a tres asturianos ilustres, uno impulsor de la Comisión de Reformas Sociales en 1883 (José Posada Herrera, presidente del Consejo de Ministros a la sazón) y los otros dos -los “adolfos” Posada y Buylla- como hacedores del Instituto de Reformas Sociales (1903). Adolfo Posada sería después en la II República presidente del Instituto Nacional de Previsión, creado en 1908 y verdadero antecedente de la seguridad social y las prestaciones sanitarias universales tal y como las conocemos. Pero esa es otra historia.  

El apoyo mutuo entre obreros y la connivencia -o el activismo- de cierta burguesía con ideas avanzadas fue concibiendo una mejora del bienestar social nada desdeñable, aunque seguían lejos todavía otros logros laborales, por ejemplo, en materia de reducción de la jornada laboral, aumento de salarios y seguridad y salud en el trabajo. ¿Nos suena todo esto hoy en día? Hasta el Papa de entonces, León XIII, parece ser un lejano referente del actual, León XIV. La famosa encíclica de 1891 del primero, Rerum novarum, inauguraba la llamada doctrina social de la Iglesia, con pasajes tan esclarecedores como el que ensalza las “instituciones mediante las cuales atender convenientemente a los necesitados y acercar más una clase a la otra”, citando “las sociedades de socorros mutuos; entidades diversas instituidas por la previsión de los particulares para proteger a los obreros, amparar a sus viudas e hijos en los imprevistos, enfermedades y cualquier accidente propio de las cosas humanas; los patronatos fundados para cuidar de los niños, niñas, jóvenes y ancianos”, con “el lugar preferente” para “las sociedades de obreros, que comprenden en sí todas las demás”.

5.      Coda

El título de este artículo encierra una paradoja. ¿Cómo puede un solitario ser tan partidario de lo colectivo? Y hay otra aparente incongruencia: ¿cómo se puede haber olvidado en Avilés, en Asturias y en España a un personaje de tan elevada talla intelectual, con conciencia social y republicana, como Estanislao Sánchez Calvo? Estamos a tiempo.

 

Publicado en la Revista El Bollo 2026



[1] El Eco de Avilés, número 16, 16 de septiembre de 1866.

[2] Vid. Castillo, S. (ed.) (1994). Solidaridad desde abajo. Trabajadores y socorros mutuos en la España contemporánea. Madrid: UGT. En particular, los tres capítulos dedicados a Asturias, respectivamente a cargo Jesús J. Rodríguez González, Jean-Louis Guereña y Jorge Uría González.

[3] De Silva, P. (2025). Lo que queda a la espalda. Unas memorias de Pedro de Silva dialogadas con César Iglesias, Gijón: Trea, p. 169.

[4] El Eco de Avilés, número 28, 9 de diciembre de 1866.

[5] El Eco de Avilés, número 38, 17 de febrero de 1867.

[6] Cueto Alas, J. (1977). Los heterodoxos asturianos. Salinas: Ayalga.

[7] García de Castro, R. (1982). Semblanza intelectual del pensador asturiano Estanislao Sánchez Calvo (1842-1895). Oviedo: Real Instituto de Estudios Asturianos.

[8] Suárez, C. (1930). E. Sánchez Calvo. Apuntaciones biográficas. Madrid: Argos.

[9] Cabezas, J. A. (1952). “Estanislao Sánchez Calvo: un filósofo y filólogo olvidado”, Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, 16, pp. 205-215.

[10] De la Madrid, J. C. (2002). Avilés, una historia de mil años. Murcia: La Voz de Avilés - El Comercio, pp. 169-171.

[11] Vilar Rodríguez, M. (2010). “La cobertura social a través de los socorros mutuos obreros, 1839-1935. ¿Una alternativa al Estado para afrontar los fallos del mercado?”, en Pons Pons, J. y Silvestre Rodríguez, J. (eds.): Los orígenes del estado de bienestar en España, 1900-1945: los seguros de accidente, vejez, desempleo y enfermedad. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, pp. 85-122.

  

lunes, 3 de abril de 2023

Unas calles y varios recuerdos en torno a Pedregal


Cuando eres niño, te preguntas pocas cosas sobre las calles. Quizás que no sean muy largas para llegar rápido al otro lado. O que la cuesta sea hacia abajo para no cansar tanto. O que tengan luz para jugar con los amigos cuando cae la noche. O, a la inversa, que tampoco se pasen de iluminación para hacer alguna inocente maldad sin ser descubiertos. En fin, que sean peatonales para no tener que esquivar muchos coches, salvo que sean carricoches (antes había más que ahora, de unos y de otros, dicho sea de paso). Sobre esto último creo que el avance en peatonalizaciones de los últimos años es indudable y un punto a favor. Avilés es más agradable para el paseo y mucho más sostenible, como muchas otras ciudades de España y de Europa. Pero dejemos esta cuestión para otro día.

Todas las calles tienen historia en sí mismas a través del relato de su urbanización, su apertura o su cierre al tráfico, según el caso y el momento. Pero esa historia, digamos material, no es la que ahora me interesa. Me importa más ahora la historia sentimental, al menos la que se refiere a sus nombres actuales y a los que llevaron en algún momento, algunos de infausto recuerdo que ni siquiera citaré. En Avilés encontramos rótulos universales (verbigracia, en Versalles: Concordia, Libertad, Amistad, Paz), así como unos pocos de mujeres ilustres (por El Quirinal, de manera fecunda: Emilia Pardo Bazán, Obdulia García, Dolores Medio, Victoria Kent y otras). Lo que no tenemos -y espero que siga siendo así- son calles nombradas con números, lo que constituye un claro oxímoron y una aberración que quizás valga para algunas grandes urbes del mundo (paradigmático es el caso de Nueva York que todo el mundo ha visto en las películas), pero no para nuestro entorno más cercano.

Hablando de calles de Avilés, la de José Manuel Pedregal (y Sánchez-Calvo: sin relegar el segundo apellido, como mal hacen los anglosajones) no era una de mis preferidas cuando era guaje, allá por los años ochenta del siglo pasado. Tampoco era una de las más transitadas por mi familia o mis amigos, por la sencilla razón de que nuestro ecosistema urbano se situaba en otra parte, dentro del imaginario triángulo que encierran los parques de La Magdalena, el de “la marquesa” (Ferrera) y el antiguo matadero, vértice este último desde donde disfrutábamos de inmejorables vistas a la fabricona y paladeábamos hollines de la máxima calidad. Para ese niño, Pedregal era una placa lejana y poco más, como tantas otras. Me importaban más Llano Ponte, Cervantes o Valdés Salas, de quienes iba sabiendo cada día algo más a fuerza de patear, leer y preguntar. Otros nombres obligados para mí eran Enrique Alonso y Carreño Miranda, colegio e instituto de gratos recuerdos y sólidos aprendizajes vitales. En fin, otra historia para contar en diferente momento.

Cuando unos años después cayó en mis manos un magnifico libro de Justo Ureña y Hevia, a la sazón cronista oficial de Avilés, ya era más consciente de algunas cosas, aunque otras tardarían todavía bastante más. Aquel estudio pionero es una de las joyas del rico catálogo editado por Azucena y Celso, o sea, Azucel, una editorial avilesina desaparecida por jubilación, pero inmortal gracias a su meritorio trabajo durante muchos años. De aquella fuente siguen bebiendo otros autores y van surgiendo hermosos afluentes, caso de los recientes volúmenes escritos por Román Antonio Álvarez.

Juan Luis Rodríguez-Vigil, presidente que fue del Principado de Asturias y a quien me atrevo a señalar como intelectual a la vieja usanza (de esos a los que ninguna esfera del saber le resulta ajena, menos aún si se refieren a Asturias), suele repetir un doble diagnóstico. De un lado, nuestra superlativa capacidad de olvido que, como cruz de la moneda, lleva pegada un adanismo que descubre mediterráneos cada día. En el caso de Asturias, en el particular escenario de Avilés y en la figura concreta de José Manuel Pedregal y Sánchez-Calvo, ese olvido llega a ser doloroso e inexplicable.

El hijo de Manuel Pedregal y Cañedo, también padre de Manuel Pedregal Fernández y miembro de una saga de declarados republicanos fue ante todo un demócrata y un reformista convencido. Diputado por el distrito de Avilés, ministro de Hacienda (en la misma cartera y durante el mismo efímero periodo que su progenitor, 118 y 117 días, respectivamente), presidente de la Institución Libre de Enseñanza, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, presidente del Consejo de Estado o vocal del Tribunal del Garantías Constitucionales durante la II República, son algunos de los sobrados méritos políticos y académicos que acumula para figurar en la nómina de ilustres personajes españoles de todos los tiempos. Sus virtudes cívicas son también abundantes como benefactor, impulsor de iniciativas culturales o promotor de publicaciones periódicas (a destacar aquí, La Voz de Avilés). Debe notarse que decimos personajes españoles y no solo avilesinos, lo cual introduciría un sesgo reduccionista sobre la base de un absurdo localismo.

En una curiosa carambola, recordemos que José Manuel Pedregal había nacido en Oviedo el 1 de diciembre de 1871, en el número 6 de la plaza del general Riego. Medio siglo antes, este libertador había sublevado al ejército en 1820 para que el felón Fernando VII jurase la Constitución de 1812, cosa que el monarca finalmente hizo, aunque fuese a regañadientes y con absoluta hipocresía. No en vano, en 1823 y en otra plaza, la madrileña de la Cebada, Rafael del Riego fue ahorcado por orden de aquel rey humillado y vengativo. A José Manuel Pedregal no lo mataron en 1948 en Avilés, pero lo dejaron morir entre la indiferencia pública, como acaba de relatar de manera magistral Luis Muñiz Suárez en su excelsa biografía de 2022, José Manuel Pedregal. Un demócrata olvidado. Su retiro de la vida civil era ya un hecho desde hacía una década, sin dejar de mencionar que quien había sido y hecho tantas cosas, también fue sometido a escarnio, tortura y secuestro en octubre de 1934. ¡Qué indigna es a veces la historia y qué injusto su relato! Y esto acontece cuando es consecuencia de la omisión involuntaria o cuando resulta del borrado intencionado, como eficazmente logró la dictadura franquista. Digamos que esto último puede tener coherencia -desde una lógica dictatorial, claro está- pero mucho peor se justifica cuando responde a cierta desidia durante el actual periodo democrático.

La casualidad ha querido que aquel niño que fui y que no sabía nada de José Manuel Pedregal durante su infancia y adolescencia, haya terminado trabajando por un mejor uso de los fondos públicos en el número 5 de la ovetense plaza de Riego, en un espacio contiguo al del nacimiento del republicano. Quizás sea una unión intertemporal anecdótica o quizás un caprichoso guiño del destino. Lo cierto es que me siento muy honrado de lo que hago y del lugar donde lo hago, sabiendo que la Sindicatura de Cuentas del Principado de Asturias -no solo su sede física- siempre va a estar unida de manera simbólica a estos dos grandes luchadores por la libertad: Riego y Pedregal.

De vuelta a las calles avilesinas, cuando transito por la de José Manuel Pedregal o sus aledaños, tengo ya otros sentimientos. Ante todo y sobre todo, respeto, por lo que representó y lo que hizo este español de pro, a quien tuvimos la suerte de tener como convecino. Y a quien la Historia o, mejor dicho, las personas responsables de protagonizarla y escribirla en cada momento, no han hecho justicia.

José Manuel Pedregal tuvo calle en Avilés entre 1923 y 1938, nada menos que la actual calle de La Cámara, la más moderna y dinámica en aquel momento (y aún hoy, aunque esto es más opinable). Con el triunfo de la rebelión y el relevo en el Ayuntamiento de Avilés, el 4 de marzo de 1938 se decide -el verbo es en exceso generoso; sería más bien una imposición pura y dura- que pase a llevar el nombre del general Franco, aunque en la rotulación incluso se elevó el rango militar al de “generalísimo”, vigente hasta el primer ayuntamiento democrático tras el franquismo, el cual eliminó esa vergüenza mediante acuerdo municipal de 18 de julio de 1979. Como recuerdan el precitado Justo Ureña y Hevia o el también añorado Alberto del Río Legazpi, José Manuel Pedregal ya nunca volvería a dar su nombre a esa vía, aunque sí a la actual, situada entre la calle Cuba y la avenida de Alemania, según lo dispuesto en el acuerdo municipal del 1 de junio de 1965.

En fin, mientras en algunos sitios todavía quedan resquicios de tiempos y personajes muy poco memorables, en otros lugares hemos olvidado -o nos han borrado de la memoria- a algunos de nuestros más sobresalientes personajes históricos. Lo mejor de todo es que ambas cuestiones tienen solución, siempre y cuando exista voluntad de cumplir la legalidad y encauzar la pura reparación histórica.

A los 75 años del fallecimiento de José Manuel Pedregal y sin homenajes o conmemoraciones a la vista, cabría preguntarse si aún queda algo de pedregalismo, entendido como una conjunción de reformismo y republicanismo actualizados a nuestros tiempos. En el segundo concepto no pensemos en el antónimo de monarquismo, sino más bien en esa acepción del diccionario que alude a la “forma de gobierno regida por el interés común, la justicia y la igualdad”.

Referencias bibliográficas

  • Álvarez González, Román Antonio (2021). Avilés. El ser de las calles. Vol. 1, Avilés, Ediciones Nieva.
  • Álvarez González, Román Antonio (2022). Avilés. El ser de las calles. Vol. 2, Avilés, Ediciones Nieva.
  • Del Rio Legazpi, Alberto (2021). Los episodios avilesinos, Avilés, Ediciones Nieva.
  • Muñiz Suárez, Luis (2022). José Manuel Pedregal. Un demócrata olvidado, Avilés, Ediciones Nieva.
  • Ureña y Hevia, Justo (1995). Avilés y sus calles, Avilés, Azucel.

 

Publicado en El Bollo, 2023